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HISTORIA DE CARLOS IV,

LIBERO CUARTO.

De Portugal.—La Corte de Madrid pierde de vista sus propios intereses por sostener á la familia de Braganza.-Tratado entre Francia y Portugal por mediación del Rey de España.—La Corte de Lisboa se niega á la ratificación.—Gestiones del Príncipe de la Paz para evitar una invasión en Portugal por las tropas francesas.-Nuevas negociaciones en París.—El caballero Araujo, Plenipotenciario portugués, puesto por orden del Directorio en la prisión del Temple, en donde permaneció arrestado tres meses.-Abrense de nuevo negociaciones en Madrid.—Parma.—Los franceses piden que el Rey de España envíe 6.000 hombres para guarnecer los Estados del InfanteDuque.—Carlos IV solicita la isla de Cerdeña para el InfanteDuque de Parma y se muestra dispuesto á cederá la Francia la Luisiana y las Floridas.—Reflexiones del Marqués del Campo y del Conde de Cabarrús, comunicadas al Conde Ventura, Ministro del Infante, para determinar á S. A. R. á separarse de sus vasallos.-El Infante persiste en su resolución de mantenerse entre sus súbditos.—Fuérzanle por fin los sucesos á desistir de ella cuando ya no era posible ofrecerle las compensaciones convenientes.—Las tropas francesas entran en el territorio parmesano.-Los franceses proponen al Príncipe de la Paz el Gran Maestrazgo de a Orden de Malta.—Respuesta del Príncipe de la Paz.—Sucesos de Roma, referidos por D. José Nicolás de Azara, Embajador de España cerca del Papa Pío VI. –República romana.—Pío VI destronado y arrancado por fuer

za del Vaticano.—Es conducido á Siena.—El Directorio quiere que el Papa fije su residencia en los dominios del Rey de España.—Carlos IV se resiste á ello, fundado en buenas razones; pero el Directorio le obligóá consentir en la ida de Pío VI á Mallorca.—Acontecimientos posteriores frustraron este pensamiento.—La Corte de Madrid aprueba la destitución de Pío VI de su soberanía temporal, y pone la mira en las Legaciones romanas para aumentar los Estados del Infante-Duque de Parma.—De la separación del Príncipe de la Paz de la primera Secretaría de Estado.—Causas que la motivaron.—El Directorio francés creyó que el Gabinete de Madrid no le era afecto. —Para desvanecer las sospechas del Gobierno de la República, el Príncipe de la Paz envió á París al Conde de Cabarrús como Embajador del Rey.—La Francia se niega á admitirle por representante de España, por haber nacido francés.—Carta de Cabarrús al Príncipe de la Paz sobre la situación política de Francia y España.—Arresto de D. Eugenio Izquierdo en Francia.—El Almirante Truguet nombrado por el Directorio Embajador en Madrid.—Salida de la escuadra de Cádiz mandada por el General Mazarredo.—Truguet pide que mude de mano la dirección de los negocios.—Un decreto del Rey acepta la dimisión del Príncipe de la Paz.-Carlos IV se muestra irritado contra su favorito.—Jovellanos y Saavedra pueden perderle, pero se contentan con que el Rey expidiese un decreto de separación honrosa.—Los dos Ministros irritan á la Reina y á su protegido.—Se tiene por cierto que Saavedra y Jovellanos fueron envenenados.—La persecución rigurosa que Jovellanos sufrió después fué obra de la Reina y del Príncipe de la Paz.-Azara nombrado á la Embajada de París.—Su arenga en el momento de ser presentado al Directorio.—Los emigrados franceses arrojados de Madrid.–Renuévanse las negociaciones de paz entre Francia y Portugal.—El Almirante Truguet se indispone con el Directorio y pierde la Embajada de Madrid.— Por la salida del Príncipe de la Paz del Ministerio, no variaron en nada las relaciones entre los Gabinetes de Madrid y de París.—Proyecto del Ministro Jovellanos sobre reforma de los estudios de la Universidad de Salamanca y de las demás del reino.—Un decreto del Rey confiere el encargo de la reforma al sabio Prelado D. Antonio Tavira, Obispo de Osma.—Biografía de este sabio.—Jovellanos salió del Ministerio algún tiempo

después y el proyecto de reforma de estudios no llegóá ponerse por obra.—Este Ministro quiere también reformar el Santo Oficio.—Causa formada por la Inquisición al Príncipe de la Paz.—Instituto asturiano.—Depósito hidrográfico.—Observatorio astronómico de Cádiz.—Expedición de Bonaparte contra Egipto.—Miras de la Francia.—Precauciones tomadas por el Directorio de antemano para apoderarse de Malta.—Suspéndese la partida de la expedición francesa por el alboroto sucedido en Viena contra Bernardotte, Embajador de la República.-Cálmanse por fin los temores de rompimiento con el Emperador y la expedición da la vela de las costas de Francia.— Rendición de la isla de Malta.–El Emperador de Rusia se proclama protector de la Orden de San Juan de Jerusalén.— El Rey de España pone á las encomiendas de esta Orden en el mismo pie y bajo las mismas reglas que las de las Ordenes militares españolas.—Bonaparte da la vela de Malta para Egipto.—Movimientos del Almirante inglés Nelson en busca de la expedición francesa.—Desembarco de ésta en Alejandría. — Batalla naval de Abukir.—Oféndese la Puerta Otomana de la agresión de los franceses contra Egipto.—Esfuerzos de Bouligny, Ministro del Rey de España en Constantinopla, para sosegar al Gobierno turco.—Avisos del Embajador Azara al Directorio sobre la coalición que se comenzaba á formar contra la Francia.—Los Directores no creen que las Potencias se armen otra vez contra la República.—Bloqueo de Malta por los ingleses.—Apodéranse éstos de la isla de Menorca.—Tentativas de la Francia para levantar á los irlandeses contra el Rey de la Gran Bretaña.

De Portugal y de la política errada que Carlos IV siguió acerca de esta Potencia.

Entre los negocios políticos que llamaron más vivamente la atención y solicitud del Gobierno de Carlos IV, uno fué la protección de Portugal, la cual vino á serle sumamente embarazosa, porque, después de

declarada la guerra entre España é Inglaterra, Portugal mantenía con esta Potencia los mismos tratos y amistades que antes, lo cual equivalía á ponerse en hostilidad abierta con nuestro Soberano. En vano las escuadras españolas intentarían ya salir de Cádiz con el fin de maniobrar contra los buques ingleses. Abrigados éstos en Gibraltar, y con mayor seguridad en Lisboa ó en otros puertos menores de la Lusitania, tendrían todas cuantas provisiones hubiesen menester, acecharían desde allí los movimientos de los navíos españoles y se harían al mar prontamente para combatirlos. En el caso, ya de un descalabro que pudiese sufrir la escuadra inglesa, óya de que ésta tuviese necesidad de reparar sus averías, podía contar con todos los recursos que los puertos de un Rey aliado le ofrecían. Además, los planes concertados entre el Rey Católico y la República francesa para dominar el Canal de la Mancha con las escuadras de las dos naciones reunidas, venían á ser ilusorios del todo, ó de ejecución difícil en gran manera. La consecuencia natural de este estado de cosas era que España y Francia debiesen obligar á la Reina de Portugal, por medio de negociaciones ó por la fuerza de las armas, á cerrar sus puertos á las naos enemigas.

En vez de haberlo hecho así, el Rey Carlos IV se mantuvo aliado con Portugal, del mismo modo que antes de la declaración de guerra á la Gran Bretaña, posponiendo de este modo los verdaderos intereses del reino al amor de sus hijos. ¡Situación singular por cierto! ¡Eramos enemigos de los ingleses y al mismo tiempo llevábamos estrecha amistad con el más íntimo de sus aliados! Tal política, que era falsa de suyo, no podía menos de ser origen de muchos males y compromisos para España, porque no proponiéndose

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