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países. La Imglaterra, á pesar de los perjuicios que resultaban á su codicia por la proximidad de la Rusia á las Potencias meridionales, y de los que sufriría su comercio de Levante, ofreció sus buenos oficios, lo cual, sin duda, movió también á la Emperatriz á prestarse á la guerra contra Francia. No será, pues, extraño que sugieran al Emperador esta misma idea. ¿Quién sabe si la Corte de Viena no habrá dado su consentimiento con el fin de disimular su separación de la Liga?

»Si así no fuese, me inclino á creer que la Corte de Nápoles habrá sido promovedora de la especie. En el grande saqueo de caudales y efectos que han hecho en Nápoles para surtir á los ingleses, han llevado la mira de esta presa. De todos modos, sería perjudicial á nuestro comercio recíproco que cayese la isla en poder de alguna de estas Potencias.

»Mi estado, mis obligaciones á los Reyes y mi cortedad de talentos para manejar los negocios desde aquel punto, me deciden á renunciar el título de Gran Maestre, á menos que sin separarme de mi destino, sin contraer un voto solemne de castidad renunciando al matrimonio y sin que los objetos del establecimiento varíen, puedan conciliarse las ideas de la República con las de S. M., que son las mismas. La Orden necesita de la España, de la Italia y de la Polonia. La existencia de la Religión depende de la voluntad del Rey mi amo y de la Francia. Carlos V le dió el lugar que ocupa. ¿Sería, pues, impropia la alteración que se anuncia? V. E. sabe ya que no es el tratamiento ni los intereses los motivos de mi explicación: me sobran éstos, y no admito aquél con otras condecoraciones de alguna más consideración que me proporcionaba el Rey mi amo, como he dicho áV. E.

V. E. conocerá, pues, que sólo me mueve á tomar este partido el interés de los dos países; pero mi satisfacción será completa y suficiente, siempre que mis sentimientos merezcan la aprobación del Gobierno francés y que quede éste persuadido de la generosidad con que correspondo á sus insinuaciones.

»Aranjuez 5 de Mayo de 1797.»

Se ve, por la respuesta del Ministro español, que la negativa no era absoluta, sino condicional.

D. Manuel Godoy alega en sus Memorias (1) otra razón que le determinó para no abrazar francamente la propuesta. «Se imaginó que la intención del Directorio era solamente apartarle de la dirección de los negocios en España, y sin duda, dice, hubo de entrar también esta mira en su política; pero un año después ví el motivo potísimo que dominó en aquella intriga, y noté bien el lazo que me había sido preparado en la suerte del Gran Bailío de Brandemburgo, Barón de Hompech, último Gran Maestre en ejercicio de la soberanía de los caballeros sanjuanistas.» Lo que la Francia quería, con efecto, era apoderarse de la isla de Malta para su empresa contra Egipto; por tanto, le convenía poner la autoridad en manos del favorito de Carlos IV. .

Portador de la propuesta hecha por los directores al Príncipe de la Paz fué el Conde de Cabarrús, que, ha– llándose en París á la sazón, partió para Madrid con este objeto.

El proyecto no se realizó. Aparte de otros obstácu— los que le hacían sumamente dificultoso, las alteraciones esenciales de la constitución de la Orden que pedía el mismo Príncipe de la Paz, bastaban para que no

(1) Tomo III, pág. 157. Edición española.

tuviese cumplido efecto. Mas parece que el pensa— miento de elevarle á la dignidad de Gran Maestre de Malta, dió nacimiento á la idea de su enlace con la hija del Infante D. Luis. Suponiendo que el Soberano de Malta no hubiese de estar obligado al voto de cas– tidad, puesto que el Príncipe de la Paz así lo pedía, Carlos IV quiso proporcionar ó, digámoslo así, habilitar á su Vallido para la soberanía, uniéndole con su propia familia. «Yo haré, le dijo, que puedas presentarte con honra á desempeñar la alta dignidad que le destinan.» Así lo hemos oído de boca del mismo Don Manuel Godoy, y así habrá sido realmente, pues no hay motivo para poner en duda su veracidad en esta materia. Pero tenemos por muy verosímil que, aun sin que hubiese habido tal proyecto de soberanía, la Reina hubiera pensado en elevar á su amante y ha— bría promovido este enlace.

Además, es de toda evidencia que las instancias hechas por el Directorio al joven Ministro acerca del Maestrazgo de la Orden de Malta, precedieron algunos meses solamente á su casamiento con la hija del Infante D. Luis, celebrado en Septiembre de 1797.

Resolución de Roma, destronamiento y destierro
del Papa Pío VI.

Otro asunto de no menor importancia que la protección de Portugal y de los Estados de Parma, era para el Rey Carlos IV la suerte del Papa Pío VI, del cual se había declarado defensor al tiempo de firmar el Tratado de Basilea. A la respetuosa veneración que el Rey tenía á la Santa Sede; á la obediencia y amor dial que profesaba al Padre común de los fieles, á

ejemplo de sus augustos y piadosos predecesores, se añadía el afecto personal al Papa Pío VI. No obstante la viva enemistad de la Convención contra la Corte romana, el Rey Católico puso empeño particular, así por medio de su Plenipotenciario en Roma como por otros actos posteriores, en advertir á la Corte pontificia de los riesgos que la amenazaban. Poco tiempo después de firmado dicho Tratado, hubo de emplearse ya con eficacia en asistir á Pío VI, afligido por vivas penas y expelido de sus Estados temporales con vioIlencia.

Después de vencidas en Italia las tropas del Emperador de Alemania por los republicanos franceses, era difícil que el Gobierno papal se mantuviese. El Tratado de Campoformio dejó al arbitrio del Directorio perturbar y destruir los Gobiernos de Italia. Señaladamente los Estados pontificios eran el blanco de su cólera filosófica. Por echar abajo al Papa trabajaba con ardor y perseverancia. Impacientes estaban los directores de París hasta no derribar aquel antiguo poder, que, en su sentir, era contrario á la felicidad de los demás pueblos. Aún no estaba concluído el Tratado de Campoformio, y el Ministro Talleyrand enviaba ya sus instrucciones á José Bonaparte, Embajador de la República en Roma, prescribiéndole que, lejos de contener á los que pensasen ser llegado el tiempo de acabar con el reino de los Papas, les ayudase y que fomentase en él el espíritu que comenzaba á manifestarse ya en favor de la libertad. El Presidente del Directorio, Revellière Lepaux, inventor de la nueva secta religiosa llamada de los teophilántropos, escribía así al General Bonaparte el 21 de Octubre, antes de saber la conclusión del Tratado de Campoformio, firmado el 17: «Por lo que hace á Roma, el Directorio aprueba

las instrucciones que habéis dado á vuestro hermano el Embajador (José Bonaparte) sobre que impida que se nombre un sucesor de Pío VI. La coyuntura no puede ser más oportuna para fomentar el estableci— miento de un Gobierno representativo en Roma y para sacar á Europa del yugo de la supremacía papal.» Es de notar que hasta entonces Bonaparte se había manifestado contrario á la formación de un Gobierno representativo en Roma; del mismo modo se había opuesto al designio de arrojar al Rey de Cerdeña de sus Estados. Olvidado de repente de su sensatez y su oposición á los botafuegos de París, se le ve también animado de los deseos de acabar con el Gobierno papal. La instrucción dada á su hermano, de que se hace mención en la carta del Director, era ésta: «Si el Papa muriese, haréis cuanto sea posible para que no se nombre otro y para que haya una revolución.» A vista de tan decidido empeño, no era de esperar que Roma pudiese resistir á los efectos del odio de sus enemigos. La situación de aquella capital era lastimosa en verdad. Por el Tratado de Tolentino, Roma fué despojada de la principal parte de su riqueza, lo cual no pudo menos de aumentar el número de los descontentos en ella. Su estado era tanto más crítico, cuanto que no podía esperar mejorar de suerte. Los franceses, señores de Italia, establecían la República cisalpina con el fin de tener en ella un centro de donde partiesen sin cesar agresiones democráticas contra los Príncipes, y señaladamente contra el Papa. Nápoles hubiera podido hacer algún contrapeso en la balanza; pero en lugar de socorrer verdaderamente á los Estados pontificios, los conmovía y precipitaba. Pío VI era muy anciano y estaba habitualmente enfermo. Su próxima muerte iba á ofrecer al partido democrático ocasión

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