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aquélla sola. Lo difícil era que las proposiciones saliesen del Rey; que adivinase él mismo lo que se quería; que su voluntad se lo hiciese hacer, y que ningún escrito procediese de mí para no verme cogido algún día, conducta que era más necesaria por lo mismo que la guerra no estaba declarada contra el Rey de Cerdeña; que no se sabía la resolución que tomaría el Directorio y el Cuerpo legislativo, y que era menester obrar de tal manera que la abdicación del Rey, teniendo apariencia de ser voluntaria, no pudiese encender los ánimos contra la República ni romper el Congreso de Rastadt. Así, pues, me limité á asus"ar todavía más al Enviado y le hice salir de la ciudadela. Media hora después se me presentó de nuevo y le volví á despedir, porque me pedía que pusiese por escrito mis condiciones, si bien dí á en tender que no habría inconveniente ninguno en hacerlo; pero le dí orden de que no se me presentase ya más, y añadí que al Rey tocaba salir de la situación en que se veía, que la República no le pedía nada, que mirase por sus intereses y que yo no podía entrometerme en este asuntO.

»Entre tanto los otros agentes que yo tenía no se descuidaban: habían entregado diferentes cartas; los miembros de la Familia Real y de obras familias poderosas habían hablado. El Enviado volvió trayéndome proposiciones por escrito, y como no bastasen para mi objeto, las desaprobé altamente. Acto continuo dije que las columnas se acercaban (la verdad es que yo no tenía ninguna noticia de ello); manifesté la proclama del General en Jefe de 5 de Diciembre, y declaré que el momento de la venganza era llegado; que no había medio ninguno de salvación para el Rey; que no había posibilidad de que se huyese; que Turín es

taba cercado por todas partes, y que, en fin, yo no podía ya dar oídos á ninguna proposición. Un cuarto de hora después, he aquí otra vez al Enviado. El Consejo del Rey y toda su familia estaban en Junta desde por la mañana; las personas que me servían bajo de mano habían triunfado. Las proposiciones que traía se acercaban ya á lo que se quería; no me enviaban más que un Oficial para tratar: yo dije al Ayudante general Clauzel que fuese á terminar este negocio importante; le dí orden de que exigiese ante todas cosas, como preliminar indispensable, que las tropas piamontesas llegadas á la ciudad de un mes á aquella parte saliesen al punto, y que la guarnición quedase reducida al mínimum de los tiempos de la más profunda paz. El Rey firmó la orden delante de Clauzel y la envió á los diversos Cuerpos. Ocho batallones, de los cuales algunos acababan de llegar á marchas for— zadas, salieron de la ciudad y regresaron á los puntos de donde venían. Clauzel, después de algunas idas y venidas á la ciudadela y después de algunos debates, pudo por fin determinar al Rey á firmar todos los ar— tículos que yo quería.»

Abdicación de S. M. Sarda.

El Rey, falto de libertad, en peligro de ser entregado en manos de los revolucionarios de su país ó de ser encerrado en una prisión, firmó la abdicación de la Corona, y los franceses tuvieron la avilantez de mirarla como valedera, por más que hubiese sido nula y del todo irrisoria. El tenor de la abdicación, que por entonces corrió alterado, es el siguiente:

«Artículo 1.o S. M. declara que renuncia á ejercer

la autoridad, y ante todas cosas manda á sus vasallos, de cualquier condición que sean, que obedezcan al Gobierno interino que el General francés va á establecer.

»Art. 2.o S. M. manda al ejército piamontés que se tenga por parte integrante del ejército francés de Italia y que obedezca al General en Jefe como á su misma persona.

»Art. 3.o S. M. desaprueba altamente la proclama distribuída por su Ministro y manda al caballero Damiani (M. de Riocca) que se presente en la ciudadela de Turín como garante de su palabra y de la firme intención que tiene de que no haya reclamación ninguna contra este acto, procedente sólo de su propia voluntad.

»Art.4.o S. M. manda que el Gobernador de la ciudad de Turín dé cumplimiento á todas las órdenes que el General Gobernador de la ciudadela tuviere por conveniente expedir para el mantenimiento de la tranquilidad pública.

»Art. 5.o No se hará novedad en nada de lo que concierne al culto católico y á la seguridad de las personas y propiedades. Los piamonteses que quisiesen salir del reino y vivir en otro país, podrán hacerlo, llevándose los muebles que les pertenezcan, y tendrán facultad de vender y liquidar sus bienes y créditos y de llevarse su importe. Los piamonteses ausentes podrán volver al Piamonte libremente y gozar de los mismos derechos que tienen los demás ciudadanos. Los piamonteses no podrán, bajo ningún pretexto, ser acusados ni perseguidos por palabras, escritos ó hechos políticos anteriores al presente acto.

»Art. 6.o El Rey y toda la Familia Real podrán ir á Cerdeña, pasando por Parma. Entre tanto se segui

rán observando las disposiciones que conciernen á la seguridad de su persona. Hasta su partida, sus palacios y casas de campo no serán ocupados por las tropas francesas; nada se extraerá de lo que haya en ellos, y su custodia quedará confiada á los mismos que la tienen ahora.

»Art.7.” Se expedirán los pasaportes y órdenes necesarios para que S. M. y toda su familia lleguen con seguridad al paraje adonde se retiran. Le escoltarán destacamentos de su Guardia y de tropas francesas en número igual.

»Art. 8o En caso que el Príncipe de Carignan se quedase en el Piamonte, disfrutará de sus bienes, casas y propiedades; bien entendido que podrá salir del reino en todo tiempo, como queda determinado para los habitantes del Piamonte en el art. 5.o

»Art. 9.” Se formará inmediatamente inventario del estado del Tesoro público y de los archivos, y se sellarán las arcas.

»Art. 10. No podrán ser admitidos en los puertos de la isla de Cerdeña navíos pertenecientes á Poten— cias que estén en guerra con la República francesa ó que estuvieren en adelante.»

Este acto, hecho en Turín el día 9 de Diciembre de 1798 por el Ayudante general Clauzel y por el Caballerizo Mayor Ramón de Saint-Germain, tuvo la aprobación del Rey en estos términos: Consentido y determinado por mí.—Carlos Manuel.

De este modo fué arrojada de sus Estados la Casa Real de Saboya. Cuando se considera el dolo con que procedieron los agentes del Directorio para apoderarse de las plazas fuertes del reino y los amaños con que determinaron á Carlos Manuel á abdicar su Corona, se ve claramente cuál fué la escuela en que habían

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cursado los Generales franceses, que en el año de 1808 ayudaron á Napoleón en España para que llevase á cabo sus negras y vergonzosas maquinaciones contra la Familia Real. Idénticas fueron las sorpresas de las plazas de Barcelona y Pamplona á las de la ciudadela de Turín y Alejandría; las mismas fueron también las vivas y reiteradas protestas del Gabinete francés de amistad y alianza con el Gobierno de Madrid que con el de Turín; igual, en fin, la escandalosa perfidia con que quebrantó las promesas más sagradas en ambos reinos. La Providencia no permitió que fuesen consumadas estas obras de iniquidad. Las familias de Cerdeña y de España, desposeídas violentamente por corto tiempo, volvieron otra vez á ocupar el solio de sus mayores, que por ventura del linaje humano raras veces se atropellan impunemente tan sagrados derechos. El triunfo de la fuerza no es duradero cuando no va acompañado de la justicia.

El Rey Carlos Manuel y su familia partieron de Turín en la noche del 11 de Diciembre de 1798, precedidos de criados que llevaban hachas de viento y rodeados de vasallos fieles que se enternecían y llora– ban á vista de tan extraña y dolorosa separación. El desgraciado Monarca se encaminó á Roma, en donde residió por algún tiempo. No fueron pequeños los sinsabores que este hospedaje trajo al Infante-Duque. El Directorio supo que el Rey destronado se había detenido algunos días en Parma, y se quejó al punto al Embajador de España de que el Infante le retuviera allí. Fué tan grande el resentimiento de los orgullosos Directores, que ya comenzaban á hablar de castigos para vengar el desacato. El Infante tuvo que sincerarse del cumplimiento de ser débil, cual hubiera podido hacerlo de una mala acción. Dejando aparte que

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