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critos por el código constitucional para proceder á su reforma, é invitando á todos á que siguieran su ejemplo. El gobernador Perena reunió en junta todas las autoridades y corporaciones, diputacion provincial, ayuntamiento, intendente, gobernador eclesiástico, capitan del puerto, jefes de todos los cuerpos militares, y de estado mayor y de plaza, para deliberar sobre el contenido del oficio de Manso y contestacion que debería dársele. Anticipóse á todos el batallon de infantería 1." de línea, levantando un acta solemne (5 de agosto), á la cual se adhirieron los demás cuerpos de la guarnicion, desaprobando las proposiciones de Manso como denigrativas á su honor y contrarias á sus juramentos; no reconociendo sino lo que la nacion legítimamente representada determinase, ni obedeciendo otras órdenes que las del general en jefe don Francisco Espoz y Mina, á quien se haria presente la sorpresa é indignacion con que se habia recibido el degradante oficio de Manso, que por via de precaucion se prohibiera la entrada en la plaza á los cuerpos que á aquél habian seguido, y que se enviase á éstos un oficial de confianza para sacarlos del error en que pudieran estar.

Contestó el ayuntamiento al general Manso, manifestando ser agenos á la corporacion los asuntos de qae se hablaba en su oficio, pero que do todos modos estaba resuelto á no permitir que entrára en la poblacion ni fuerza ni autoridad alguna que no dependiera de S. M. el rey constitucional de España y su legítimo gobierno. Esta contestacion le sirvió de voto, que hizo constar en el acta, y á él se adhirieron el gobernador eclesiástico é intendente, cerrando el acta la diputacion con estas palabras: «Convencida la diputa" »cion de que no existen facultades en el general Man»so, desde luego no se conforma con las medidas que »ha tomado, ni cooperará á que tengan efecto en cuanto penda de sus facultades; siendo tambien su dictámen, que se haga consulta al Excmo. señor ge

• neral en jefe para que dicte providencias en este »complicado negocio.» Y todo esto le fué enviado á Mina por conduelo de su ayudante de campo don Casimiro Cañedo, que se hallaba á la sazon en Tarragona, juntamente con un oficio del comandante general de la provincia don Juan Antonio de Aldama, en que le espresaba su reprobacion á la conducta de Manso, así como el buen espíritu de que estaba animada la tropa, citándole batallones de los que estaban con aquel general y le habian abandonado y presentádose en Tarragona, diciendo que ellos no perjuraban.

Hé aquí cómo recibió Mina la noticia de la defeccion de Manso. Oigámosle á él mismo: «Si alguna vez, »dice, me he resentido de mis males y he llorado de »rabia de no poder montar á caballo, fué en aquella

• ocasion. Arrebatada mi sangre á la cabeza con el i conocimiento del suceso, acaso me hubiera preci

• pitado si tengo posibilidad de presentarme á la ca

»beza de las divisiones; y en la dificultad de ejecutar »esto por la postracion en que me tenian mis dolencias, contesté el 9 á Aldama aprobando sus disposiciones, diciéndole que el hecho de Manso no estaba »á mi alcance, por la confianza que me inspiraba, y •que como su criminal conducta la creia bastante ramificada, esperaba que con el lleno de facultades con •que le autorizaba, procediera con el mayor rigor • contra todo el que se hallase complicado, castigán»dolo cual lo exigian las circunstancias, etc.»

Manso, que ya se unió definitivamente al mariscal Moncey, no arrastró más gente tras sí, gracias á la decision y á la constancia de Milans, de Llovera, de San Miguel, Miranda, Cerezo y otros denodados caudillos constitucionales. Sin embargo, el hecho produjo un efecto funestísimo en el país, y fué de una trascendencia suma; porque Manso gozaba de una reputacion general en todo el Principado. Así fué que se conoció un cambio desfavorable á la causa liberal en el espíritu de los pueblos, y desánimo y tibieza, ya que no una completa variacion, en las familias mas comprometidas por ella. Bien lo conocia Mina, que estaba temiendo que cualquier dia estallase alguna otra insurreccion; y como él por otra partese hallase bloqueado en Barcelona por treinta mil hombres en el campo y varios buques de guerra en el mar, acordó enviar á Cádiz al jefe político, general Butron, á hacer presente al gobierno el verdadero estado de las cosas, y á suplicarle le proveyese sin perder momento de hombres y de fondos, como si el gobierno de Cádiz estuviese entonces en posibilidad de facilitar tales auxilios.

Aprovechando no obstante el buen espíritu que todavía animaba las tropas, pusiéronse en movimiento las que habia disponibles, á las órdenes del general Milans, el cual, casi todo el mes de agosto en continua movilidad y sin darse apenas un solo momento de reposo, haciendo marchas y contramarchas forzadas, sufriendo todo género de penalidades y privaciones, luchando al propio tiempo con la escasez y con los enemigos, mantuvo el honor de las armas nacionales, sostuvo combates heroicos con fuerzas muy superiores á las suyas, á veces con el mismo mariscal Moncey, saliendo de ellos más de una vez victorioso, pero sufriendo más daño que de las legiones francesas de los pueblos mismos en que ántes las tropas liberales hallaban proteccion, y ahora encontraban abandonados y desiertos, huyendo los moradores para colocarse en las alturas, y hostilizar desde allí, bien guarecidos, sus flancos ó su retaguardia. El ejército espedicionario regresó á Tarragona con baja considerable de gente, no tanto por efecto de los combates, como por las deserciones que ocasionaba ia ac titud hostil de ios pueblos. Por lo demás los jefes hacian mil elogios, y estaban hasta admirados del valor con que se batian los soldados leales. Y en cuanto á Milans, habiéndole enviado el mariscal Moncey un parlamentario con la capitulacion hecha por Ballesteros, invitándole á que imitase su ejemplo, contestóle con la dignidad que correspondia á un militar lleno de pundonor y de patriotismo.

Demasiado era estar sosteniendo una lucha tan desigual, rebosando todo el Principado de franceses y de facciones numerosas, enemigos por otra parte los pueblos, cuando en 31 de agosto toda la fuerza de las tres divisiones del primer ejército constitucional en operaciones excedia en poco de nueve mil hombres. Y con la propia fecha escribia Milans desde Tarragona al general en jefe: tMe hallo en esta plaza sin »cesar de trabajar para proporcionar víveres y recursos, pues carece de todo, así que de dinero, vestuario y armas, descuidado por el ex-general Manso. •Los ricos emigran casi todos, y Tarragona presta »poco, y es pueblo de poquísimos recursos. Se espe»rimentan necesidades de todo género, y exigen un »remedio perentorio.... Los enemigos están en Alta» fulla, Torredembarra y Valls, en número muy con»siderable.... Misas, el Baron, Manso y Sarsfield se »hallan reunidos en estas inmediaciones, y al parecer »se trata de poner un sério bloqueo á esta plaza.» San Miguel escribia en términos no más consoladores, y mostrábase además desesperado por la dificultad de comunicarse con el general en jefe. Y éste por su parte, postrado en cama por la recrudescencia de

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