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más en Alemania. La República francesa era la que por su parte vivía satisfecha con la extensión dada á sus fronteras, y estaba contenta, sobre todo, de enseñorear la Italia, por lo cual no tenía interés en volver á tomar las armas sino en el último extremo. A esto se agregaba que los franceses empezaban también á desear la paz, cansados ya de tantos horrores, guerras y continuos desasosiegos. Lo estipulado en Campoformio les satisfacía, y así no perdonaban diligencia por mantenerlo.

La Gran Bretaña trabaja por formar nueva coalición contra la Francia.

Mientras que la Francia, el Austria, la Prusia y los círculos del Imperio procedían con tanto miramiento para no volver á encender el fuego de la guerra, la Gran Bretaña trabajaba con el más fuerte ahinco en formar una nueva coalición contra la República francesa. Para ello le eran muy favorables los sentimientos de Pablo I, Emperador de Rusia. Sabido es que á su advenimiento al Imperio manifestó este Monarca ánimo resuelto de seguir en los asuntos de la Revolución francesa otro sistema diferente del de su madre, puesto que el nuevo Emperador se negó á concluir el Tratado de alianza con Inglaterra, que la Emperatriz tenía sobre la mesa la víspera de su muerte, con ánimo de poner su firma en él al día siguiente. Con todo, al cabo de algún tiempo el nuevo Emperador se declaró enemigo de los revolucionarios de París, y quiso reunir los esfuerzos de las principales Potencias de Europa contra la República francesa. Su primer conato fué obrar de acuerdo con los ingleses para poner

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coto á las desavenencias y rivalidades del Emperador de Alemania y del Rey de Prusia, haciendo ver á entrambos Soberanos que el interés de la conservación de los tronos obligaba á todos los Estados á hacer resistencia abierta á la Francia. Al intento envió al Príncipe de Repuin á las Cortes de Berlín y Viena sucesivamente, Embajada ruidosa que no dejó duda

ninguna acerca de la política del nuevo Czar. Duraron

por espacio de muchos meses las negociaciones por no querer el Emperador Francisco empeñarse otra vez ligeramente en la contienda, ni el Rey de Prusia hacer abandono de su cara neutralidad. Referiremos después las gestiones y vivas instancias de la Rusia. Veamos ahora los sucesos que ocurrieron en el entretanto en el resto de Europa.

Política de la Francia.

Aunque el Directorio francés, obrando con loable cordura, no quisiese romper el Tratado de Campoformio, que le era provechoso, no por eso trabajaba menos por extender su influjo y dominación en los países vecinos á la República y por propagar al mismo tiempo las teorías democráticas en que estaba fundada. El hombre es propenso de suyo á promover y acreditar las ideas que tiene por ciertas; tendencia que se convierte en imperiosa necesidad y á las veces llega á ser verdadero frenesí cuando se le junta el interés de la propia conservación. Ese era cabalmente el caso en que creían hallarse los franceses. Habiendo destruído la antigua Monarquía, no se contemplaban seguros sino cuando en torno de la nueva República hubiese otros Estados democráticos que le sirviesen de escudo

para los combates en que pudiera verse empeñada en lo venidero. En algunos de los que componían el Gobierno francés obraba eficazmente el fanatismo, en otros la vanidad y en otros también el amor del dinero; pues por aquel tiempo esta sórdida pasión se entrometía en los negocios públicos más importantes, disfrazada unas veces, sin disfraz y aun con descaro en otras.

No era tan sólo el cuidado de la seguridad interior el que prevalecía en Francia; el deseo de engrandecimiento y el influjo de una desmedida ambición removían también las imaginaciones de los nuevos republicanos: fundar por todas partes Gobiernos democráticos era el afán del Directorio, creyendo ganarse por este medio el afecto de los demás pueblos, y en todo caso crearse un protectorado sobre ellos. Vamos á referir las variaciones que intentaron en Suiza, Nápoles y el Piamonte al descubierto y sin disfrazar sus intentos. A vista de estos trastornos fué, en verdad, no menos extraño que doloroso que el Rey de España no se alarmase con la destrucción de otras monarquías, ni hubiese tenido recelo de que tal sería el fin de la suya. ¿En qué podían fnndarse las seguridades de su alianza?...

Intenciones del Directorio francés respecto á Suiza.

Uno de los Estados que por su proximidad á Francia llamaba la atención del Directorio más particularmente era la Suiza. Aun con ser su Gobierno verdadera democracia federativa, no satisfacía á los partidarios de la República una é indivisible. Como si los Estados no tuviesen existencia propia, fundada en

razones particulares, á cada uno de ellos el Directorio y sus agentes se propusieron alterar, no tan solamente el régimen teocrático de los romanos, sino hasta aquellas Repúblicas mismas que eran antiguas en Europa, denominándolas aristocráticas, y dando á entender por ello que la constitución de tales Estados, aunque republicana, era imperfecta por no estar fundada en los principios de absoluta y pura igualdad que servían de base á la Constitución francesa. Ya anteriormente el Directorio había sacrificado sin ningún reparo la existencia política de Génova y Venecia á sus intereses particulares. La Suiza, aunque más cercana al centro revolucionario, pudo llegar hasta el año 1797 sin graves trastornos ni compromisos, merced al prestigio de sus antiguas instituciones, á su neutralidad constante en las guerras de Europa y, sobre todo, á las atenciones urgentes que rodeaban al Gobierno revolucionario de Francia; pero la tempestad vino al cabo á descargar su furia sobre los cantones suizos, del mismo modo que lo había hecho sobre otros pueblos. Bonaparte, queriendo enviar 20.000 hombres desde Italia á París para sostener á la mayoría del Directorio contra los Diputados que formaban el club de Clichy, pensó que atravesasen por el Vallés y así lo dijo al Directorio; pero Barthélemy, uno de los Directores que había sido por largo tiempo Embajador en Suiza, era sujeto muy moderado y no pensaba del mismo modo que sus otros tres compañeros, Barrás, Teillard y Larevellière Lepaux (Carnot era tamIbién moderado): escribió, pues, á Bonaparte desaprobando su idea de violar la neutralidad de la Suiza y haciéndole ver cuán provechoso era mantenerla.

Carta de Barthélemy á Bonaparte.

«Ciudadano General: El Directorio Ejecutivo ha tomado conocimiento de vuestro proyecto de que pasasen tropas por el Simplón. Ya tenía noticia anteriormente de que había enviado esta proposición á la Dieta de Transcenfeldt y de que los cantones, naturalmente recelosos, estaban alarmados con tal solicitud. El Directorio está casi cierto, por avisos que transmite el ciudadano Bacher, de que la Dieta se opondrá al paso que se le ha pedido y de que se fundará para ello, tanto en los principios de neutralidad, como en que necesita obrar con suma prudencia, si se ha de mantener independiente y si el Cuerpo Helvético y sus aliados han de vivir con la seguridad mecesaria. El parecer del Directorio ha sido que no debíamos exponernos á esta repulsa y que conviene evitar toda disputa con los suizos, que pudiera ocasionar tibieza entre ambos pueblos. Su ánimo fué siempre ofrecer testimonios tan claros de respeto y moderación á estos amigos antiguos de la Francia, que se diesen ellos mismos el parabién de haber preferido el partido de la neutralidad. La respuesta más concluyente á las calumnias que corren en Europa sobre nuestros planes de engrandecimiento, será respetar á todo Gobierno, por débil que sea, si es aliado nuestro. Vos lo sabéis mejor que nadie, General. La moderación y buena fe con los otros pueblos son los únicos medios de conservar las ventajas logradas por nuestros ejércitos y señaladamente por vuestras inmortales hazañas.

»Nada hubiera tan fácil como alegar motivos para

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