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El Directorio se niega á la admisión del nuevo Embajador.

A pesar de estos antecedentes, el Directorio se negó á la admisión del nuevo Embajador. En vano el Conde de Cabarrús hizo presente que se hallaba estable— cido en España desde el año de 1771 y naturalizado desde el de 1781, conforme á lo prevenido por las leyes del reino; que era Consejero de Hacienda desde 1784, y que en 1789 el Rey le había concedido merced de título de Castilla, por el cual tenía derecho de votar en las Cortes; que posteriormente al nombramiento de Embajador para las conferencias de Berna y de Sila había sido nombrado Síndico personero del Ayuntamiento de Madrid. Los directores persistieron en su resolución de no admitirle, apoyándose siempre para ello en su nacimiento en Francia, en donde tenía á su hija Mme. Tallien, gran número de parientes y también algunos bienes raíces. Añadían que un francés no debía representar en ningún caso á un Soberano extranjero cerca del Gobierno de su propio país. Alegaban el ejemplo reciente del caballero Revel, quien después de haber ajustado la paz entre la República y el Rey de Cerdeña, no fué admitido como Embajador ordinario de este Monarca por ser de origen francés. ¿Si el Emperador enviase á Madrid para representarle á uno que hubiese nacido en España, preguntaban, le recibiría S. M. Católica? Estas razones no dejaban de ser especiosas. Todos los Gobiernos son delicados cuando se trata de admitir á sus propios súbditos por Embajadores de otras Potencias. Nuestra historia moderna ofrece un ejemplo. El Ministerio inglés rehusó reconocer por Embajador del Rey de Es—

paña á D. Ricardo Wall, primer Ministro que fué del Rey Fernando VI, por su calidad de irlandés, no obstante que el Ministro británico hubiese tratado ocultamente con él por espacio de muchos meses sobre otros asuntos de España. Menester fué que Wall probase haber nacido en Francia en el sitio real de SaintGermain y que no tenía en Irlanda pariente cercano, para que el Gobierno inglés concediese su admisión. Es justo decir que la negativa del Directorio de reconocer al Conde de Cabarrús como Embajador del Rey de España, iba acompañada de protestaciones de buena inteligencia y amistad con S. M. Católica, con lo cual quedaba reducido el asunto á una mera cuestión de derecho internacional.

Mas todo este aparato de oposición encubría el motivo verdadero de la resistencia. La calidad de francés no era la sola causa de la no admisión de Cabarrús.

tros motivos políticos la determinaron. El Directorio estaba resuelto á hacer variar la política del Gabinete de Madrid. Cansado de las tergiversaciones del Príncipe de la Paz sobre la guerra contra Portugal; cierto de sus comunicaciones con el partido realista de Francia, y sabedor de la amistad estrecha que unía al Príncipe de la Paz con el Conde de Cabarrús, se valió del pretexto del nacimiento de éste en Francia para alejarle y privar así al Ministro español de un Enviado inteligente y activo que podía serle muy útil por las conexiones de su hija.

El ciudadano Truguet es nombrado Embajador de Francia en la Corte de Madrid.

Con el fin de derribar al Privado español, si era posible, el Directorio nombró por Embajador de la Re

pública francesa cerca del Rey Carlos IV al ciudadano Truguet, Ministro que había sido de Marina; al cual, entre otras instrucciones, se le dió la de separar á aquel personaje del manejo de los negocios públicos, de lo cual hablaremos después.

El Conde de Cabarrús había hallado las cosas á su llegada á París en estado muy diverso del que tenían pocos meses antes. Apreciando, pues, con buen juicio los riesgos que amenazaban á España si persistía en oponerse á la guerra contra Portugal, dió al Ministro español sanos consejos sobre la política que convenía seguir. La siguiente carta reservada, escrita al Ministro de Estado, pone muy en claro la situación política en que se hallaba la Francia y el mal espíritu que reinaba en su Gobierno contra España.

Carta del Conde de Cabarrús al Príncipe de la Paz,
escrita en París.

«Sobre el Tratado con Portugal, V. E. habrá sabido por el señor Marqués del Campo el lenguaje poco amistoso y amenazador de dos Directores y la declaración que V. E., ignorando estas circunstancias, me encargaba de hacer en nombre del Rey, es á saber: que S. M. estaba resuelto d no hacer por ningún término la guerra di Portugal. Hubiera acabado de enconar los ánimos y producido una resolución precipitada y fu— nesta. El Rey ha apurado cuanto le dictaban á favor de Portugal su moderación y su lealtad; pero si los franceses se empeñan en querer hacer esta guerra; si pidiesen paso para sus tropas, ¿podremos, sin grandes inconvenientes, ó negarlo ó concederlo? Y así parece que la prudencia aconseja que, moderando los pa

sos de mediación ya instaurados, no nos comprometamos á no tomar parte en la guerra, si ésta fuese inevitable, pues si, Portugal hubiere de ser conquistado, no es dudable que sería muy conveniente que esta conquista se hiciese para nosotros y por nosotros; y este sistema de manifestarnos prontos á seguir contra Portugal las miras de Francia, tiene á mis ojos la inapreciable ventaja de cohonestar el aumento muy considerable que, sin perder instante, conviene hacer en el ejército, mejorando al mismo tiempo su organización en términos de hacernos respetables.

»No porque yo crea que el designio verdadero de estas gentes sea hacer á Portugal una guerra que les sería demasiado gravosa sin nuestra cooperación, sino que quieren precisarnos á apoyar sus amenazas para conseguir mejores condiciones y á pagar nuestra mediación, y, según he podido inferir, Truguetva encargado de proponer á V. E. la cesión de la Luisiana, de la cual debería la Corte de Lisboa indemnizar á la de España cediéndola la isla de Madera y de Santa Catalina: otro objeto equivalente que importa poco á este Gobierno, pues su objeto principal es conseguir la Luisiana ahora y sacar este partido de las desavenencias de Portugal; y como esta cesión de la Luisiana, cuando S. M. se determine á ella, debe ser el precio de la paz general, y si puede ser de Gibraltar, la sagacidad de V. E. comprenderá que el juego actual es parecer, no tan sólo moderar el interés á favor de la paz de Portugal, sino entrar en las intenciones amenazadoras de la Francia contra aquella Potencia, pues cuanto más se acalore la mediación, más se empeñará este Gobierno en que la compremos con el sacrificio que exige.

»Lo mismo es aplicable al cuento con los romanos.

Sé positivamente que se ha tratado en el Directorio de dar al señor Infante de Parma todo el Estado pontifi– cio, cuya invasión está resuelta, porque acomodan mejor á los cisalpinos los Estados de S. A. R., y es regular que se haga esta proposición á S. M. Me hago cargo de la repugnancia que hallará en su corazón; pero es preciso que se persuada de la funesta alternativa en que se halla el señor Infante de seguir las dis– posiciones de una Potencia predominante ó de ser sacrificada por ella, y la necesidad consiguiente de diferir por lo menos los riesgos que corre.

»En fin, como se ha llegado á sospechar nuestra buena fe en cooperar á los preparativos contra Inglaterra, creo que conviene que V. E. se manifieste á Truguet, no sólo convencido de la necesidad y posibilidad de este proyecto, sino también como prontísi— mo á facilitar cuanto depende de su arbitrio. Yo pienso decirlo así á Bonaparte, que lo repetirá al Directorio, y expresarlo en mi arenga de presentación, pues Talleyrand, á quien enteré de la conversación de Merlin, me dijo que ésta se verificaría sin dificultad.

»Pero el mismo Talleyrand, que, como Barrás, Tallien y Bonaparte, no participan del mismo frenesí que Rewbell y Merlin, corren riesgo de ser sacrificados, y su ruína será la señal de la resurrección del Jacobinismo con todos sus furores. Y así Truguet, que no es jacobino y hablará áV. E. el lenguaje de Talleyrand, no le dejará percibir el estado verdadero de este Gobierno y los riesgos con que nos amenaza; pero V-Eapreciará bien cuál es su fogosidad cuando sepa que, por haber diferido su marcha algunos días, estuvo acordada la destitución del mismo Truguet, si se hallaba todavía en París, habiéndole dado yo este aviso

»Faltaría á mi obligación si no enterase áV. E

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