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vuestra majestad lo manda y favoresce. Y allí diré muchas cosas que aquí se callan, pues el lenguaje lo sufre y lo requiere; que así hago en las guerras de mar de nuestro tiempo, que compongo; donde vuestra majestad, a quien Dios nuestro Señor dé mucha vida y victoria contra los enemigos, tiene gran parte.

HISTORIA GENERAL DE LAS INDIAS

Es el mundo tan grande y hermoso, y tiene tanta diversidad de cosas tan diferentes unas de otras, que pone admiración a quien bien lo piensa y contempla. Pocos hombres hay, si ya no viven como brutos animales, que no se pongan alguna vez a considerar sus maravillas, porque natural es a cada uno el deseo de saber. Empero unos tienen este deseo mayor que otros, a causa de haber juntado industria y arte a la inclinación natural; y estos tales alcanzan muy mejor los secretos y causas de las cosas que naturaleza obra; aunque, a la verdad, por agudos y curiosos que son, no pueden llegar con su ingenio ni proprio entendimiento a las obras maravillosas que la Sabiduría divina misteriosamente hizo y siempre hace; en lo cual se cumple lo del Eclesiástico, que dice: «Puso Dios al mundo en disputa de los hombres, con que ninguno dellos pueda hallar las obras que él mismo obró y obra.» Y aunque esto sea ansí verdad, según que también lo afirma Salomón, diciendo: «Con dificultad juzgamos las cosas de la tierra y con trabajo hallamos lo que vemos y tenemos delante», no por eso es el hombre incapaz o indigno de entender al mundo y sus secretos; ca Dios crió el mundo por causa del hombre, y se lo entregó en su poder, e puso debajo los pies, y, como Esdrás dice, los que moran en la tierra pueden entender lo que hay en ella; así que, pues Dios puso el mundo en nuestra disputa y nos hizo capaces y merecedores de lo poder entender, y nos dió inclinación voluntaria y natural de saber, no perdamos nuestros privilegios y mercedes.

El mundo es uno, y no muchos, como algunos
filósofos pensaron.

Opinión y tema fué de muchos y grandes filósofos, hombres en su tiempo tenidos por muy sabios, que había muchos mundos. Leucipo, Demócrito, Epicuro, Anaximandro y los otros, porfiados en que todas las cosas se engendran y crían del tamo y átomos, que son unos pedacicos de nada como los que vemos al rayo del sol, dijeron que había muchos mundos; y que así como de solas veinte y tantas letras se componen infinitos libros, así, ni más ni menos, de aquellos pocos y chicos átomos y menudencias se hacen muchos y diversos mundos. Esto afirmaban, creyendo que todo era infinito. Y así a Metrodoro le parecía cosa fea y desproporcionada no haber en este infinito más de un solo mundo, como sería si en una muy gran viña no hubiese sino una cepa, o en una gran pieza una sola espiga. Orfeo tuvo que cada estrella era un mundo, a lo que Galeno escribe de historia filosófica. Y lo mesmo dijeron Heráclides y otros pitagóricos, según refiere Teodorito, De materia y mundo. Seleuco, filósofo, según escribe Plutarco, no se contentó con decir que había infinitos mundos, sino que también dijo ser el mundo infinible, como quien dijese que no puede tener cabo donde fenezca su fin. Creo que de aquí le tomó ansia al gran Alejandro de conquistar el universo; pues claramente, a lo que Plutarco cuenta, lloró oyendo un día disputar esta quistión a Anaxarco. El cual, preguntada la causa de lágrimas tan fuera de tiempo, respondió que lloraba con justa y gran razón, pues habiendo tantos mundos como Anaxarco decía, no era él aun señor de ninguno. Y así, después, cuando emprendió la conquista deste nuestro mundo, ima

inaba otros muchos y pretendía señorearlos todos. ¿ atajóle la muerte los pasos antes que pudiese sujetar medio. También dice Plinio: «Creer que hay infinitos mundos procedió de querer medir el mundo a pies»; lo cual tiene por atrevimiento, aunque dice llevar tan sotil y buena cuenta que sería vergüenza no creerlo. De la opinión destos filósofos salió el refrán que cuando uno se halla nuevo en alguna cosa dice que le paresce estar en otro mundo. Poco estimáramos el dicho destos gentiles, pues, como dice sant Augustín, se revolcaron por infinitos mundos con su vano pensamiento; ni el de los herejes dichos ofios, ni el de los talmudistas, que afirman decinueve mil mundos, pues escriben contra los Evangelios, si no hubiese teólogos que hagan mención de más mundos. Baruch habló de siete mundos, como dice Orígenes; y Clemente, discípulo de los apóstoles, dijo en una su epístola, según Orígenes lo acota en el Periarcón: «No es navegable el mar Océano; y aquellos mundos que detrás de él están se gobiernan por providencia del mesmo Dios.» También sant Jerónimo alega esta misma autoridad sobre la epístola de sant Pablo a los efesios, donde dice: «Todo el mundo está puesto en malignidad.» En muchas partes del Testamento Nuevo está hecha mención de otro mundo; y Cristo, que es la mesma verdad, dijo que su reino no era deste mundo, y llamó al diablo príncipe deste mundo. Diciendo éste, paresce que hay otros, a lo menos otro; y por eso erraron los herejes ofios, que, no entendiendo bien la Escritura Sagrada, inferían ser innumerables los mundos; y quien creyese que hay muchos mundos como el nuestro, erraría malamente como ellos. Mundo es todo lo que Dios crió: cielo, tierra, agua y las cosas visibles, y que, como dice sant Augustín contra los académicos, nos mantienen; lo cual afirman todos los filósofos cristianos, y aun los gentiles, si no es Aristóteles con sus discípulos, que hace al cielo diferente del mundo, en el tratado que dellos compuso. Este, pues, es el mundo que Dios hizo, según lo certifican sant Juan Evangelista y más largamente Moisen: que si hubiera más mundos como él, no los callaran. El reino de Cristo, que no era deste mundo, porque respondamos a ellos, es espiritual y no material; y así decimos el otro mundo, como la otra vida y como el otro siglo; lo cual declara muy bien Esdrás, diciendo: «Hizo el Altísimo este siglo para muchos; y el otro, que es la gloria, para pocos»; y sant Bernardo llama inferior a este mundo en respecto del cielo. Cuanto a los mundos que pone Clemente detrás del Océano, digo que se han de entender y tomar por orbes y partes de la tierra; que así llama Plinio y otros escritores a Scandinavia, tierra de Godos, y a la isla Taprobana, que agora dicen Zamotra. Y Epicuro, según Plutarco refiere, tenía por mundos a semejantes orbes y bolas de tierras, apartados de la Tierra-Firme como islas. Y por ventura estos tales pedazos de tierra son el orbe y redondez que la Escritura llama de tierras, y la que llama de tierra ser todo el mundo terrenal. Yo, aunque creo que no hay mas de un solo mundo, nombraré muchas veces dos aquí en esta mi obra, por variar de vocablos en una mesma cosa, y por entenderme mejor llamando nuevo mundo a las Indias, de las cuales escribimos.

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