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En la sesion siguiente se propuso que el acta de la anterior se firmára por todos los diputados, que se imprimiera y circulára á todos los pueblos de la monarquía, juntamente con los discursos relativos á las notas de los gabinetes estranjeros. Mas donde subió de punto el entusiasmo patriótico fué en la sesion del 11, con ocasion de haberse presentado el proyecto de mensaje á la corona; el cual, suscrito por los señores Canga-Arguelles, Alava, Saavedra, Argüelles, Ruiz de la Vega, Adan, Salvá y Galiano, se reducia á manifestar al rey que las Córtes habian oido con la mayor estrañeza las doctrinas que sentaban las notas de París, Viena, Berlin y San Petersburgo, porque además de no estar conformes con las prácticas establecidas en las naciones cultas, se injuriaba á la nacion española, á sus Córtes y su gobierno, al mismo tiempo que habian oido con el mayor agrado la respuesta franca y decorosa que á estas notas habia dado el gobierno español, manifestando la falsedad de los cargos que en ellas se hacen á la nacion. Pidieron mu

titucional de los concurrentes en un considerable influjo. Securarepetidas aclamaciones, y algu- mente, conseguí evitar se diesen no9 gritos, poco sostenidos, de los pasaportes, aun no pedidos, ¡mueran Ion tiranos! etc. Sin em- á los tres encargados de negocios, bargo puede decirse, considerado como al principio se habia intentodo, que la sesion se celebro" tado. Esto acaso no es ganar con orden y tranquilidad.—No mucho, puesto que ¡nmediatapuedo menos de creer que algu- mente serán pedidos por ellos; na parte de la moderacion que mas sin embargo evité lo que alli apareció fué efecto del ten- mas adelante pudiera dar lugar a" guaje que he usado constante- un nuevo pretesto de ofensa de mente, tanto con el señor San Mi- parte de este gobierno.» guel, como con otros que tienen

chos la palabra en favor del Mensaje, mas solo la usaron los señores Saavedra, Canga, Ferrer, (don Joaquin), Arguelles y Galiano, todos en el mismo sentido.

Los discursos de aquel dia fueron de los más notables y de los mas elocuentes que se han pronunciada desde la tribuna española. Inspirábalos el amor pátrio ultrajado y ofendido, la independencia nacional escarnecida, la pasion de la libertad política sobreexcitada, la dignidad del carácter español vilipendiada por los mismos estranjeros que no hacia muchos años habian debido á España el no ser oprimidos por el gigante del siglo. Cada uno de los oradores tuvo momentos y frases felices, que arrancaron estrepitosos aplausos. «¡Vituperan, deciael señor Saa•vedra (don Angel), nuestro código sagrado! ¡Este có»digo que hizo traducir en su lengua el emperador de •Rusia en el año 13! ¡Este código que hizo jurar ese

• mismo emperador á algunos pocos españoles que se » hallaban en sus dominios, y Código que reconoció el •rey de Prusia en el año 14! ¡Ah, señores! En aque»lla época necesitaban de nuestros brazos para sostener sus tronos. Conocian que el fuego sacrosanto de »la libertad era el que debia darles la energía necesaria para derrocar al tirano que nos amenazaba. Tál

• contradiccion, táles calumnias contienen estas notas, »á que el gobierno de S. M. ha contestado con la

• energía digna del alto puesto que ocupa, y por lo • que yo siempre le daré los mayores elogios Por

»lo tanto concluiré diciendo solamente, que la nacion •española no está en estado de que ninguna otra le

• imponga la ley; que aun tiene en sí fuerza y recur

• sos, que serán siempre terribles para los enemigos

• de nuestra libertad, y que la nacion española no re»conocerá jamás una dominacion estranjera. No se

• ñor, aun viven los valientes que destrozaron al in

• truso; aun están teñidas sus espadas de la sangre de •los que osaron invadir su territorio. Dicen que es»tamos desunidos: todos queremos libertad: en los

• principios estamos todos conformes: la libertad de

• la nacion y la independencia es lo que queremos, y

• no hay enemigos suficientes para arrancárnosla. El

• que se atreva á insultarnos, venga, pues, á este sue»lo, en donde encontrará, en vez de la mala fé, la vir

• tud y el hierro.»

«¿No es cosa original, decia Canga-Arguelles, ver »á la Rusia y á la Prusia defender la causa de la Igle

• sia Católica Apostólica Romana? Pero yo no veo á •estas dos naciones, no señor, veo á la curia Tomaina que se ha puesto acorde con las altas potencias, y les ha dicho: «inserten vds. este artículo, á

• ver si saco partido » Yo les diré que España tie

»ne buenos españoles, que jamás admitirán ninguna

• intervencion estranjera; y les repetiré, que en una •ocasion prefirieron tener un rey bastardo y español »á uno legítimo y estranjero; y por último, les diré, «como diputado de la nacion española, lo que los ara«goneses dijeron en el año 1524 á Cárlos V., cuando »se empeñaba en que le concediesen auxilios. «Señor, »no será razon que el reino que tantas coronas hada«do á V. M. á costa de su sangre y privaciones, pier»da ahora su libertad.»

El señor Ferrer habló en el propio sentido, haciendo un cargo á cada una de las naciones signatarias de las notas. Siguiéronle en el uso de la palabra Arguelles y Galiano, los dos más fáciles y distinguidos oradores; y aunque la circunstancia de no haber quien combatiera el mensaje no era apropósito para escitar el sentimiento y el fuego de la elocuencia, la materia por sí misma los hacia ser vehementes y fogosos, y muchos períodos de sus discursos produjeron vivas y prolongadas aclamaciones. Arguelles, despues de tronar contra la conducta de la Francia, cuyos designios ambiciosos calificó de «llenos de perfidia, » despues de llamar la atencion hácia el lenguaje hipócrita, al propio tiempo que insultante de las otras potencias, dijo que era impostura suponer al rey privado de libertad: «Solo, añadió, tiene restricciones »para hacer el mal que como horhbre podria hacer, y «que desgraciadamente ha hecho por culpa de malos «consejeros. El rey de España, decia después, ha sido »siempre víctima de las promesas de los estranjeros; • pero yo confío en que se aprovechará de las lecciones »de la historia y de su propia esperiencia. Pedro, rey • de Castilla, murió rodeado de estranjeros, asesinado

• por su hermano Enrique en la tienda de Beltran

•Duguesclin La córte de San Petersburgo debe

•acordarse de que Pedro III., marido de la célebre

• Catalina II,, fué destronado, y todas las señales evi»den tes que aparecieron en su muerte demostraron

• que habia sido envenenado. Es más memorable lo

• ocurrido con el emperador Pablo I., que tambien fué •destronado; pero lo es aún mucho más el escan

• daloso destronamiento de Gustavo IV., de la ca»sa de Vasa, que todavía anda por Europa hecho

• un peregrino, y probablemente en estado de desinencia.... etc.»

Muchos pasajes del discurso de Galiano arrebataron tambien á los espectadores. «Y á la nacion espa»ñola, decia, ¿qué le importa que los déspotas man»tengan esta ó la otra relacion? ¿Qué le importa, digo, »á esta nacion que tiene por principal timbre haber

• sabido sostener su independencia á costa de tanta »sangre, despues de comprarla con tanta gloria?» Rechazó el derecho de intervencion que querian arrogarse las naciones, y decia: «¡Estaba reservado para

• esta época de ignominia el inventar semejante dere

• cho!.... Pretenden esos monarcas fundar sus gobier«nos en la tiranía y opresion de los pueblos; pero és

• tos están autorizados para recobrar su libertad. No »me detendré en hacer reflexiones sobre la conducta »de estas mismas potencias que reconocieron ántes el

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