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al Rey Carlos IV que pensase en no malograr la ocasión y en colocar en esta isla al Infante-Duque de Parma con título de Rey, pues para ello pudiera alegarse que aquel reino perteneció al Rey de España, el cual no había podido nunca renunciarle según el derecho común, y que además no fuera la primera vez en que después de haber pasado á otra segunda rama de la casa de España por una renuncia semejante, había vuelto á incorporarse á nuestra Monarquía. Agradó á Carlos IV sobremanera el pensamiento de que la isla de Sicilia volviese á su Corona; previno á sus Ministros que tenía intención de coronar allí al Infante D. Carlos, su hijo segundo, manteniendo al Infante de Parma en sus Estados. Del contentamiento de los habitantes de Sicilia cuando se vieran regidos por un Príncipe de España, no era posible dudar, decía el Rey, pues así como siendo la isla gobernada por Virreyes aquellos maturales no podían estar nunca seguros ni satisfechos, la verían con satisfacción gobernada por una rama de la casa de España, que conserva allí un gran partido, y á cuya sombra prosperaría la agricultura y el comercio.

La República francesa propone al Rey de España que se haga dueño de Portugal.

No era de esperar, por cierto, que la República francesa quisiese engrandecer á la Monarquía española con la isla de Sicilia. La intención verdadera de los gobernantes franceses de aquel tiempo era servirse de la cooperación y de los auxilios del Rey Carlos IV, y en ningún caso aumentar sus Estados ni acrecentar su influjo. Grande fué la ceguedad del Gobierno del

Rey sobre esto, y lo más singular es que viniesen á nuestra Corte estas veleidades de ambición cuando no tenía probabilidades ni medios de satisfacerlas, mientras que, por otra parte, desdeñaba aquellos engrandecimientos que tenía en su mano lograr. Hemos visto que los franceses, no por bien de España, sino por hacer mal á Inglaterra, estimulaban sin cesará nuestro Gobierno para que se apropiase algunas provincias de Portugal, territorio cuya adquisición nos era conveniente, y el Rey nunca se resolvió á tentar empresa que era tan provechosa. «Cien veces me han propuesto los Directores, decía Azara (1), la conquista de Portugal, echándome en cara la conducta que seguimos de no quererla admitir para nuestra Monarquía y la proporción que perdemos de redondearnos. El Director Treillard ha llegado á decirme que si tememos el paso de las tropas francesas por nuestro territorio, harán de manera que pasen por mar ó que tomen lo menos posible de terreno en España, añadiendo que observarán una disciplina ejemplar. Yo he desechado ésta y otras proposiciones semejantes, hasta declararles que no me hablen más de esa guerra, porque estando mi amo tan decidido di no hacerla, no contestaré más á ello.» ¡Qué fatalidad! Aquello que era asequible con nuestros propios medios y también conveniente bajo todos aspectos, no lo quería el Rey por no desposeer á su hija del trono de Portugal, ó por lo menos, por no menoscabar los Estados en que su hija había de reinar, y al mismo tiempo pretendía que la República le cediese la isla de Sicilia, olvidando el proceder de la Francia hasta allí. ¿Cuántas gestiones no había ya hecho hasta entonces el Gobierno de Madrid

(1) A.D. Francisco Saavedra, 10 de Septiembre de 1798.

para que los Estados del Infante-Duque de Parma tuviesen alguna mayor extensión, cosa que hubiera sido tan fácil al Directorio conceder, y, sin embargo, no engrandecimiento, sino vejaciones y atropellamientos del territorio parmesano, habían sido el fruto de la amistad de la República y de sus promesas de mediación con los cisalpinos? Una sola vez propusieron los franceses que el Infante-Duque reinase en la isla de Cerdeña, y pidieron al Rey que les cediese por ello la Luisiana. ¿En qué se fundaba, pues, la esperanza de poseer la Sicilia?

Alianza del Rey de Nápoles con el Emperador de Alemania.

El Rey de Nápoles no contó con el apoyo de su hermano el Rey de España, ni en esta ocasión, ni en las demás desavenencias que sobrevinieron entre su trono y la República francesa. Su apoyo fué el Emperador de Alemania, que estaba interesado en recobrar los Estados que había perdido en Italia por el Tratado de Campoformio, como también en volver á adquirir el influjo que su posesión le daba en aquella Península; por cuyos motivos no podía menos de obrar de consuno con el Rey Fernando IV para obligará los franceses á que volviesen á pasar los Alpes. Tal era, con efecto, el propósito del Emperador. No bien se había formado la República romana, cuando el Conde de Campochiaro se presentó en Viena en nombre y por encargo del Rey de Nápoles á firmar un Tratado de alianza con el Emperador; el 19 de Mayo quedó ajustado un convenio entre dicho Plenipotenciario y el Barón de Thugut. En el preámbulo se lee lo siguiente: «El Emperador y el Rey, viendo la rapidez de los su

cesos de estos últimos tiempos y la necesidad de precaverse para el caso de nuevas turbulencias que pudieran agitar la Europa y señaladamente la Italia, SS. MM. Imperial y Siciliana, que se hallan unidos también por vínculos de parentesco, han tenido por conveniente ponerse de acuerdo sobre las medidas relativas á la conservación del sosiego público y á la seguridad de sus pueblos y Estados.» Por las disposiciones del Tratado, el Emperador se obligaba á mantener 60.000 hombres en Italia y en el Tirol, y el Rey de Nápoles 30.000 en las fronteras de su reino más inmediatas á los Estados austriacos. Si fuese necesario, el Emperador debería aumentar el número hasta 80.000 hombres, y el Rey de las Dos Sicilias hasta 40.000. En virtud de este Tratado, que se tuvo secreto, el Rey de Nápoles mandó levantar tropas y excitó para ello el celo de los barones y grandes feudatarios del reino. No eran solamente las agresiones de la nueva Repú– blica romana las que inquietaban entonces al Gobierno de Nápoles; traíale también cuidadoso el armamento formidable de Tolón que se iba á hacer á la vela: ignorábase cuál fuese su objeto, ya principal, ya accesorio, y se recelaba que la ocupación de la Sicilia ó del reino mismo de Nápoles entrase en el proyecto. S. M. Siciliana contaba, á la verdad, para este caso con la escuadra inglesa al mando del Almirante Nelson, y con cuantos socorros pudiese dar la Gran Bretaña, porque el Gobierno británico estaba muy resuelto á sostenerle, impidiendo así que los franceses se hiciesen dueños de toda la Italia.

Unión que existía entre la Corte siciliana y el Gobierno británico.

La unión de S. M. Siciliana con la Inglaterra era íntima. Bastaba la reciprocidad de intereses para que los dos Gobiernos obrasen en todo de común acuerdo; pero además de las consideraciones políticas, hubo también otras circunstancias que fomentaron la unión de los dos Gabinetes y la hicieron más estrecha. En la Corte del Rey Fernando IV se llegó á formar una atmósfera, por decirlo así, inglesa. Todas las personas que tenían influjo con el Rey y la Reina eran afectas al Gobierno británico. Conviene dar idea de cada una de ellas para que pueda formarse concepto más cabal de los sucesos de aquel tiempo.

Acton.

Acton, primer Ministro de Fernando, gobernaba la Monarquía en su nombre. El ascendiente que tenía sobre el ánimo del Rey, y en especial sobre el de la Reina, era tal que su poder en el reino podía llamarse ilimitado para la dirección de los negocios de Es— tado. Irlandés de origen, había nacido en Francia, en 1737, en Besançon. Al concluir los estudios, entró á servir en la Marina. Pasó después á Italia y tomó servicio en Toscana. Cuando Carlos III, Rey de España, envió la expedición contra Argel en 1775, mandada por el General O'Reilly, Acton fué gobernando buques toscanos y cooperó á la empresa. Sus admiradores dijeron entonces que por su diligencia y capacidad se

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