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teja á una vieja rica y que ésta le ha puesto en zan— cos. Séase lo que se fuere de esto, consta, por otros varios sucesos de la vida interior de la Reina María Luisa, que quiso, con efecto, sacudir á veces el yugo del favorito, cuya persona le era inaguantable, y que no logró romper sus cadenas como lo deseaba. ¿Cómo pudo ser tal su esclavitud, se dirá, dominando María Luisa la voluntad del Rey su esposo? ¿De dónde podía provenir el temor que la preocupaba tan fuertemente? Las personas de la Corte, para las cuales este hecho era notorio, buscaron por todos medios luces que esclareciesen tan densa obscuridad. Aquéllos que se tenían por mejor instruídos en las intimidades de la Reina, explicaban al parecer su esclavitud de este modo. En los primeros tiempos de su pasión por el joven Godoy, el amor de María Luisa fué vehemente en extremo, y en uno de aquellos raptos á que están sujetos los amantes, le escribió una carta llena de ternezas, en las cuales iban también mezclados proyectos para el porvenir y esperanzas de verle sentado en el trono, aunque para conseguirlo fuese menester atropellar por todos los miramientos y hasta cometer un horrendo crimen. Esta carta, que Godoy tuvo siempre cuidado de guardar, se dice, para que fuese su áncora en las borrascas, fué la que contuvo á la Reina en sus enojos. La carta, le decía el favorito con tono de confianza y sequedad, ni está en España, ni dejade publicarse si se cometiese algún atentado contra mi persona. Las leyes descargarán después el castigo que merecen los criminales pensamientos que contiene. Esta explicación de la dependencia de la Reina parece plausible, mas no sabemos si será cierta. Lo que sí se sabe con certeza es que, durante el reinado de María Luisa, hubo constantemente en la Corte un partido

italiano al abrigo del favor de la Reina; partido que existía desde el tiempo de Isabel Farnesio, y que existió también en tiempo de Carlos III, habiendo sido seguido de varios napolitanos desde Nápoles á España. Salucci, Branciforte, Castelfranco, Quiñones y algunos otros, adulaban los caprichos de la Reina. Si alguna acometida fué hecha seriamente contra el poder del favor del Príncipe de la Paz, vino sin duda de este partido italiano. La Reina de Nápoles, enemiga del Gobierno revolucionario de Francia; el Papa, aun el Emperador de Austria y la Inglaterra, maniobraron por este partido para separar á Carlos IV de la alian

za con Francia. Disposición del Directorio francés hacia el Príncipe de la Paz.

Para explicar, pues, la separación del Príncipe de

la Paz del Ministerio de Estado y de la dirección de los

negocios del reino por algún tiempo, se há menester

recurrir á otras causas políticas. La más principal fué

que el Directorio francés se indispuso con el Valido

español y le miró como desafecto á la República, tra

yendo á la memoria que había sido autor de la decla

ración de guerra contra la Convención nacional. Si

posteriormente entró, se decía, en paz y amistad con

la República, era claro que lo había hecho por nece

sidad y no por afecto al nuevo sistema de Gobierno

planteado en Francia. Dudando, pues, los Directores

de la sinceridad de las protestaciones del Ministro es

pañol, pensaron en separarle de los negocios, como

gozababan de hacerlo con el Ministro del Emperador, Barón de Hugut, que también gobernaba los nego5 de Estado. Bernardotte, Embajador de la Repú

blica francesa en Viena, hizo vivas instancias á la Emperatriz para que se alejase de la dirección de los negocios públicos á este hombre de Estado, y al fin el Ministro Hugut se vió precisado á hacer una retirada aparente, ó por lo menos temporal, como vamos áver que la hizo el Príncipe de la Paz. Con la prevención del Directorio contra las miras del Ministro español, coincidieron otras ocurrencias que la confirmaron y fortalecieron.

Cuando el Directorio, victorioso de sus enemigos el 18 fructidor (4 de Septiembre de 1796), se vió precisado á explicar ante los Consejos el uso que había hecho de las tropas en esta jornada y las medidas extraordinarias, severas y anti-constitucionales que fueron consecuencia de ella, hubo de fundar su proceder en alguna razón poderosa y urgente, que reclamase imperiosamente la suspensión de las leyes. Presentó, pues, como justificación de su proceder el haber estado tramada una conspiración contra la República, y manifestó el papel hallado en Venecia en la cartera de un emigrado francés, M. d'Entraigues, escrito todo de su puño. En él estaban referidos los acuerdos entre el Príncipe de Condé, que mandaba el Cuerpo de emigrados unido al ejército austriaco, y el General Pichegru, que mandaba en Jefe el ejército republicano, como también las promesas hechas á Pichegru si se declaraba con su ejército por el Conde de Provenza. Al mismo tiempo el Directorio presentó una declaración de Duverne-Dupresle, en la cual se daba cuenta de las correspondencias que el partido realista mantenía, así en Francia como en otras partes. En dicha declaración se leía lo siguiente, por lo que respecta á Es— paña: «De Venecia los partes van á M. de la Vaugu— y on y á España, porque España desea siempre saber

cómo van las cosas de los realistas.» Para la inteligencia de estas palabras, ha de tenerse presente que el Duque de la Vauguyon había sido largo tiempo Agente ó Embajador del Conde de Provenza en Madrid, y que sabría, por consiguiente, de primera mano cuáles eran las disposiciones de nuestra Corte. No era necesario estar dotado de singular penetración para conocer que Carlos IV no había abandonado á los Príncipes franceses, sus parientes, sino por la precisión de mirar por su propia existencia, y que fiel siempre en su corazón á la causa de éstos, la protegería abiertamente, si se presentaban ocasiones de hacerlo sin riesgo de perder su corona. Evidente era también para el Directorio mismo que la alianza con España no podía ser cordial por parte de ninguno de los dos Gobiernos, cuyos afectos é intereses eran tan encontrados; mas la certidumbre de que seguían las inteligencias entre los Príncipes emigrados y el Rey de España, le irritó contra el Gabinete de Madrid. Ya no era dudoso para el Directorio que si el bando de los Consejos hubiera vencido en el 18 fructidor, y si el Conde de Provenza hubiese subido al trono de Francia, Carlos IV se hubiera declarado al punto en su favor. El Monarca español no solamente continuaba enviando socorros pecuniarios á sus parientes, sino que llevaba correspondencia muy seguida con el Conde de Provenza sobre asuntos políticos. Una de las preguntas que éste le hacía era: «En caso que el par– tido realista consiga acabar con la República, ¿qué conducta seguirá España?» Carlos IV respondió: «Si el Príncipe legítimo fuese llamado al trono libre y es– pontáneamente por la mayor parte de la nación francesa, el Rey estaría pronto á concederle su protección y le sostendría contra todos sus enemigos, ya interio

res, ya exteriores.» El Duque de Havré y de Croi fué la persona por cuyas manos pasaba la correspondencia. El Directorio, pues, vencedor en la lucha contra sus enemigos en dicha jornada (4 de Septiembre), persuadido de que la amistad del Gobierno de Madrid era tan sólo aparente, pensó en poner á la cabeza del Gabinete español á otra persona en la que pudiese depositar su confianza mejor que en el Príncipe de la Paz.

D. Manuel Godoy está también quejoso por su parte del Directorio.

El Príncipe de la Paz, por su parte, no estaba menos quejoso del proceder de la Francia, y se hallaba dispuesto también, al parecer, á volverse contra ella. «Nada es peor que la indecisión, decía al Marqués del Campo, y ésta ha destruído muchos Gobiernos. Mi franqueza por la confianza que he debido á los señores Ministros de ese Gobierno, pudiera lisonjearse de ser la más acreedora á la correspondencia; pero en vano procuro persuadirme con las esperanzas cuando no veo más resultado en favor de la justa causa que reclamo. Portugal, Parma y Roma han sido tres puntos de vista que no ha separado de su consideración el Rey nuestro Señor. La paz con Portugal, que pagada debía creerse efectiva, parece se hace más distante. La satisfacción que debía prometerse S. M. para su hermano después de la agregación cisalpina, no tiene efecto. De la existencia de Roma se trata con dificultades; y después de lo ocurrido el 27 de Diciembre último, se pueden creer alejadas las esperanzas de pacificación. ¿En qué piensa, pues, el Directorio? ¿No ha de contar con su alianza para la distribución de Esta

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