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salvaron 3 ó 4.000 españoles que hubieran perecido infaliblemente sin los socorros que él les dió. En la relación del verídico D. José Mazarredo, que era Ayudante Mayor General de la escuadra, sobre las operaciones navales de esta expedición, no se hace mención de este hecho; pero sí se lee que Acton mandaba las fragatas toscanas en la rada de Argel en el momento del reembarco de las tropas, y que contribuyó á ejecutar, por su parte, las providencias marineras con orden y celeridad. Como quiera que fuese, su conducta en esta ocasión le granjeó nombradía, y el Rey de Nápoles, á propuesta del Marqués de Sambucca, su Ministro, le ofreció servicio en su armada. Acton aceptó el ofrecimiento, y como el Gobierno napolitano hubiese pedido al Gran Duque de Toscana su beneplácito, dijo éste al Rey en respuesta que, si bien Acton era sujeto muy entendido, convendría estará la mira de sus acciones por ser sumamente travieso, y, por consiguiente, peligroso. Al cabo de algún tiempo supo hacerse lugar con el Rey de Nápoles, y sobre todo con la Reina, lo cual le facilitó la entrada en los Ministerios de Guerra y Marina, y después en la dirección de todos los negocios del reino. Acton hacía alarde de aborrecer á los franceses.

Moticias sobre Lady Hamilton.

En aquella sazón era Embajador de Inglaterra en la Corte de Nápoles el caballero Hamilton, sujeto que gozaba en ella de estimación y aprecio por su instrucción y buenas prendas; pero cuyo influjo en los negocios públicos hubiera sido mucho menos eficaz sin el enlace matrimonial que contrajo con Emma Lyon ó

Harte, célebre después con el nombre de Lady Hamilton, la cual, por la amistad estrecha que la unió con la Reina Carolina y por la pasión que encendió en el corazón del Almirante Nelson, tuvo gran parte en los sucesos acaecidos en el reino de Nápoles. Las Meno— rias de aquel tiempo contienen muchos pormenores sobre la vida de esta mujer extraordinaria. El caballero Hamilton, habiendo quedado viudo en Nápoles, hizo un viaje á Inglaterra al cabo de veinte años de ausencia de su patria. El motivo de su viaje fué impedir que su sobrino, M. Carlos Grenville, de la familia antigua de los Warwick, se casase con Emma Lyon, mujer muy hermosa, tan interesante por sus gracias como despreciable por la vileza de sus costumbres. Se ignora dónde nació: lo que se sabe únicamente es que era de muy baja extracción, y que habiendo entrado de niñera en una casa, salió de ella para darse a la prostitución. Andando por las calles de Londres en el último grado de envilecimiento, la casualidad hizo que diese con un charlatán que se hacía llamar el Dr. Graham, al cual, como la viese tan hermosa, le vino el pensamiento de exponerla á los ojos del público cubierta de un cendal, en representación de Hygia, hija de Esculapio, venerada de los antiguos como la diosa de la Salud. Sabido es que en un templo de su padre, en Sicyone, había una estatua de esta diosa cubierta con un velo, á la cual las mujeres de la ciudad venían á hacer ofrenda de sus cabellos. Cuando Emma pareció así ante los pintores, escultores y curiosos de Londres, venidos en tropel á admirar á la Diosa de la Salud, la capital se llenó de estampas que representaban á este personaje mitológico. Romey, cuyo pincel era entonces tan celebrado, la expuso

bajo todas las formas imaginables de Venus y de Cleó

patra, y lleno de los encantos del modelo, sintió una pasión ardiente por él. Pero Emma, no menos ambiciosa que bella, puso sus miras más altas, y á favor de su habilidad y hermosura llegó á coger en sus redes á M. Carlos Grenville, conocido por su talento é instrucción y por sus buenos modales. Tuvo de ella tres hijos. Su pasión por Emma era tan vehemente, que se hubiera casado con ella si su tío el Embajador no hubiera ido á oponerse á su designio. El caballero Hamilton regresó á Nápoles sin haber visto á la hechicera. No tardó M. Grenville en verse arruinado; dió todos sus empleos, y se halló en la dolorosa necesidad de quitar á Emma los auxilios que le daba: esto sucedió cabalmente en el momento en que, más apasionado que nunca, iba á casarse con ella, á pesar de la oposición del tío. En situación tan apurada, no le quedó más recurso que enviar á Emma á Nápoles para que viese á su tío y le expusiese la estrechez que padecía. Cuando el Embajador hubo visto á Emma, perdió enteramente el seso; su entusiasmo fué tal, que dejó muy atrás á su enamorado pariente.

Hizose, pues, un convenio entre ambos, es á saber: que el tío pagaría todas las deudas del sobrino, y que éste cedería al tío por su parte todos los derechos que pudiese tener á la persona de Emma. En virtud de este arreglo, Sir William Hamilton quedó por poseedor exclusivo de la sirena, la cual se condujo con juicio y reserva y vivió en la casa misma del Embajador. Emma tenía despejo y penetración, y así adquirió pronto al lado del Embajador todo lo que se necesitaba para alternar con las gentes bien criadas de Nápoles, si bien la nobleza, aunque no se picase mucho de severidad en punto á costumbres, rehusaba tratar á la concubina del caballero Hamilton, por cu

yo motivo éste se decidió por fin á casarse con ella, á fin de que pudiese presentarse en la Corte de Nápoles y en las reuniones principales de la nobleza de aquella capital. Para realizar el matrimonio, hizo el Embajador un viaje con Emma á Londres, aunque de corta duración, y volvieron los esposos á su antiguo destino. No bien el caballero Hamilton hubo presentado á su mujer en la Corte, cuando la Reina Carolina y Lady Hamilton se unieron ya muy estrechamente. Todos los días había fiestas en Palacio. En ellas la Reina y Lady Hamilton iban siempre vestidas del mismo modo y conversaban con grande familiaridad. La Reina tenía cenas secretas, á las que convidaba al Ministro Acton y á la Embajadora de Inglaterra. Esta dormía en el cuarto mismo de su augusta amiga. Las damas de honor estaban obligadas águardarle las mismas atenciones que á la hija de María Teresa, no sin mostrar á veces repugnancia por ello. Dícese que en las crisis que vinieron después, algunas de las damas expiaron cruelmente su antipatía por la bella inglesa y que fueron comprendidas en las listas de reos de Estado. "

La época más memorable de la vida de Lady Hamilton fué el tiempo en que conoció al Capitán inglés Horacio Nelson, Comandante del navío de línea Agamenon, enviado á Nápoles con una Comisión por el Almirante Hood en 1793. Como el Embajador y su mujer gozasen de gran favor en la Corte, el Capitán Nelson les visitó. Parece que lo mismo fué verse y hahlarse, que quedar prendados mutuamente los unos de los otros. El hecho es que el caballero Hamilton y su mujer hicieron las más vivas instancias áNelson para que se hospedase en su casa, y que aceptó sus ofreci– mientos. Desde entonces comenzó una amistad ínti

ma entre estos célebres personajes. Nelson manifestó el entusiasmo más vivo y la adoración más tierna por Lady Hamilton, cuya circunstancia, así como la gloria que este célebre marino adquirió, afianzaron y estrecharon más en lo sucesivo la amistad de la Reina Carolina y de la Embajadora inglesa (1).

(1) Acusan á Lady Hamilton de haberse mostrado inhumana en el suplicio del Príncipe Caraccioli, el mejor de los Oficiales de la marima napolitana, el cual, habiendo reconocido á la Republica Parthenopa, fué preso á su regreso desde Messina á Nápoles y ahorcado de las vergas de una fragata. Lejos de haber intercedido por el Príncipe, culpable sin duda ninguna, pero merecedor de indulgencia por sus cualidades personales y por sus servicios, Lady Hamilton tuvo la inhumanidad de presenciar tan horrendo espectáculo. Nelson, por lo menos, aunque firmó la sentencia de muerte de este marino, se apiadó de su desgraciada suerte y derramó lágrimas á vista de tan lamentable destino.

Cuando la Corte de Nápoles regresó á la capital en el año de 1800, el Gobierno inglés tuvo por conveniente llamará su Embajador á Inglaterra, y cesó así su Embajada. Nelson dejó también el mando de la escuadra y acompañó á su adorada Lady Hamilton á Londres; pero el escándalo de sus amores ofendió vivamente á los ingleses, acostumbrados á respetar la santidad del matrimonio. El alto aprecio que gozaba justamente el bizarro marino no fué bastante á ponerle á cubierto de la censura publica. Por lo que hace á Lady Hamilton, el entusiasmo que algunos de sus compatriotas tuvieron por ella en otro tiempo. se trocó en horror cuando se supo en Inglaterra su conducta en Nápoles, Viviendo todavía su marido dió á luz secretamente una niña, á la cual puso por nombre Nelson. Poco tiempo después murió el caballero Hamilton, y su viuda se retiró á una casa de campo que Nelson había comprado para ella. Sabido es que en el año de 1805 este héroe murió gloriosamente en la batalla de Trafalgar. Después de este suceso, Lady Hamilton se entregó á sus perversas inclinaciones, y disipó en breve tiempo los bienes que le habían dejado su marido y su amante. Reducida desde entonces á una muy corta pensión, pasó á Francia, en donde residió en una casa de campo en las inmediaciones de CaIlais, hasta 1815, en cuyo año falleció.

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