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resplandecientes y finos que nácar. Van desnudos, pero cubren lo suyo en unos como embudos de calabaza o canutillos de oro; ellas se ciñen unos delantales; las señoras traen en las cabezas unas como diademas de pluma grandes, de las cuales cuelgan por las espaldas un chia hasta medio cuerpo. Parecen muy bien con ellas, y mayores de lo que son, y por eso dicen que son dispuestas y hermosas; no son menores las indias que las mujeres de acá, sino que como no traen chapines de a palmo ni de palmo y medio, como ellas, ni aun zapatos, parecen chicas. La obra de las diademas tiene arte y primor; las plumas son de tantas colores y tan vivas, que atraen mucho la vista; muchos hombres visten camisetas estrechas, cortas y con medias mangas. Ciñen faldillas hasta los tobillos, y atan al pecho unas capitas. Son muy putos y précianse dello, ca en los sartales que traen al cuello ponen por joyel al dios Príapo, y dos hombres uno sobre otro por detrás, relevados de oro; tal pieza de aquéstas hay que pesa treinta castellanos. En Zamba, que los indios dicen Nao, y en Gaira, crían los putos cabello y atapan sus vergüenzas como mujeres, que los otros traen coronas como frailes, y así, los llaman coronados; las que guardan virginidad allí siguen mucho la guerra con arco y aljaba; van a caza solas, y pueden matar sin pena al que se lo pide. Caponan los niños por que enternezcan para comer; son éstos de Santa Marta, caribes; comen carne humana, fresca y cecinada; hincan las cabezas de los que matan y sacrifican a las puertas por memoria, y traen los dientes al cuello (como sacamuelas) por bravosidad, y cierto ellos son bravos, belicosos y crueles; ponen por hierro en las flechas hueso de raya, que de suyo es enconado, y úntanlo con zumo de manzanas ponzoñosas o con otra hierba, hecha de muchas cosas, que hiriendo mata. Son aquellas manzanas del tamaño y color que nuestras magrillas; si algún hombre, perro o cualquier otro animal come dellas, se le vuelven gusanos, los cuales en brevísimo tiempo crecen mucho y comen las entrañas, sin que haya remedio, a lo menos muy poco; el árbol que las produce es grande, común, y de tan pestilencial sombra, que luego duele la cabeza al que se pone a ella. Si mucho se detiene allí, hínchasele la cara y túrbasele la vista, y si duerme, ciega; morían, y aun rabiando, los españoles heridos della, como no sabían ningún remedio, aunque algunos sanaban con cauterios de fuego y agua de mar. Los indios tienen otra yerba que con el zumo de su raíz remedia la ponzoña desta fruta y restituye la vista y cura todo mal de ojos. Esta yerba que hay en Cartagena dicen que es la hipérbaton con que Alejandro sanó a Ptolomeo, y poco ha se conoció en Cataluña por industria de un esclavo moro, y la llaman esCOrZOnera.

LXXII

Descubrimiento de las esmeraldas.

Para ir a la Nueva Granada (1) entran por el río que llaman Grande, diez o doce leguas de Santa Marta al poniente. Estando en Santa Marta el licenciado Gonzalo Jiménez, teniente por el adelantado don Pedro de Lugo, gobernador de aquella provincia, subió el río grande arriba por descubrir y conquistar en una tierra que nombró Sant Gregorio. Diéronle ciertas esmeraldas; preguntó de dónde las habían, y fuése al rastro dellas; subió más arriba, y en el valle de los alcázares se topó con el rey Bogotá, hombre avisado, que por echar de su tierra los españoles, viéndolos codiciosos y atrevidos, dió al licenciado Jiménez muchas cosas de oro, y le dijo cómo las esmeraldas que bus

(1) Hoy Colombia.

caba estaban en tierra y señorío de Tunja. Tenía Bogotá cuatrocientas mujeres, y cada uno de su reino podía tomar cuantas pudiesen tener, pero no habían de ser parientas; todas se habían muy bien, que no hacían poco. Era Bogotá muy acatado, ca le volvían las espaldas por no le mirar a la cara, y cuando escupía se hincaban de rodillas los más principales caballeros a tomar la saliva en unas tohallas de algodón muy blancas, porque no tocase a tierra cosa de tan gran príncipe; allí son más pacíficos que guerreros, aunque tenían guerra muchas veces con los panches. No tienen yerba ni muchas armas; justifícanse mucho en la guerra que toman; piden respuesta del suceso della a sus ídolos y dioses; pelean de tropel; guardan las cabezas de los que prenden; idolatran reciamente, especial en bosques; adoran el Sol sobre todas las cosas; sacrifican aves; queman esmeraldas y sahuman los ídolos con yerbas. Tienen oráculos de dioses, a quien piden consejo y respuesta para las guerras, temporales, dolencias, casamientos y tales cosas; pónense para esto por las coyunturas del cuerpo unas yerbas que llaman jop y osca, y toman el humo. Tienen dieta dos meses al año, como Cuaresma, en los cuales no pueden tocar a mujer ni comer sal; hay unos como monesterios donde muchas mozas y mozos se encierran ciertos años. Castigan recio los pecados públicos, hurtar, matar y sodomía, que no consienten putos; azotan, desorejan, desnarigan, ahorcan y a los nobles y honrados cortan el cabello por castigo, o rásganle las mangas de las camisetas; visten sobre las camisetas ropas que ciñen, pintadas de pincel. Traen en las cabezas, ellas guirlandas, y los caballeros, cofias de red o bonetes de algodón; traen cercillos y otras joyas por muchas partes del cuerpo; mas han primero de estar en monesterio. Heredan los hermanos y sobrinos, y no los hijos; entiérranse los bogotás en ataudes de oro. Partió Jiménez de Bogotá, pasó por tierra de Conzota, que llamó valle del Espíritu Santo; fué a Turmeque, y nombróle valle de la Trompeta; de allí a otro valle, dicho Sant Juan y en su lenguaje Tenesucha. Habló con el señor Somondoco, cuya es la mina o cantera de las esmeraldas; fué allá, que hay siete leguas, y sacó muchas. El monte donde está el minero de las esmeraldas es alto, raso, pelado y a cinco grados de la Equinocial a nosotros. Los indios para sacarlas hacen primero ciertos encantes y hechizos por saber cuál es buena veta; vinieron a montón para sacar el quinto y repartir mil y ochocientas esmeraldas, entre grandes y pequeñas, que las comidas y hurtadas no se contaron; riqueza nueva y admirable y que jamás se vió tanta ni tan fina piedra junta. Otras muy muchas se han hallado después acá por aquella tierra; empero este fué el principio, cuyo hallazgo y honra se debe a este letrado Jiménez: notaron mucho los españoles que, habiendo tal bendición de Dios en lo alto de aquel serrejón, fuese tan estéril tierra, y en lo llano, que criasen los moradores hormigas para comer, y tan simples los hombres, que no saliesen a trocar aquellas ricas piedras por pan; creo que indios se dan poco por piedras. También hubo el licenciado Jiménez en este viaje, que fué de poco tiempo, trecientos mil ducados en oro; ganó asimesmo muchos señores por amigos, que se ofrecieron al servicio y obediencia del emperador. Las costumbres, religión, traje y armas de lo que llaman Nueva Granada son como en Bogotá, aunque algunas gentes se diferencian: los panches, enemigos de bogotás, usan paveses grandes y livianos, tiran flechas como caribes, comen todos los hombres que captivan, después y antes de sacrificados, en venganza; puestos en guerra, nunca quieren paz ni concierto, y si les cumple, sus mujeres la piden, que no pierden ánimo ni honra como perderían ellos. Llevan sus ídolos a la guerra por devoción o esfuerzo; cuando se los tomaban los españoles, pensaban que lo hacían de devotos, y era por ser de oro y por quebrallos; de que mucho se entristecían. Sepúltanse los de Tunja con mucho oro; y así había ricos enterramientos; las palabras del matrimonio es el dote en mueble, que raíces no dan, ni guardan mucho parentesco. Llevan a la guerra hombres muertos que fueron valientes, para animarse con ellos, y por ejemplo que no han de huir más que ellos, ni dejarlos en poder del enemigo; los tales cuerpos están sin carne, con sola el armadura de los huesos asidos por las coyunturas. Si son vencidos, lloran y piden perdón al Sol de la injusta guerra que comenzaron; si vencen, hacen grandes alegrías, sacrifican los niños, captivan las mujeres, matan los hombres, aunque se rindan, sacan los ojos al señor o capitán que prenden y hácenle mil ultrajes. Adoran muchas cosas, y principalmente al Sol y Luna; ofrecen tierra, haciendo primero della ciertas cerimonias y vueltas con la mano; los sahumerios son de yerbas, y a revuelta dellas queman oro y esmeraldas, que es su devoto sacrificio; sacrifican también aves para rosciar los ídolos con la sangre. Lo santo es sacrificar en tiempo de guerra hombres captivos en ella, o esclavos comprados y traídos de lejos tierras; atan los malhechores a dos palos por pies, brazos y cabellos; hay guerras sobre caza; dicen que hay tierra donde las mujeres reinan

mandan (1); no miran al Sol, por acato, ni al señor. k¿ mucho a los españoles que miraban de hito a su capitán. Ciento y cincuenta leguas el río arriba hacen sal de raspaduras de palma y orinas de hombre, y es la gente de Indias que menos sin voces y ruido compran y venden. Es tierra que ni enfada la ropa ni la lumbre, aunque está cerca de la tórrida zona; el año de 47 puso el emperador chancillería en la Nueva Granada, como está en la vieja, de solos cuatro oidores.

(1) Matriarcado.

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