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el Duque de Parma se sorprendió al saber el destronamiento del Rey de Cerdeña y que el Directorio mismo había trazado el camino óitinerario que debía llevar para restituirse á esta isla, el Infante alegaba que había pedido instrucciones al General en Jefe del ejército republicano residente en Milán, y que le había aconsejado que le hospedase y tratase como á Rey. Al llegar Carlos Manuel á Parma se hospedó en un convento, y el Infante no se resolvió ni á visitarle ni á enviarle una guardia de honor sin haberlo consultado antes con el Comandante de la escolta que le acompañaba. La causa de haberse detenido el Rey de Cerdeña en aquella capital, fué una carta del General en Jefe del ejército francés en que le avisaba que ya no se embarcaría en Liorna, sino que iría por el puerto de la Spezzia; resolución que necesitaba algunos días de estancia en Parma para prepararse á emprender este nuevo viaje. Desde Parma fué el Rey á Florencia. Allí llovieron también reconvenciones y amenazas sobre el Gran Duque de Toscana, por más que en los obsequios á su augusto huésped no llevase otro fin que cumplir con deberes que eran sagrados. Por fin, después de algún tiempo partió para la isla de Cerdeña.

Nueva forma de Gobierno.

Verificada la abdicación de S. M. Sarda, el General Joubert formó en Turín un Gobierno interino, compuesto de 25 personas que reunían la autoridad legislativa y ejecutiva y formaban cinco secciones, es á saber: de Seguridad pública, de Hacienda, del Interior, de Relaciones exteriores, de Guerra y de Justicia; Gobierno meramente nominal, puesto que estaba

dependiente de las órdenes del Directorio de París.

No parece que las agresiones violentas del Directorio francés, así contra la Suiza como contra los Reyes de Nápoles y Cerdeña, sobresaltasen al Rey Carlos IV, como dejamos dicho. Lamentando la suerte de estas Potencias, la atribuiría quizá á errores cometidos por sus Gobiernos, y se daría el parabién de la íntima unión que él sabía guardar con la República francesa, numen tutelar que preservaba á sus reinos de los mismos males. No pensó que cada una de estas agresiones de la Francia añadía un eslabón más á la cadena que le tenía aprisionado. No sospechó que por este medio se acercaba el día funesto en que su persona, su familia y su reino experimentasen el mismo destino. Por esta falta de previsión de los males que le amenazaban, la unión íntima con Francia continuó siendo el fundamento de su política; y como este sistema naciese de la tendencia irresistible del Rey á la paz, ó por mejor decir, de su aversión á las inquietudes, ansiedades y peligros de la guerra, la variación de Ministros no alteraba en nada la administración acerca de este punto fundamental. Los que tomaron las riendas del Gobierno después del Príncipe de la Paz, hubieron de continuar en la misma funesta intimidad con la República francesa, como hemos dicho ya.

Por entonces el Directorio francés intentó en vano separar á D. Mariano Luis de Urquijo del Ministerio de Estado. Aunque este paso no fuese seguido de desavenencia entre ambas naciones, estuvo á pique de indisponerlas. Azara intervino oportunamente y evitó las malas resultas que se temían.

Mala inteligencia entre el Embajador Azara y el Ministro Urquijo.

Había ya algún tiempo que el Embajador D. José Nicolás de Azara no se avenía con el Ministro interi– no de Estado, D. Mariano Luis de Urquijo. La mala inteligencia que había entre ellos provenía de que el Embajador, opuesto al bando de los jacobinos, llevaba amistad estrecha con el partido moderado del Directorio, y especialmente con el Ministro de Relaciones exteriores, Talleyrand. Urquijo, por el contrario, es– taba unido con los terroristas. Uno de sus corresponsales era Paganel, Oficial mayor de las Secretarías francesas, que perdió al fin su puesto por jacobino. Este era el centro de los demás corresponsales. En casa del Cónsul español Lugo, que tenía amistad con Urquijo, se juntaba públicamente en París un club de terroristas furibundos enemigos de toda Monarquía.

Habiendo enfermado D. Francisco Saavedra, encargó el Rey el despacho de los negocios de la Secretaría de Estado á D. Mariano Luis de Urquijo, que era Oficial mayor en ella; y como este encargo debiese ser provisional é interino, le nombró también Ministro plenipotenciario cerca de la República batava; pero el padecer de Saavedra se fué agravando, y Urquijo despachó la Secretaría por espacio de seis meses, poniendo siempre antes de su firma la cláusula de Por indisposición de D. Francisco Saavedra. Dijose entonces que la presencia gallarda del Oficial mayor de Estado contribuyó también eficazmente á que lograse el Despacho interino del Ministerio, si bien parece que la veleidad de la augusta protectora fué pasajera, por motivos bien fundados al parecer.

Desavenencia entre Guillermardet, Embajador de Francia cerca del Rey de España, y D. Mariano Luis de Urquijo, Ministro interino de Estado.

Saavedra, en vez de hacer progresos en su convalecencia, atrasaba en ella, y al fin fué menester exonerarle del cargo de Secretario de Estado por esta razón, con lo cual Urquijo quedó más asegurado en su interinidad. Se hallaba de Embajador de la República francesa en Madrid el ciudadano Guillermardet, médico en la ciudad de Autun, desde donde fué enviado á la Convención nacional como miembro de ella. Votó que Luis XVI fuese condenado á la pena de muerte. En las vicisitudes que el Gobierno republicano experimentó después, Guillermardet siguió el partido contrario á los terroristas y fué uno de los que más trabajaron por mantener el Directorio en la jornada del 18 fructidor. Nombrado Secretario de algunos departamentos, obró siempre conforme á los mismos principios. Se cuenta que hallándose en la ciudad de Nevers desempeñando dicho cargo, rehusó reconocer la cualidad de franceses á muchos sujetos que habían nacido en aquella ciudad, dando por razón que tenían por nombres Catón, Bruto, Scévola, y que estas denominaciones eran visiblemente extranjeras. Algún tiempo después el Directorio le nombró para la Embajada de la República en Madrid. Sus modales no eran finos, y antes, por el contrario, los que le trataron durante su Embajada, se quejaban de su tono altanero y tosco, cosa muy común en los republicanos franceses de aquel tiempo; pues ó habían salido del bajo pueblo, ó adolecían de la singular manía de afectar maneras comunes propias de las clases bajas, cre

yendo que esto se avenía maravillosamente con los principios democráticos. Vivas están todavía las tradiciones. Cincuenta años han pasado desde entonces, y aún somos á veces testigos de la misma rareza. Hombres que se precian de ser más cultos y más adelantados que los demás, hacen alarde al mismo tiempo de imitar á las clases inferiores en sus gustos y en sus costumbres. Por lo demás, Guillermardet era fiel servidor de su Gobierno, y así lo manifestó por todo el tiempo que se mantuvo de Embajador en Madrid.

El Directorio francés trabaja porque Azara se ponga á la cabeza del Gobierno español.

Importaba mucho al Directorio tener á la cabeza del Gobierno español á una persona entendida y merecedora de su particular confianza y aprecio, con la cual pudiese concertar todos los planes para la mejor ejecución del Tratado de alianza. Azara se había granjeado buen concepto, así en Roma como en París, y era tenido por hombre de Estado. El Directorio, pues, sabedor del padecer de Saavedra y de que era preciso retirarle de la Secretaría de Estado, resolvió hacer presente al Rey de España que convendría al bien de las dos naciones encargar á Azara la dirección de los negocios del reino.

No es posible referir lo ocurrido en esta ocasión con mayor claridad é interés que lo hizo el mismo Azara en su carta al Príncipe de la Paz, fecha en Barcelona á 26 de Noviembre de 1799, después de haberse restituído á aquella ciudad desde París, cuando estaba ya separado de su Embajada. Por tanto, pondremos aquí aquellos fragmentos de dicho papel que den mayor luz

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