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seau a doni les membrures seraient preparées a Bayonme. Así le fué concedido.

Los planes propuestos por el Directorio no llegaron
á ejecutarse.

De la expedición á Jamáica no se volvió á hablar. Pero instaban los franceses porque la escuadra de Cádiz, mandada por el General Mazarredo, estuviese pronta á salir al mar, pues estaba determinado que el Almirante Bruix se hiciese á la vela, y desde Brest fuese áCádizá reunirse con ella, á cuyo fin enviaron al General Lacrosse para que hablase con Mazarredo sobre los planes del Directorio. Diéronse, pues, en Madrid las órdenes convenientes para activar los aprestos. Lacrosse, sabiendo que el Rey de España quería recobrar á Mahón, dejaba entender que su reconquista sería el primer fruto de la reunión de las escuadras aliadas, si bien el Directorio ocultaba en esto sus verdaderas intenciones; pues fija siempre la vista en sus propios intereses, miraba la reconquista de Menorca como cosa de menos valer.

Por una casualidad singular, el Embajador del Rey en París descubrió que el proceder del Gobierno francés no era sincero, y que el fin del Directorio era enviar las escuadras á las costas de Siria y Egipto, socorriendo primeramente á Malta y poniéndose después en comunicación con el ejército del General Bonaparte, si era posible. Creyendo en la sinceridad de las promesas de los Directores, Azara estaba en la persuasión de que las dos escuadras tenían por objeto un desembarco de tropas en Irlanda. Así lo escribía á su Gobierno: «La idea es hacer el desembarco en Irlanda. Para ello hay 24 navíos de línea y buen número

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de fragatas en Brest, en cuyos buques se embarcará un Cuerpo de tropa muy respetable. Nuestros navíos del Ferrol deberán venir á PRochefort en treinta ó cuarenta horas. La escuadra de Brest, á su salida, hará un movimiento hacia el Sur, y por señales convenidas saldrán nuestros navíos á juntársele para seguir la expedición. Lo mismo se procurará combinar con la escuadra holandesa, que tiene á bordo 5.000 hombres de desembarco y saldrá del puerto á costa de cualquiera riesgo.»

Azara descubrió que la intención de los Directores era enviar las escuadras francesa y española á Egipto.

Mas cuando Azara vivía en plena seguridad acerca de este asunto, supo que el Directorio tenía otras miras y que le engañaba con sus reiteradas y fingidas promesas. Una mañana entra un criado en el cuarto del Embajador y le anuncia que una señora joven, no mal parecida y de buen porte, deseaba hablarle. Preséntanse á veces á esa hora en París en las casas de hombres solteros ó de extranjeros de distinción, mujeres jóvenes, al parecer de recato, que bajo fingidas apariencias de honestidad buscan pretextos para hacer tráfico de su hermosura. Azara, que estaba muy enterado de este manejo, dudó un instante si admitiría ó no á la persona que solicitaba verle; pero por fin dijo que entrase. La doncella era de las verdaderamente honestas, y el objeto de su visita el siguiente. Trataba de casarse con un Oficial del ejército francés que estaba en Egipto, y deseando dirigirle una carta con seguridad, iba á pedir al Embajador que se la enviase por la escuadra española, puesto que debía salir para aquella parte del Africa. Disuadióla Azara, y le dijo

que los navíos españoles llevaban otro destino muy diverso; mas la joven sostuvo que la escuadra española iba á Egipto. Dió tales pruebas de que esa era la intención del Directorio, que el Embajador hubo de pararse y comenzó á creer que su relato era cierto; pidió que le diese más noticias y explicaciones, y de ellas resultó que un Intendente de ejército, bien informado del destino de las escuadras por razón de su empleo, le había comunicado á la bella desposada. Azara prometió á ésta que enviaría su carta, y la despidió. En las Memorias en que Azara refiere esta anécdota, cuenta también lo vivamente picado que se sintió, viendo que era el juguete de los Abogados (así llamaba él á los Directores). Resuelto á no sufrir burla tan pesada, mandó al punto poner el coche y se encaminó á casa del Ministro Talleyrand. Entero como buen aragonés y acostumbrado á tratar verdad en los negocios, descargó sobre el Ministro francés lo más recio de su enojo y le reconvino con la mala fe de su Gobierno. El impávido Ministro respondió que le cogía de nuevo lo que Azara decía, y que no tenía de ello el menor antecedente. Fuese ó no verdad, Azara creyó que Talleyrand no le engañaba, y juntos partie— ron para el Palacio del Luxemburgo, en donde se reunían los Directores. Llegaron cabalmente á tiempo en que estaban en Junta; y habiendo entrado Azara y Talleyrand en el salón de sus sesiones, el Embajador del Rey se quejó altamente de la insigne mala fe con que se procedía con su Soberano y con él, dando al intento las pruebas evidentes que tenía de la intención de enviar las escuadras á Egipto. Convincentes debían de ser las tales pruebas, puesto que los Directores se rindieron á ellas y le confesaron que se proponían soco— rrer á su ejército en Oriente, añadiendo que no habían

creído que el Rey de España llevase á mal prestar este auxilio á la República. Azara no tuvo trabajo en demostrarles que el pensamiento no era conveniente, y que si las escuadras fuesen á Egipto correrían gran peligro de ser deshechas por los ingleses. El Directorio cedió á la fuerza á esta razón, y desde entonces no se pensó ya más en tal proyecto.

La escuadra del General Melgarejo sale del Ferrol para Brest.

D. Francisco Melgarejo, Teniente General de Marina, partió del Ferrol para Rochefort el día 26 de Abril de 1799 con cinco navíos, es á saber: Real Carlos, Argonauta, San Agustín, Monarca y Castilla, y con las fragatas Carmen y Paz y el bergantín Vivo. En ellos iban de transporte 2.900 hombres de infantería con 14 piezas de campaña, sus municiones y pertrechos correspondientes y 4.000 fusiles. Llevaba esta escuadra víveres para cuatro meses. El mando de las tropas fué conferido al Teniente General D. Gonzalo O'Farrill. Así lo pidió el Directorio por instancias de los emisarios irlandeses, creyendo que el origen y nombre irlandés del General favorecerían el objeto de la empresa contra Irlanda. Por la misma razón se proponía el Directorio nombrar al General Kilmaine para mandar las tropas francesas de desembarco. La es– cuadra española fondeó en la rada de Rochefort el día 7 de Mayo.

El Gobierno de Madrid encargó al Embajador que hiciese presente al Directorio su resolución de no enviar la escuadra española á Egipto.

Cuando el descubrimiento de Azara sobre el destino que el Directorio pensaba dar á las escuadras llegó á.

noticia del Gabinete de Madrid, que temía interés tan verdadero en no comprometer sus armadas en expediciones lejanas y aventuradas, encargó al Embajador que volviese á hablar á los Directores y procurase alejarles de todo proyecto fundado sobre el envío de las escuadras á Egipto, haciéndoles presente que no era honroso para la República dejar abandonados á los buenos irlandeses, los cuales, esperando sacudir el yugo de Inglaterra, se habían manifestado con tan amigables intenciones en favor de la Francia, pues pudiera suceder que la amistad de los irlandeses se trocase en odio irreconciliable. Por el contrario, de socorrerlos debían seguirse innumerables provechos, aun en caso que las expediciones no tuviesen feliz éxito. Sería posible, á la verdad, decía el Ministro, combinar un plan de expedición al Oriente que trajese ventajas. Quizá se podría sorprenderá la escuadra del Almirante Jervis y vencerla; reunirse las armadas española y francesa en la bahía de Cádiz; facilitar juntas la reconquista de Mahón; limpiar el Mediterráneo de ingleses, rusos y turcos, y llevar refuerzos á Bonaparte á Egipto ó á Siria, poniendo á los ingleses en cuidado por la India oriental. Mas contra este proyecto hay los inconvenientes que siguen.

El Almirante inglés, que manda el bloqueo de Cádiz, es muy cierto que no se dejará batir. Apenas haya descubierto la escuadra francesa, se retirará á Gibraltar; nos dejará entrar libremente en el Mediterráneo, y con todas las fuerzas navales inglesas del Océano vendrá después á caer sobre nosotros en Levante. Habrá una batalla desesperada, porque es menester que los ingleses la busquen aun á riesgo de perderla, conviniéndoles destruir nuestra marina. Para nosotros una victoria equivaldría á un desastre,

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