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favorable de lograr sus intentos. Un ejército francés se asomaba ya, deseoso de entrar en la capital del orbe cristiano.

Los sucesos que nacieron de estas causas fueron importantes. Tenemos á la vista la relación de ellos, escrita por D. José Nicolás de Azara, Embajador del Rey en Roma, la cual merece plena confianza, no solamente porque Azara presenció los hechos que refiere, sino porque trabajó por pacificar á aquella población, en virtud del carácter público de que estaba revesti— do. La revolución romana ocurrió muy poco tiempo antes de su nombramiento á la Embajada de París. Ninguno pudo saber, pues, las ocurrencias de Roma mejor que este Embajador. Como los colores de sus cuadros sean á veces vivos en demasía, hemos cuidado de suprimir todo lo que pudiera ser ofensivo á la memoria de ciertos personajes que tomaron parte en aquella revolución democrática y en las violencias cometidas contra el Papa por órdenes terminantes del Directorio francés (1).

«Había en Roma, dice Azara, como en aquel tiempo había por todas partes, muchos jóvenes atolondrados entregados al desorden y al libertinaje, que no pensaban más que en echar abajo toda autoridad, odiando cuanto pudiese reprimir sus pasiones, con la cabeza llena de teorías absurdas en materia de gobierno, cuyas consecuencias no eran ellos capaces de juzgar. Era entonces de moda, ó por mejor decir contagio dominante, ser republicano. En Roma era mucho mayor el número de tales cabezas que en las demás capitales de Europa, porque el Gobierno papal era suave y tole

(1) La Jerusalén del Occidente (así llamaba á Roma Petrarca) estaba á punto de ser dominada por una turba de fanáticos revoltosos.

rante y porque ya en todo tiempo fué esta capital asilo de extranjeros y como una suerte de patria común que los protege á todos, sin distinción de naciones ni creencias. »Opiniones y costumbres tan diversas habían producido una fermentación singular en el centro de un Gobierno débil. Su venalidad, conocida de todos, y el ansia insaciable del nepotismo, daba materia á declamaciones y á quejas. Para mayor desgracia, las victorias de los franceses avivaban las esperanzas de los que con buena fe deseaban reformas, y al mismo tiempo daban aliento á los perturbadores y á los proletarios para aprovecharse de las circunstancias y enriquecerse con los despojos de los ricos y de las gentes moderadas. »Distinguíanse entre estos embrollones un tal Ceragni, escultor de bastante habilidad, pero lleno de deudas; Francisco Pignatelli, de una familia ilustre de Nápoles, desertor del ejército del Emperador, de muy mala cabeza; el Duque Ronelli, romano de rarísima estampa, tartamudo, y que después de haber disipado en torpes excesos tanto su patrimonio como otras ricas herencias de las antiguas familias de Crescente y Pereti, recorría las ciudades de Italia con histriones, tan pronto haciendo de director de la compañía como diciéndose marido de una de las comediantas. Las declamaciones y el ejemplo de estos personajes habían pervertido á otros muchachos de poco juicio que per— tenecían á las primeras familias de Roma: los Borghese, Santa Croce, Sforza, Cesarini y otros, que, ansiosos de hacer de figura y llevados por la ligereza é irreflexión de su edad, se morían por plumeros y Sables y estaban muy gozosos de imitar en todo los modales de los franceses. Pero lo que más contribuyó á

trastornar á estos jóvenes fueron los Padres de las Escuelas Pías, que en vez de criarlos con sabiduría y de enseñarles las ciencias, los corrompieron inspirándoles el espíritu más irreligioso y la disolución más desenfrenada. El Colegio Tolomeo, en Toscana, y el Nazareno, en Roma, eran las dos casas de educación de mayor crédito, adonde la primera nobleza de Italia hacía estudiar á sus hijos: pues los profesores de estos Colegios fueron los que más fomentaron la revolución romana y los que hicieron el primer papel en ella.

»Los jóvenes atolondrados de que se acaba de hablar, gobernados con maña por los conspiradores, pagaban con su dinero las cenas y francachelas, que llamaban clubs, que se celebraban en la Villa Medicea ó en otros barrios. Allí se suscitaban cuestiones que eran superiores, ciertamente, á las luces y capacidad de aquellos muchachos. El Gobierno sabía todo esto; pero aunque temiese malas resultas de semejantes reuniones, no tomaba sino medias medidas, que lo echan todo á perder en las grandes ocasiones. Por fin se resolvió á salir de su indolencia habitual: hizo doblar las patrullas de noche y puso á los alguaciles en campaña. Los conspiradores, conociendo entonces que eran temidos, lejos de alarmarse, mostraron mayor atrevimiento y desfachatez. Habría sido menester arrestar y castigar inmediatamente una media docena de los principales corifeos: con esto los otros hubieran en– trado en sí mismos. Ni Roma ni el Papa hubieran pasado por los horrores increíbles que sobrevinieron después.

»Los conspiradores contaban con la protección del Embajador de Francia, de la cual se vanagloriaban muchas veces. Vivían persuadidos de que su conspiración estando perfectamente dispuesta, el represen

tante de la República francesa protegería, sin duda ninguna, la insurrección contra la tiranía. Pero José Bonaparte nunca les dió esperanzas ni les prometió apoyarles. Mme. José Bonaparte, señora muy piadosa y de una dulzura angelical, tenía en su compañía á su hermana Mlle. Desirée, Reina actual de Suecia, tratada de casar con un General de brigada, llamado Duphot, hijo de un posadero de Lyon, hombre tosco y sin ninguna educación; pero que, por otra parte, era valiente y estaba animado de ardor tan grande, que se pudiera llamar fanático, lo cual es de la mayor importancia en las revoluciones, porque equivale á poseer todas las luces y todas las virtudes. Antes de llegar á Roma se detuvo algunos días en Génova y realizó una explosión revolucionaria en aquella República, obligando á los propietarios y gentes honradas á ceder el mando á los sans-culottes y descamisados, los cuales no tardaron en apoderarse de todas las riquezas de aquella ciudad opulenta por las confisca

ciones y los destierros. »Albricias se dieron los conspiradores de Roma por el arribo de hombre semejante: al punto se pusieron en comunicación con él. El resultado de sus deliberaciones fué resolver que se determinase al Embajador á ponerse á la cabeza del movimiento. El día 29 de Diciembre se juntaron 40 de ellos; fueron al Palacio Corsini en diputación, y le pidieron ó, por mejor decir, le intimaron que se uniese con ellos para destronar al Papa y dar la libertad al pueblo romano. El Embaja— dor, lejos de accederá esta pretensión, les echó en cara su temeridad, les mandó que saliesen de su casa y hasta les amenazó que daría parte al Gobierno para que les castigase como merecían. La avilantez de los conju– rados se convirtió en miedo; huyeron llenos de espan

to: algunos fueron á esconderse en las bodegas y caballerizas del Embajador; otros se dispersaron por las calles sin objeto determinado. Estos últimos dan con algunas patrullas que el Gobierno había hecho salir á los primeros avisos que tuvo de la asonada, y viéndose en el momento de ser arrestados, retroceden y se refugian en casa del Embajador. Los que estaban allí ocultos, creyendo que había algún levantamiento popular en favor suyo, salen de sus escondites gritando con toda su fuerza ¡Libertad, libertad' y acompañando sus gritos de ademanes y amenazas. Algunos subieron al primer piso del Palacio y desde allí repetían el mismo clamor, y sacando bolsillos procuraron seducir al pueblo distribuyendo dinero. Capitaneaba el tumulto el Abate Piranesi, que había dejado el vestido clerical por el uniforme de Cónsul de Suecia en Ancona, y que violaba abiertamente su deber conspirando contra su Príncipe y contra su patria. Desde las ventanas del Palacio arengó á la muchedumbre atraída por el alboroto, y le echó el producto de la colecta hecha de repente, que ascendió á 30 escudos. Con suma tan tenue, sin más armas que algunos puñales y pistolas, sin apoyos ni provisiones, un puñado de mozalbetes se proponía nada menos que echar abajo al Gobierno y variar la forma de él. La idea única de que su espíritu estaba preocupado, era que en las revoluciones basta tener audacia aun en los casos más desesperados, y que no se emprenderían nunca semejantes cosas si se hubiese de dar oídos á los consejos de la prudencia.

»Viendo los soldados que perseguían á los del motín que se reunían éstos en el zaguán, desde donde les desafiaban, y que al mismo tiempo los que estaban en las ventanas querían alzar al populacho, hicieron una

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