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rece que conviene en el día. S. M. Católica no cederá aquellas provincias (la Luisiana y la Florida) mientras no asegure su reino y resarza á sus vasallos. Su honor se compromete, y yo sería un débil Ministro si no me interesase en darle todo el lustre de que es merecedor. El señor Infante se contentará con sus EStados si no pueden extendérsele. Todo viene á quedar como se estaba, menos la España, que se halla despojada de una posesión la más esencial de sus Américas (1). Día vendrá en que la recobre, y el Gobierno francés pudiera adelantarle esta feliz época si fuese menos reservado con las Cortes que son sus amigas.»

Posteriormente iban ocurriendo todos los días nuevos sucesos que desvanecieron las esperanzas de mejorar la suerte del Duque de Parma. En virtud de las determinaciones del Directorio, los Estados de Bolonia, Ferrara y la Romaña propusieron que sería conveniente unirse á la República cisalpina, cuya propuesta, habiendo sido aceptada, se verificó solemnemente la incorporación á aquel nuevo Gobierno republicano; y como la Romaña hubiese sido siempre el objeto de compensación para los proyectos relativos al Duque de Parma, era menester ya apelar á otra nueva idea. Poco tiempo después los Estados mismos del Infante, situados á la orilla izquierda del Po, fueron invadidos de repente por las tropas de la Repú— blica cisalpina, en medio de la paz y buena armonía que reinaba entre ambos Gobiernos, y sin que hubiese dado el Infante motivo alguno para tan impensada agresión. El ciudadano Pino, Comandante de la segunda legión de dicha República, tuvo orden de su Ministro de la Guerra para ocupar aquellos territorios,

(1) La isla de la Trinidad, que habían tomado los ingleses.

pretendiendo que le pertenecían, y previniéndole que publicase en todos aquellos pueblos su independencia de la autoridad del Infante. Se le mandaba también que plantara en ellos el árbol de la libertad, apoderándose de las rentas y efectos pertenecientes á S. A. Real y á su Cámara, y que hiciese quitar de todos los parajes públicos las insignias y señales de su sobera

nía. El Ministro le ordenaba además que hiciese cesar en el desempeño de sus cargos á los Ministros del Gobierno parmesano, nombrando en su lugar á otros para que administrasen provisionalmente. Por último, exigía que todos aquellos habitantes usasen de la es– carapela de tres colores como testimonio de que ya pertenecían al Gobierno cisalpino.

El Infante-Duque de Parma, cansado de las vejaciones que sus vasallos sufrian y deseoso de mejorar su suerte, conviene, por fin, en aceptar la isla de Cerdeña. Las circunstancias habían variado; su deseo fué inútil.

Agresión hecha de propósito tan deliberado, no dejaba la menor duda de que la República recién nacida estaba apoyada por la República madre. Por tanto, el Infante solicitó sin pérdida de tiempo la intervención del Rey de España y de su Embajador en París. El Ministro Talleyrand contestó friamente á las notas del Marqués del Campo, diciendo que se habían pedido noticias acerca de los hechos de que se quejaba el Infante, y que en todo caso el asunto podría componerse sin ruido, explicándose ambas partes y conviniendo en compensarse mutuamente sus pérdidas. Enpe anfo decayó de ánimo el Infante con las inquietuales que le ocasionaba el Gobierno vecino. Aquella

magnánima resolución que mostró anteriormente de no separarse nunca de sus amados vasallos, se convirtió de repente en vivo deseo de salir de Parma y de admitir, ya las compensaciones propuestas, ó ya otras que se tuviesen por convenientes, á trueque de no vivir expuesto á los atropellamientos de la República cisalpina. Por desgracia no había ya posibilidad de satisfacer su deseo. Para colmo de desventura, 11.000 hombres de tropas francesas llegaron á los Estados del Infante, y exigieron que, durante el tiempo de su permanencia en ellos, fuese su manutención de cargo del Gobierno parmesano, contra el tenor de lo tratado con la República francesa. Arrepintióse entonces todavía más el Infante de su pasada inflexibilidad, sin que su estéril dolor bastase á proporcionarle medios para salir de su embarazosa situación. El Rey Carlos IV, afanoso siempre por atender á los intereses de su hermano, continuó sus instancias con la República, su aliada, en favor del Infante; pero sin lograr más fruto de ellas que vanas protestaciones de amistad y manifestación de buenos deseos de complacer á S. M.

El Maestrazgo de Malta propuesto por los franceses al Príncipe de la Paz.—Su respuesta.

Hacia aquel tiempo propusieron los franceses al Príncipe de la Paz que se hiciese soberano de la isla de Malta. El motivo de esta proposición fué el si— guiente: Bonaparte, en el momento mismo en que, favorecido por la fortuna, acababa de enseñorearse de Italia, fijaba ya la vista en Egipto, cuya conquista le ofrecía nuevos laureles. La Francia, desposeída de

sus colonias, había menester buscar la adquisición de muevos establecimientos marítimos, y el Egipto, así por su posición geográfica como por la fertilidad de su suelo, llamabá la atención de la República. Trataba Bonaparte con los Ministros del Directorio sobre los medios que convendría emplear para llevará cabo tan importante empresa, y señaladamente observaba que, ante todas cosas, era menester ser dueños de Malta. El Ministro de Relaciones exteriores, Delacroix, le respondió de esta manera en 16 de Julio de 1797: «Hace ya bastante tiempo que estamos informados de que el Príncipe de la Paz desea ser Gran Maestre de Malta. No cabe duda en ello. Estamos ciertos que hará las más vivas diligencias para lograrlo. El Rey de España no tendrá reparo en darle 500 ó 600.000 francos, y cuando no, él mismo sacrificará esta cantidad. En cuanto á la expedición militar, si es indispensable hacerla, convendrá que la haga España. Por otra parte, nosotros no podemos intentarla. Habiendo Malta observado puntualmente su neutralidad, y aun socorrido muchas veces á nuestros marinos, carecemos de pretexto para declarar la guerra á su Gobierno. Estoy cierto de que el Cuerpo legislativo no consentiría en romper con él. España podrá hacer lo que habéis propuesto, y lo hará con empeño, puesto que el que gobierna este reino habrá de sacar provecho de ello. Tengo orden del Directorio para escribir sobre el par

ticular á nuestro Embajador en Madrid.» Con efecto, en virtud de las órdenes del Directorio, el ciudadano Pérignon, Embajador de la República en Madrid, hizo presente al Príncipe de la Paz que debía pensar seriamente en Malta; que el Gran Maestre estaba moribundo y se hablaba de darle por sucesor un alemán; que convendría mucho más que un español

obtuviese esta dignidad, y, en fin, que si el Príncipe de la Paz tuviese en ello miras personales, el Directorio ejecutivo le apoyaría con todo esfuerzo. El General Bonaparte es de parecer, decía, que con 500 ó 600.000 libras habría lo bastante para hacer á un español Gran Maestre de la Orden. El Gobierno francés no podía hacer tal sacrificio en aquellas circunstancias, teniendo su Erario atenciones de tanta urgencia y gravedad. El Príncipe de la Paz pudiera hacer dicho desembolso, ó bien intentar la operación por cualquier otro medio que le pareciese seguro y de fácil ejecución. Sería muy importante apoderarse de la Valette, porque si España no toma medidas prontas y eficaces, Malta caerá en poder del Rey de Nápoles, lo cual sería perjudicial para Francia y mucho más para el Rey de España. Al comunicar el Embajadar al Príncipe de la Paz las instrucciones de su Gobierno, no se olvidó de llamar la atención del Ministro español sobre lo grande y honorífico de la empresa que se le proponía.

Los franceses tenían por cierto que siendo el Príncipe de la Paz Gran Maestre de Malta, la República tendría en realidad la soberanía de aquella isla, y por eso lisonjeaba la ambición del Valido de Carlos IV con la perspectiva de tan alta dignidad. Como el Directorio fuese de antemano sabedor de los deseos del Príncipe de la Paz, no dudó de que aceptaría el partido que le proponía. El protegido del Rey de España respondió así:

«Sobre Malta diré á V. E. que desde los principios de la guerra entre España y Francia, procuró la Emperatriz difunta (Catalina II) aprovechar la ocasión y hacerse reconocer por la lengua de Polonia, que conservaría cuando fuese poseedora absoluta de aquellos

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