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hubieran entonado himnos en loor de Mahoma si se los hubieran pagado. Quiso que el Erario pagase su culto; pero los otros directores se opusieron á ello con razón, diciendo que la Constitución no autorizaba ninguno. Un día se lamentaba con Barrás de la frialdad con que el público acogía la nueva religión; Barrás le respondió: Jesucristo para fundar la Religión se dejó crucificar; haz que te guillotinen y quizá entonces la tuya hard fortuna. »Los teophilántropos continuaban su empresa con entusiasmo, cuando la nueva de la muerte de Duphot llegó á París. La Revellière creyó oportuno el momento de triunfar completamente. Aprovechándose del ardor que las relaciones exageradas de este suceso habían excitado en los ánimos del pueblo, propuso á sus compañeros que se arrasase á Roma y se exterminase al Papa, cuyo solo nombre le hacía estremecer, creyendo, como lo dice con razón Carnot, tenerle siempre delante de la vista en ademán de echarle la bendición. Para destruir, pues, el Papado, creyó que no había más que hacer sino quitar de en medio al Papa. »Quiso la mala ventura que en la distribución de megocios públicos entre los directores, los de Italia tocasen á La Revellière. Por tanto, no bien la destrucción de Roma fué propuesta por él, cuando el Directorio la aprobó. Sé con certeza que esta deliberación, en que se trataba de intereses de tanta gravedad y de la suerte de muchos millones de hombres, no tuvo ocupado al Directorio ni medio cuarto de hora. Tomada la resolución, La Revellière quedó encargado de ejecutarla y de entenderse al intento directamente con los Generales y los Comisarios del Gobierno (1).

y las memorias de Napoleón confirman la relación de Azara sobre

»Mientras que esto pasaba en París, Berthier había preparado una revolución en Roma y ejecutaba el Tratado que acababa de hacer con el Papa. La Revellière puso, pues, á Murat en el secreto. Era este mozo de bizarría acreditada, pero no tenía un adarme de juicio ni reconocía principio ninguno de justicia ni de moral. Murat llegó en posta á Roma, y después de dar parte á Berthier de los planes del Profeta, se convino en poner en movimiento á la chusma revolucionaria, con la que estaban en comunicación, haciendo enten

La Revellière. «En un umotín, dicen, excitado contra el Gobierno romano por agentes franceses, el General Duphot fué muerto mientras que estaba exhortando al pueblo. La Revellière, rodeado de sus teophilántropos, añaden las Memorias citadas, hizo resolver que se marcharía contra el Papa. Llegado era el tiempo de hacer desaparecer este ídolo, decía á sus colegas: la palabra de República romana sería bastante para acalorar todas las imaginaciones ardientes. El General Bonaparte fué demasiado circunspecto en otro tiempo: él tenía la culpa de que hubiese todavía querellas con el Papa; á él solo debía achacársele tal estado de cosas. Quizá tenía miras particulares en ello. Con efecto: sus maneras atentas, sus miramientos por el Papa, su compasión generosa por los clérigos deportados, le hubieran dado en Francia muchos partidarios que no lo eran de la revolución.»

M. de Mongaillard dice en su Historia de la revolución: «Que entre las causas de los sucesos del 18 fructidor, una fué la furibunda animosidad de este gran sacerdote de los teophilántropos contra los sacerdotes que no habían prestado juramento. El culto católico, dice el historiador, pone furioso á este fundador de una secta de teístas. Era verdadera hidrofobia religiosa.»

La Revellière contribuyó muy mucho á que se estableciese la fiesta anual del 21 de Enero y se prestase el juramento de odio á la dignidad regia. Cuando presidió por primera vez en la iglesia de San Sulpicio, que entonces era templo de la Victoria, la celebración de la fiesta regicida, comenzó por preconizar esta jornada memorable, en la cual dijo: «El justo castigo del último Rey de los franceses acabó para siempre con el respeto estúpido que por muchos siglos nos inspiraron por la familia de nuestros tiranos. Una larga opresión nos hacía considerar la autoridad del Rey como institución divina, y al que la tenía como un sérinviolable, cuyos excesos y crímenes debían llevarse sin murmurar. Esta prevención fué disipada: la razón recobró su imperio.»

der á sus partidarios que era preciso destronar al Papa, y que podían contar para ello con el apoyo del ejército. Mando y riqueza serían el premio de los que sirviesen bien en esta ocasión.

»No era menester tanto para determinarles. Cuarenta ó 50 de ellos se reunieron en casa de Bonelli; después de agregarse algunos otros ambiciosos, tales como Rigati, Abogado muy estimado por su talento; Constantini, hombre honrado que estaba descontento del gobierno del Papa; Pezzati ó Pezuti, buen mate— mático, y otros, se convino en poner manos á la obra al día siguiente, que era cabalmente el aniversario de la coronación de Pío VI. Recatáronse todos de mí de tal manera, que, en efecto, no supe nada de la conjuración hasta que ya se había dado principio á ejecutarla.

»Desde por la mañana muy temprano las tropas francesas que estaban en la ciudad fueron al antiguo Forum, ostentando gran lujo de artillería. A eso de las diez, en el momento en que los Cardenales y Prelados estaban en la Capilla de San Pedro, se presentaron algunos de los conjurados en el foro, llevando á su cabeza á uno que estaba vestido de fraile francisco, pero que no lo era, el cual llevó sobre los hombros un madero que fijó en tierra y fué saludado por todos como el drbol de la libertad; trajeron una mala mesa de casa de un carnicero, y en ella subió el Abogado Riganti para arengar á los oyentes que estaban en torno de él. «Pueblo romano, dijo, ¿quieres sacudir el yugo que te oprime, destronar al tirano y recobrar tu antigua libertad y forma de gobierno? —Sí, respondieron con voces descompasadas los 40 ó 50 conjurados que estaban alrededor de la mesa. ¡Muera el tirano, queremos ser libres! con otras muchas fra

ses del vocabulario de la revolución.—¿Queréis, prosiguió el orador, restablecer vuestros antiguos Cónsu-. les romanos?—Sí queremos, respondió el coro. Entonces sacó de su faltriquera un escrito que contenía el nombramiento de cinco Cónsules, á ejemplo del Directorio de París: se restablecían las facultades consulares de los tiempos de la República romana. El mismo Riganti era el primero de los cinco. Propusieron después dos Consejos, imitando servilmente al Gobierno de París, pero dándoles otros nombres y resucitando los antiguos tribunos, questores, etc., por más que no hubiese analogía ninguna entre aquellas dig— nidades y la organización moderna. Muchos fueron por curiosidad á ver aquella comedia, y á eso se llamaba entusiasmo popular.

»Cantando estaban los Cardenales y Prelados el Te Deum en acción de gracias y conmemoración del advenimiento y exaltación del Papa, cuando supieron ló sucedido. Grande fué la consternación. Cada uno se retiró como pudo, para estarse en su casa hasta que se pusiesen más en claro las circunstancias y resultados de tan extraordinario acontecimiento.

»Entre tanto, Berthier tenía en el campamento á todas las tropas sobre las armas; los artilleros al pie del cañón con mecha encendida, como si fuese á darse una batalla. Los Ayudantes que iban y venían le anunciaron que todo se había hecho con sumo orden. El nuevo Gobierno romano, que vino á darle parte de su instalación y de la venturosa facilidad con que la forma de gobierno se había variado, hizo vivas instancias al General para que entrase en la ciudad ya purificada y celebrase en nombre de la República madre el nacimiento de la hija.

»Aunque todo se había convenido y arreglado anti

cipadamente con Berthier, éste no tenía prisa por es— tablecerse en una ciudad en que lhabían pasado las escenas sangrientas de Basseville y Duphot. Pero, por último, fué preciso resolverse. Montó, pues, á caballo seguido de un cuerpo de caballería. Al llegar á la puerta de Popolo, fué recibido por una turba de gentes desarrapadas, la mayor parte mujeres de Transtevere y de Monti. Allí, una de aquellas matronas, que Se distinguía por su ademán libre y descarado, puso sobre la cabeza del nuevo salvador de la República una corona bastante pesada, gritando todas las demás á la vez: ¡Viva el General y la libertad! conforme á las instrucciones de Bonelli, quien tuvo la precaución de que alternasen libaciones de vino, frecuentes y copiosas. Era una vocería la nás singular y curiosa.

»Berthier no se detuvo más que un instante para la ceremonia; atravesó por el Corso ágalope hasta el Capitolio, en donde estaban tomadas todas las medidas para un espectáculo magnífico. Los miembros del muevo Gobierno salieron á recibirle á la plaza, y después de las aclamaciones acostumbradas, Berthier leyó un discurso elaborado (y no por él) en que hablaba de Bruto, de Catón y de otros varones ilustres entre los antiguos romanos, que en coyunturas bien diversas habían representado su papel en aquel mismo lugar en donde hablaba. El discurso estaba escrito en lengua francesa, y, por consiguiente, entre los oyentes había muy pocos en estado de entenderle. Está im— preso y se publicó en todas las Gacetas de Europa. A algunas de las personas que asistieron á la ceremonia, les pareció el semblante del orador pálido y alterado en tal manera, que fué muy difícil oir algunas palabras, lo cual es verosímil, porque además Ber

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