El gran poeta del siglo de oro español: Fray Luis de León

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Instituto de las Españas en los Estados Unidos, 1924 - 158 páginas
 

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Página 106 - Los pocos sabios que en el mundo han sido ! Que no le enturbia el pecho De los soberbios grandes el estado, Ni del dorado techo Se admira fabricado Del sabio moro, en jaspes sustentado ; No cura si la fama Canta con voz su nombre pregonera, Ni cura si encarama La lengua lisonjera Lo que condena la verdad sincera.
Página 70 - Del monte en la ladera Por mi mano plantado tengo un huerto, Que con la primavera De bella flor cubierto Ya muestra en esperanza el fruto cierto.
Página 105 - Qué descansada vida la del que huye el mundanal ruido, y sigue la escondida senda, por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido...
Página 48 - Aquí la envidia y mentira me tuvieron encerrado. Dichoso el humilde estado del sabio que se retira de aqueste mundo malvado, y con pobre mesa y casa en el campo deleitoso, con sólo Dios se compasa ya solas su vida pasa, ni envidiado ni envidioso.
Página 111 - Cuando contemplo el cielo de innumerables luces adornado, y miro hacia el suelo de noche rodeado, en sueño y en olvido sepultado; el amor y la pena despiertan en mi pecho un ansia ardiente...
Página 111 - ¿Qué mortal desatino de la verdad aleja así el sentido, que de tu bien divino olvidado, perdido, sigue la vana sombra, el bien fingido? El hombre está entregado al sueño, de su suerte no cuidando, y con paso callado el cielo vueltas dando las horas del vivir le va hurtando. ¡Oh!, despertad, mortales; mirad con atención en vuestro daño. Las almas inmortales, hechas a bien tamaño, ¿podrán vivir de sombras y de engaño?
Página 116 - ¿Qué vale cuanto vee, do nace y do se pone, el sol luciente, lo que el Indio posee, lo que da el claro Oriente con todo lo que afana la vil gente?
Página 103 - Dichoso el que jamás ni ley ni fuero, ni el alto tribunal, ni las ciudades, ni conoció del mundo el trato fiero. Que por las inocentes soledades, recoge el pobre cuerpo en vil cabana, y el ánimo enriquece con verdades.
Página 59 - Virgen que al alto ruego no más humilde sí diste que honesto, en quien los cielos contemplar desean: como terrero puesto, los brazos presos, de los ojos ciego, a cien flechas estoy que me rodean, que en herirme se emplean ; siento el dolor, mas no veo la mano, ni me es dado el huir ni el escudarme; quiera tu soberano Hijo, Madre de amor, por ti librarme.
Página 106 - ¿Qué presta a mi contento, si soy del vano dedo señalado; si, en busca de este viento, ando desalentado, con ansias vivas, con mortal cuidado? ¡Oh monte, oh fuente, oh río! ¡Oh secreto seguro, deleitoso!, roto casi el navio, a vuestro almo reposo huyo de aqueste mar tempestuoso.

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