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sia y del objeto que tenía la Embajada del Príncipe de Repuin, dispuso, sin perder instante, renovar sus tentativas. El buen ó mal éxito de ellas dependería en gran parte del crédito, prudencia y habilidad del Negociador que la República enviase á contrapesar la influencia del Embajador ruso. ¿A qué persona podría confiarse este encargo? El Ministro Talleyrand puso la vista en Sieyes, aquel célebre Abate que ha— bía tenido parte muy señalada en las resoluciones de las primeras asambleas, y cuyo espíritu sobresaliente en la parte metafísica de la ciencia del Gobierno le parecería quizá al Ministro muy propio para las finas sutilezas de la profesión diplomática. No agradó tal nombramiento al Gabinete de Berlín, acordándose de que Sieyes era regicida y de que la Europa entera había oído con horror aquella expresión lacónica de su voto en el proceso de Luis XVI: La muerte sin frases; palabras que Sieyes desmintió, pero que entonces se tuvieron por suyas y aun ahora se cilan como tales. El Rey de Prusia reflexionó después que él mismo había concluído su Tratado de Basilea con una Convención regicida; que el Directorio de Francia estaba compuesto de hombres que tenían esa mancha, y, en fin, que todos los Soberanos de Alemania trataban la paz del Imperio en Rastadt con regicidas. Haciéndose, pues, cargo de estas razones, se contentó con que Sieyes, en vez de presentarse en su Corte con el título de Embajador, hiciese uso de la denominación no tan fastuosa de Ministro plenipotenciario. Las instrucciones secretas comunicadas por el Directorio á su En– viado se reducían á que á cualquiera costa y por todos los medios posibles lograse la alianza con la Prusia, solicitada sin fruto por el Príncipe de Repuin para la Rusia y la Inglaterra. A este fin, el Ministro Ta

lleyrand le entregó notas y avisos particulares que pudiesen servirle para el objeto de su encargo. Sieyes se presentó en Berlín con extraordinaria sencillez, la cual resaltaba todavía más á vista del aparato y magnificencia del Príncipe de Repuin. Al entregar Sieyes al Rey sus credenciales, dijo que si había aceptado aquel encargo, era porque en todos tiempos y en los diferentes destinos que había tenido en su país fué constantemente de parecer que la Francia y la Prusia debían vivir siempre unidas muy es– trechamente; que siendo las instrucciones que el Go- bierno le había dado conformes del todo con su opinión política, su Ministerio no podía menos de ser franco, leal, amistoso y correspondiente á la honradez de su carácter; que el sistema de unión de las dos naciones, del cual pendía el bienestar de la Europa y quizá la salvación de una parte de la Alemania, era el mismo que había tenido Federico II, grande entre los Reyes, inmortal entre los hombres; en fin, que este sistema cuadraba perfectamente con la sensatez y buenas intenciones manifestadas desde principios del actual reinado. Acabada la ceremonia, el Rey conversó con el Representante de la República por espacio de media hora, distinción que no dejó de admirar á los que se hallaban en la Corte. Con todo, las personas de forma de Berlín trataron al Minis"ro repu— blicano con reserva, ó por mejor decir, con desvío. Como Ministro, como filósofo y como hombre que había hecho gran papel en la revolución, Sieyes espe— raba, sin duda ninguna, hallar buena acogida y llevarse todas las atenciones, y las gentes de distinción ni siquiera se prestaban á visitarle. El Mariscal Moéllendor, á quien el antecesor de Sieyes en el Ministe— rio de Berlín proponía que fuese á verle, respondió

secamente: «De ningún modo y sin frases,» aludiendo al voto de muerte de Luis XVI.

La pintura que el Príncipe de Repuin hace de su antagonista no es en verdad lisonjera. «Sieyes, decía, vive muy retirado en Berlín. Todo el mundo huye de acercarse á él. La fama que tiene de no hablar, ó más bien su elocuencia taciturna, da que recelar al Gabinete. De vez en cuando visita al Ministro de España, que es tan taciturno como él (1). Las palabras sacramentales de ambos son silencio y profundidad. No se dará un hombre menos agradable que este provenzal, cuya altanería pedantesca no respeta el amor propio de nadie; se sobrepone á los usos; se imagina que no tiene necesidad de violentarse por nada, y, en fin, cree que los demás hombres deben prosternarse ante su elevado entendimiento. Cuando toma friamente la máscara de la falsedad, aleja á todos de sí; si monta en cólera, y esto le sucede á menudo, espanta. Es metafísico obscuro; tiene una figura poco afable; raja y hiende en la conversación; carece de toda idea, así del espíritu de las negociaciones como de sus formalidades; fálanle las prendas de hombre conciliador; por manera que no puede menos de traerá la probidad sobresalada y de inspirar justa desconfianza.

»Así es que la Prusia trata con gran reserva á ese Enviado de los anarquistas; no solamente le vigila y no le cree, sino que le aborrece. Más ha ganado Europa con su venida á Berlín que el Directorio ejecutivo de la República francesa. Parece que ha llegado ácansar con sus notas violentas é importunas al Conde de Hangwitz, Ministro de Negocios extranjeros, por más que este Ministro sea el más firme defensor de

(1) El Marqués de Muzquiz.

la neutralidad.» No hay por qué dar entero crédito á las amargas censuras del Príncipe de Repuin, pues toda su carta está rebosando encono y animosidad; pero es indudable que así los antecedentes de la vida política de Sieyes como su carácter personal, alejaron de él á las personas de distinción en la Corte de Berlín al tratar de sus intereses. Como quiera que fuese, no parece que el Gabinete de Prusia se dejase llevar más de las ponderaciones y baladronadas del Embajador ruso que del arte silogístico del ideólogo francés. A la magnífica perspectiva que el Príncipe de Repuin trazaba de las grandes ventajas que el Rey Federico Guillermo lograría uniéndose con los dos Emperadores contra la República francesa, y salvando así, por consiguiente, al Imperio germánico, res– pondía el Ministro Hangwitz que el Rey estaba resuelto á no permitir que los franceses pasasen el Rhin; pero que deseaba también mantenerse neutral en las negociaciones y no caer en los yerros en que había incurrido el Rey su padre. El Ministro Harlemberg, que había ajustado en Basilea el Tratado de paz con Francia, habló todavía con mayor claridad al Negociador moscovita, y le dijo que no creía que fuese posible unirse con el Austria para poner término á las ideas ambiciosas de la Francia, porque el Gabinete de Viena no tanto se proponía fundar la paz de Europa sobre bases duraderas, como trabajar en su propio engrandecimiento. «Este Gabinete, añadió, firmó el Tratado de Campoformio con el único objeto de apoderarse de los despojos de Italia y de Alemania, y es muy de temer que en las negociaciones actuales trate también de asegurar más y más lo que le concedió aquel Tratado. Por eso la Prusia no aparta los ojos de la Baviera. Príncipe: ponga usted en cotejo este pro

ceder del Austria con el que tuvo la Prusia en el Tratado de Basilea, sacrificando sin resarcimiento ninguno dos provincias suyas en las márgenes del Rhin, á fin de ganar tiempo para cicatrizar sus llagas y atender á la seguridad de la Alemania.» Cuando el Príncipe de Repuin ponderaba el noble carácter del Emperador Pablo I y la confianza que debían inspirar sus elevados sentimientos; cuando exponía que este Príncipe había mostrado desde la edad de diez y siete años un entendimiento superior y luces que con difi— cultad se suelen tener en tan temprana edad; que á su advenimiento había dado pruebas de ánimo noble y recto, haciendo desenterrar á Pedro III para colocarle en un féretro al lado del de la Czarina, con una banda que los unía y llevaba esta inscripción: Desunidos en vida, unidos después de muertos; cuando se decía que Baratinsky y Orloff, asesinos del Monarca, tuvieron orden de ir á la cabeza del acompañamiento, haciendo el duelo, y que el Emperador había sabido honrar la memoria de su padre por este medio, sin ofender nivilipendiar la de su madre; cuando ensalzaba el noble desinterés con que se conducía en los asuntos de Europa el Soberano de un Imperio que por un lado tocaba en el polo boreal y por otro en el mar Caspio, hasta el cual no podía llegar nunca el contagio de la Revolución francesa; cuando aseguraba, én fin, que el Czar no tenía más objeto que velar sobre los intereses generales de los Estados y que en ninguna manera quería aumentar ni mejorar los suyos, el Barón de Hardemberg, imparcial y equitativo en su juicio, confesó que no dejaba de haber motivos en que apoyar el panegírico del Emperador Pablo; pero que convenía desconfiarse de los caracteres magnánimos, porque se dejan llevar de sentimientos generosos, gus

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