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correo trajo la noticia de que el ejército del Rey de Nápoles había penetrado en el territorio romano. Al mismo tiempo los principales revolucionarios piamonteses le avisaron que no era posible tener confianza en las intenciones del Rey de Cerdeña. El riesgo le pareció, pues, inminente. Si los imperiales rompían el Tratado de Campoformio, lo cual era de temer, el ejército de su mando podría verse acometido por ellos en la línea del Adige y del Adda, y al mismo tiempo tenerlos también á la espalda, puesto que les sería fácil bajar del país de los grisones y unirse con los piamonteses. Su imaginación, sobrecogida con este peligro, no le presentó otro medio de precaver los riesgos que el de asegurar la posesión de los Alpes, haciéndose dueño de los Estados del Rey de Cerdeña. Para explorar las intenciones de Carlos Manuel, envió al Ayudante general Musnier á intimar á este Soberano que aprontase su contingente de 10.000 hombres, y que hiciese también entrega del arsenal de Turín á los franceses. En caso de que el Rey no se allanase á conceder estas cosas, una parte del ejército debía ponerse en marcha para determinarle á que las concediese. Como el Gabinete de Turín eludiese el cumplimiento de lo que pedía Joubert, se puso éste en marcha hacia la capital, después de haber prevenido al General Grouchy que trabajase por saber lo que pasaba en la Corte, y que tomase medidas prontas y eficaces para armar y defender la ciudadela de Turín. «No hallé dificultad en tener informes seguros, dice Grouchy: á mi arribo á Turín estuve oculto dos días, sin otro objeto que saber la opinión del pueblo y entablar comunicación con algunos patriotas perseguidos, los cuales, por esa razón, no ansiaban más que tener ocasión favorable de contribuir al triunfo de la libertad. Me valí,

pues, de ellos, y por los que tenían entrada en la Corte se pudo proporcionar llegar hasta el Rey. Las primeras proposiciones que se le hicieron fueron infructuosas por lo que respecta al objeto principal. Lo único que se pudo lograr fué saber exactamente las medidas tomadas por el Rey, ya en el mismo Turín ó ya fuera de la capital.

»La ciudadela tomó un aspecto más amenazador: coronó el frente que mira hacia la ciudad con bocas de fuego, y los habitantes cobraron miedo. En la Corte no se notaba inquietud particular sobre los peligros que la amenazaban; el Rey estaba resuelto, al parecer, á dejar curso libre á los sucesos. El 3 de Diciem– bre el General en Jefe me hizo saber que era ya llegado el momento y que iba á poner por obra su plan; que hiciese yo entrar en la ciudadela á todos los franceses que hubiese en la ciudad, al Embajador d'Eymar y al Ministro de la Cisalpina. Era menester introducir muchos objetos que hacían falta para abastecer la plaza y defenderla. El Brigadier Alix, con suma destreza y celo, supo burlar la vigilancia de los piamonteses hasta el último momento: de esta manera se entraron del arsenal en la fortaleza pólvora, mixtos y balas, en el instante mismo en que la retirada del Embajador y de los franceses no dejaba duda ninguna de que las hostilidades estaban á punto de romperse.»

Entonces publicó el General Joubert una proclama, en la que enumeraba los pretendidos agravios hechos á la República por la Corte de Turín, y declaró su resolución de ocupar militarmente el Piamonte. El Embajador de Francia hizo, por su parte, quitar las ar

mas de la puerta de su casa y se retiró á la ciudadela.

El momento era decisivo. Si al ver que los france

ses iban á precipitar al Rey de su trono, una voz enérgica hubiera llamado á los piamonteses á defenderle, no es dudoso que hubiera habido un levantamiento general del pueblo. En tal caso, sobraban medios de contener á los republicanos, los cuales no pudieran resistir á un mismo tiempo á las milicias, á los habitantes del campo y al ejército. Pero se necesitaba para esto que así el Rey como sus consejeros tuviesen ánimo esforzado, y eso fué cabalmente lo que no tuvie— ron. En los preparativos hostiles de los franceses no vieron otra cosa más que medidas tomadas por consecuencia de la agresión de los napolitanos contra Roma, temores de movimientos ofensivos por parte del Austria ó precauciones que aconsejaba la prudencia. En sentir de los cortesanos, ponerse el Rey de Cerdeña en defensa era comprometerse. Para confirmarles más y más en estas ideas, Grouchy dejaba entender en una carta al Gobernador de Turín que las providencias que tomaba eran por pura precaución, y añadía que si se molestaba en lo más mínimo á cualquier patriota, ya francés, ya piamontés, pondría al punto fuego á la ciudad y no dejaría en ella piedra sobre piedra. En vista de esta carta, el Gobernador publicó un bando, en que decía que los franceses eran aliados fieles del Rey y que no había nada que tener de ellos.

El General en Jefe no omitió diligencia ninguna para engañar al Gobierno sardo sobre el destino de dos divisiones del ejército francés que, según él decía, debían volver á Francia, atravesando el Piamonte: una de ellas llegó á Novara el 5 de Diciembre por la noche, y cuando estaba ya muy cerca de la ciudadela, un trompeta se adelantó, pidiendo que se dejase entrar en ella á un correo extraordinario que

venía con premura. Acércanse al mismo tiempo muchos carros cubiertos, y de repente se ve salir de ellos soldados con armas, que se apoderan del puesto que guarda la entrada de la ciudadela. La división sigue á los soldados y entra en pos de ellos; se apodera de los cuarteles y hace prisionera á la guarnición piamontesa, con todos los empleados de la plaza. En el mismo instante otra división entraba en Alejandría al favor de una estratagema parecida á ésta; Suza y Chivasso caen también en manos de los franceses, y el puerto de Arona sobre el lago mayor. Joubert marcha entonces á Turín sin detenerse, á la cabeza de dos divisiones. La noticia de haber sorprendido las plazas fuertes y desarmado sus guarniciones, llegó á la Corte en el momento en que por orden del Rey se publicaba un bando, anunciando que los franceses eran sus más fieles aliados y que no había nada que temer de ellos. La traición se descubrió y causó indignación profunda, por lo mismo que se había vivido hasta entonces en la confianza más ciega. Mas ¿cómo variar de repente la dirección que se había dado al espíritu de los pueblos? Con todo, al día siguiente el Gobierno publicó de orden del Rey un bando contrario al anterior, en que se protestaba contra el dolo y las imposturas de los Generales franceses. El Directorio y sus agentes cuidaron de recoger este documento impor— tante; así fué que apenas se tuvo noticia de él en Europa. En el bando se decía que el Rey había procedido siempre lealmente con la República francesa, suministrándole todo cuanto le había pedido, contribu— ciones, equipos, y, en fin, municiones para el ejército de Italia, aunque la carga hubiese sido sumamente pesada y superior á las obligaciones contraídas por S. M.; que por prudentes consideraciones había en

tregado la ciudadela de Turín á las tropas francesas cuando sus Generales lo pidieron; que habiendo solicitado éstos con vivas instancias que aprontase el contingente de 10.000 hombres, estipulado por el Tratado de alianza, dió en el mismo día las órdenes para que se reuniesen; que por lo que respectaba á la entrega de los arsenales, habiendo ocurrido obstáculos insuperables, pasó á París un Comisionado á fin de entenderse con el Gobierno francés; que el Rey veía con dolor que, sin aguardar al resultado de estas negociaciones, el Comandante de la guarnición francesa de la ciudadela de Turín había entrado por fuerza en las ciudades de Novara, Alejandría, Chivasso y Suza; en fin, que mo se había omitido medio ninguno por parte del Rey para conciliar todos los intereses, y que se habían practicado cuantos buenos oficios eran imaginables. «S. M., concluía el edicto, satisfecho de haber obrado con buena fe y conforme al amor que debe á sus vasallos, cierto de no haber faltado á ninguno de los deberes de fidelidad á los franceses, ha querido manifestar auténticamente su conducta leal por este edicto, y protesta que no ha dado ningún motivo para los últimos infaustos acontecimientos, tan dolorosos para sus amados vasallos, á cuya fidelidad y amor corresponderá siempre con su afecto y con su ternura paternal.»

¿De qué manera impidieron el General Grouchy y el Ayudante general Clauzel el efecto de esta proclama? Oigamos la relación secreta del primero de estos militares.

«Estábamos ya, dice, en el caso de mover todos los resortes que yo tenía preparados: lo hice así, y al caIbo de poco tiempo se presentó una persona enviada por el Rey. Era preciso ganarla y la gané. No fué

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