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mucha agua y buena de beber. La fruta es amarilla, pequeña y de cuesco como ciruela; tiene poquita carne y mucho hueso; es sana y digestible, mas dañosa para los dientes, por hilillos que tiene (1). Guayabo es árbol pequeño, de buena sombra y madera; envejece presto. Tiene la hoja laurel, pero más gorda y ancha. La flor paresce algo de naranjo, y huele mejor que la de jazmín. Hay muchas diferencias de guayabos, y por consiguiente de la fruta, que es como camuesa. Unas son redondas, otras largas, mas todas verdes por de fuera, con unas coronillas como níspolas. Dentro son blancas o rosadas, y de cuatro cuartos, como nuez, con muchos granillos en cada uno. Sazonadas son buenas, aunque agrillas; verdes, restriñen como servas; maduras, pierden color y sabor y crían muchos gusanos; hay palmas de ocho o diez maneras, las más llevan dátiles como huevos, pero de grandes huesos. Son agretes para comer, mas sacan razonables vinos. Hacen los indios lanzas y flechas de palma, por ser tan recias, que sin hender ni remachar, ni les poner pedernal, entran mucho. Palmas hay que parescen en el tronco cañas de cebollas, más gordo en medio que a los extremos, en el cual, como es madera floja, anida el pito picando con el pico. Es un pájaro como zorzal, barreado al través, una barra verde y otra negra, que declina en amarillo. Tiene colorado el cogote y algunas plumas de la cola. Españoles lo llaman carpintero; no es mucho ser el pico, de quien Plinio cuenta que cava y anida en lo macizo de los árboles; y que, viendo atapado el agujero de su nido, trae cierta yerba, que puesta sobre la piedra o cuña la hace saltar por fuerza de su virtud. Otros dicen que el mesmo pito tiene tal propiedad, que cae luego el cuño o clavo del agujero en tocándole. Hay muchos papagayos y de muchos tamaños, grandísimos y chicos como pájaros, verdes,

(1) El hobo (Spondias lutea) es especie de mirobolano.

GóMARA: HistoRIA DE LAS INDIAs.—T. I. 11

azules, negros, colorados y manchados, que parescen remendados. Tienen lindo parescer, gorjean mucho y son de comer. Hay muchos gallipavos caseros y monteses, que tienen grandes papos o barbas, como gallos, y las mudan de muchas colores. Morciélagos hay tamaños como gangas, que muerden reciamente a prima noche; matan los gallos, que pican en la cresta, y aun dicen que hombres. El remedio es lavar la llaga con agua de la mar o darle algún botón de fuego. Hay muchas garrapatas y chinches con alas, lagartos de agua o crocodillos, que comen hombres, perros y toda cosa viva. Puercos derrabados, gatos rabudos, y los animales que enseñan a sus hijos para correr. Vacas mochas y que, siendo patihendidas, parescen mulas, con grandes orejas, y tienen, a lo que dicen, una trompilla como elefante (1). Son pardas y buena carne. Hay onzas, si lo son las que así llaman españoles, y tigres muy grandes, animal fiero y carnicero si lo enojan; pero de otra manera es medroso y pesado en correr. Los leones no son tan bravos como los pintan, ca muchos españoles los han esperado y muerto en el campo uno a uno, y los indios tenían a sus puertas muchas cabezas y pieles dellos por valentía y grandeza.

LXVIII

Costumbres de los del Darién.

Son los indios del Darién y de toda la costa del golfo de Urabá y Nombre de Dios de color entre leonado y amarillo, aunque, como dije, se hallaron en Cuareca negros como de Guinea. Tienen buena estatura, pocas barbas y pelos, fuera de la cabeza y cejas,

(1) Parece aludir al tapir. (Nota D.)

en especial las mujeres. Dicen que se los quitan y matan con cierta yerba y polvos de unas como hormigas; andan desnudos en general, principalmente las cabezas. Traen metido lo suyo en un caracol, caña o cañuto de oro, y los compañeros de fuera. Los señores y principales visten mantas de algodón, a fuer de gitanas, blancas y de color. Las mujeres se cubren de la cinta a la rodilla, y si son nobles, hasta el pie. Y estas tales traen por las tetas unas barras de oro, que pesan algunas docientos pesos, y que están primamente labradas de flores, peces, pájaras y otras cosas relevadas. Traen ellas, y aun ellos, cercillos en las orejas, anillas en las narices y bezotes en los bezos. Casan los señores con cuantas quieren; los otros, con una o con dos, y aquélla no hermana, mi madre, ni hija. No las quieren extranjeras ni desiguales. Dejan, truecan y aun venden sus mujeres, especial si no paren; empero es el divorcio y apartamiento estando ella con su camisa, por la sospecha del preñado. Son ellos celosos, y ellas buenas de su cuerpo, según dicen algunos. Tienen mancebías públicas de mujeres, y aun de hombres en muchos cabos, que visten y sirven como hembras sin les ser afrenta, antes se excusan por ello, queriendo, de ir a la guerra. Las mozas que yerran echan la criatura, con yerbas que para ello comen, sin castigo ni vergüenza. Múdanse como alárabes, y ésta debe de ser la causa de haber chicos pueblos. Andan los señores en mantas a hombros de sus esclavos, como en andas; son muy acatados; ultrajan mucho los vasallos; hacen guerra justa e injustamente sobre acrecentar su señorío. Consultan las guerras los señores y sacerdotes sobre bien borrachos o encalabriados con humo de cierta yerba. Van muchas veces con los maridos a pelear las mujeres, que también saben tirar de un arco, aunque más deben ir para servicio y deleite. Todos se pintan en la guerra, unos de negro y otros de colorado como carmesí: los esclavos, de la boca arriba, y los libres de allí abajo. Si caminando se cansan, jásanse de las pantorrillas con lancetas de piedra, con cañas o colmillos de culebras, o lávanse con agua de la corteza del hobo. Las armas que tienen son arco y flechas, lanzas de veinte palmos, dardos con amiento, cañas con lengua de palo, hueso de animal o espina de peces, que mucho enconan la herida, porras y rodelas; casquetes no los han menester, que tienen las cabezas tan recias que se rompe la espada dando en ellas, y por eso ni les tiran cuchilladas ni se dejan topetar. Llevan en ellas grandes penachos por gentileza. Usan atabales para tocar al arma y ordenanza, y unos caracoles que suenan mucho. El herido en la guerra es hidalgo y goza de grandes franquezas. No hay espía que descubra el secreto, por más tormentos que le den. Al captivo de guerra señalan en la cara, y le sacan un diente de los delanteros. Son inclinados a juegos y hurtos; son muy haraganes. Algunos tratan yendo e veniendo a ferias. Truecan una cosa por otra, que no tienen moneda. Venden las mujeres y los hijos. Son grandes pescadores de red todos los que alcanzan río y mar, ca se mantienen así sin trabajo y con abundancia. Nadan mucho y bien, hombres y mujeres. Acostumbran a lavarse dos o tres veces al día, especial ellas, que van por agua, ca de otra manera hederían a sobaquina, según ellas confiesan. Los bailes que usan son areitos, y los juegos, pelota. La medicina está en los sacerdotes, como la religión; por lo cual, y porque hablan con el diablo, son en mucho tenidos. Creen que hay un Dios en el cielo, pero que es el Sol, y que tiene por mujer a la Luna; y así, adoran mucho estos dos planetas. Tienen en mucho al diablo, adóranle y píntanle como se les aparece, y por esto hay muchas figuras suyas. Su ofrenda es pan, humo, frutas y flores, con gran devoción. El mayor delito es hurto, y cada uno puede castigar al ladrón que hurta maíz cortándole los brazos y echándoselos al cuello. Concluyen los pleitos en tres días, y hay justicia ejecutoria. Entiérranse generalmente todos, aunque en algunas tierras, como la de Comagre, desecan los cuerpos de los reyes y señores al fuego poco a poco hasta consumir la carne. Asanlos, en fin, después de muertos, y aquello es embalsamar; dicen que duran así mucho. Atavían los muy bien de ropa, oro, piedras y pluma; guárdanlos en los oratorios de palacio colgados o arrimados a las paredes. Hay agora pocos indios, y aquéllos son cristianos. La culpa de su muerte cargan a los gobernadores, y la crueldad, a los pobladores, soldados y capitanes.

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Cenu es río, lugar y puerto grande y seguro. El pueblo está diez leguas de la mar; hay en él mucha contratación de sal y pesca. Gentil platería de indios. Labran de vaciadizo y doran con yerba. Cogen oro en do quieren, y cuando llueve mucho paran redes muy menudas en aquel río y en otros, y a las veces pescan granos como huevos, de oro puro. Descubriólo Rodrigo de Bastidas, como dije, el año de 2. Juan de la Cosa entró en él dos años después, y en el año de 9 aconteció lo siguiente al bachiller Enciso, yendo tras Alonso de Hojeda; el cual echó gente allí para rescatar con los naturales y tomar lengua y muestra de la riqueza de aquella tierra. Vinieron luego muchos indios armados con dos capitanes en son de pelear. Enciso hizo señas de paz, y hablóles por una lengua que Francisco Pizarro llevaba de Urabá, diciendo cómo él y aquellos sus compañeros eran cristianos españoles, hombres pacíficos, y que habiendo navegado mucha mar y tiempo, traían necesidad de vituallas y oro. Por tanto, que les rogaba se lo diesen a trueco de otras cosas de mu

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