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»gobierno español en 1812, y que después le injurian »y vilipendian....»

Otros varios diputados quisieron hablar, mas como nadie lo hiciese en contra, se declaró el punto suficientemente discutido. El Mensaje se aprobó por unanimidad, votándole nominalmente todos los presentes, en número de 145. Nombróse una comision que le pusiera en manos del rey, á cuya cabeza iba el general Riego; y se mandó imprimir íntegra aquella interesantísima sesion, para que se difundiese hasta los ángulos mas remotos de la monarquía.

A la salida de ella esperaba á los diputados un numeroso gentío, que los recibió con aplausos, Víctores y abrazos. A Arguelles y Galiano, adversarios hasta entonces, amigos aquel dia, los paseó la multitud en hombros por la plaza inmediata, hasta que pasando el coche del presidente fueron introducidos en él, siguiéndolos todavía buen trecho la muchedumbre con entusiasta gritería. Pero aunque de este entusiasmo participaban muchos, estaba lejos de representar entonces la opinion general de la nacion. Tampoco tuvo, sin embargo, aquella escena el carácter de alboroto que otros le atribuyeron.

Ya el 10 habian pedido y recibido sus pasaportes los encargados de negocios de Austria, Prusia y Rusia. Detuvose un poco el de Francia, como para aparentar que no dejaba á España sino en el caso apurado y estremo, mas no tardó en seguir los Tomo Xxvin. 9

pasos de sus compañeros, como era de esperar.

La córte de Roma, que hasta entonces habia estado callada, encontró tambien en este tiempo preteslo para unirse ála conjuracion de la Santa Alianza. Habia sido nombrado embajador de España en Roma don Joaquin Lorenzo Villanueva, uno de los más ilustrados eclesiásticos y que más se habian distinguido en las Cortes del año 12 y en las de 20 y 21. Al llegar á Turin, intimóle un delegado del Santo Padre que Su Santidad tenia el sentimiento de no poder recibirle con carácter de diplomático. Se quiso atribuir esta medida á uua publicacion de que se suponia autor al Villanueva, con el título de Carlas de don Roque Leal; si bien traslucia todo el mundo que la verdadera causa eran sus opiniones liberales sustentadas en el Congreso. Firme y entero el gobierno español con la córte pontificia, como lo habia estado con las demas córtes, despues de intentar algunos medios de conciliacion, envió tambien sus pasaportes al Nuncio, aunque protestando que esta resolucion afectaba solo al poder temporal del Papa como soberano, y sin que eo nada alterase y disminuyese los sentimientos de respeto y veneracion debidos al jefe de la iglesia. Así fué España quedándose sola y aislada de casi todas las naciones.

Pensar que la marcha de los embajadores no fuese signo de abierta hostilidad y síntoma de próxima guerra, era no conocer el espíritu que habia inspirat

do las notas, y la consecuencia natural de las respuestas, aun ignorando, como ignoraba el gobierno español, lo pactado secretamente en Verona. Presentáronse, no obstante, en aquellos dias emisarios, ya españoles, ya estranjeros, esparciendo la especie de que aun era tiempo de poder venir á una conciliacion con las potencias, modificando la Constitucion, si no lo impidiese la obstinacion y la dureza del gobierno; especie que no podia envolver otro propósito que dividir más entre sí á los liberales, puesto que era acuerdo solemne del Congreso de Verona «obligarse las potencias á emplear todos los medios y unir todos sus esfuerzos para destruir el sistema representativo en cualquier estado de Europa en que existiese.» Ni al gobierno español se le habian hecho proposiciones en este sentido, ni él podia hacerlas, ni lo consentia su dignidad, despues de las notas.

Verdad es que el ministro británico en Madrid, Sir William A'Court, en comunicacion de 27 de enero (1823), hablaba de dos oficios recibidos por el de Francia del gabinete de su nacion, en uno de los cuales se decia, que ésta no trataba de dictar á España las modificaciones que hubieran de hacerse en su Constitucion, pero á fin de que no se dijera que dejaba de esplicar sus intenciones, no renovaria sus relaciones de amistad con este país en tanto que con acuerdo y consentimiento del rey no se estableciera un sistema que asegurase las libertades de la nacion y los justos privilegios del monarca. Mas para llegar á este resultado, proponia que, libre el rey de su cautiverio, y puesto á la cabeza de su ejército, se aproximara á las márgenes del Bidasoa para tratar con el duque de Angulema, que se hallaba en la frontera al trente de cien mil soldados franceses (,). Condicion degradante, á que no podia prestarse ningun gobierno que tuviera dignidad, y condicion que ponia al monarca eu ocasion y facilidad de recobrar su apetecido absolutismo.

Al dia siguiente (28 de enero, 1823) pronunciaba Luis XVIII. de Francia, al abrirse las Cámaras, aquel célebre discurso, en que decia: «He empleado todos »los medios para afianzar la seguridad de mis pueblos, »y para preservar á la España de la última desgracia, »pero las representaciones que he dirigido á Madrid »han sido rechazadas con tál ceguedad que quedan »pocas esperanzas de paz.—He dado orden para que »se retire mi ministro en aquella córte; y cien mil • franceses, mandados por aquel príncipe de mi fa»milia á quien mi corazon se complace en dar el »nombre de hijo mio, están prontos á marchar invo»cando al Dios de San Luis, para conservar el trono »de España á un nieto de Enrique IV., y para preservar aquel hermoso reino de su ruina y reconciliarle

(1) Documentos relativos á las entre la España y la Francia: gestiones de los gobiernos francés núm. 33. é inglés en las desavenencias

•con Europa Si la guerra es inevitable, haré

»cuanto esté de mi parte para reducirla al más estrecho círculo y para abreviar su duracion. Solo la •emprenderé para conquistar la paz que el esta»do actual de España haria imposible. Que Fer»nando VII. quede en libertad para dar á sus pue

• blos instituciones que no pueden recibir sino de él

• solo, y las cuales, asegurando el reposo de la España, disipen las fundadas inquietudes de la Francia.

• Conseguido esto, cesarán las hostilidades. Yo os

• doy, señores, esta solemne palabra.»

Como se vé, el rey de Francia, que amenazaba con la guerra, teniendo ya preparados y prontos para emprenderla cien mil hombres, indicaba todavía, como medio de evitarla, que Fernando VII., puesto en libertad, diese á los pueblos instituciones que de él solo podian recibir, es deeir, una Carla otorgada como la francesa. Doctrina y condicion inadmisibles para el gobierno español entonces, y para el partido constitucional dominante, que no admitian el principio de la Constitucion emanada del rey, ni reconocian otra soberanía que la dela nacion, ni esperaban que Fernando de propia voluntad hubiera de conceder Constitucion alguna. En este sentido eran las contestaciones de San Miguel, y en el mismo se preparaba un Manifiesto á la Europa, espresándose en él que la guerra se tenia por inevitable, que España estaba dispuesta á repeler la fuerza con la fuerza, y que

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