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tranquilizarmos las expresiones del Directorio, éste no nos ha disimulado el embarazo en que se halla para conciliar los empeños contraídos por Bonaparte, con la justa consideración que deseaba tener por S. A. R. y por las eficaces recomendaciones de S. M. Católica. Los individuos del Directorio, con quienes hemos hablado sobre este punto repetidas veces, nos han hecho entender que solamente fuera de Italia podría Su Alteza Real encontrar la seguridad que la República desea procurarle.

»Sí, señor Conde: fuera de Italia ha de ser, pues el establecimiento en la Romaña presentaría los mismos riesgos; y esto es lo que prueba que el Directorio no había intervenido de modo alguno en la proposición del General Bonaparte á S. A. R.

»La isla de Cerdeña solamente presenta á S. A. R. esta seguridad, y una compensación ventajosa de todos sus Estados. Sus rentas son cuando menos igua— les, y pueden aumentar fácilmente por la protección de S. M. Católica, no menos eficaz para hacer florecer la Cerdeña por medio de concesiones de comercio, que para proteger á S.A. R. contra toda invasión exterior y hacer respetar interiormente su autoridad. Por otra parte, ¿con qué entusiasmo estos isleños, oprimidos desde tiempo inmemorial por sus Virreyes, y que ven pasar el fruto de su sudor á manos extranjeras, no recibirán á un Soberano que irá á vivir en medio de ellos, que les distribuirá lo que perciba, y que, ocupándose exclusivamente de su felicidad, deberá por necesidad encontrar allí la suya?

En esta perspectiva agradable debe hallar Su Alteza Real el consuelo del sacrificio doloroso que le im

pone la necesidad imperiosa de los sucesos. Nos hace

mos bien cargo de lo que debe costarle abandonar el

patrimonio de sus padres, su cuna y la de sus hijos, un pueblo fiel y honrado, y los lugares en que reconcentró todas sus inclinaciones y hábitos; pero ¿qué pesar no experimentaría, por otra parte, si por no haber cedido oportunamente se viese reducido á sufrir las mismas pérdidas sin poder obtener las mismas compensaciones? ¿No se arrepentiría entonces de haber dejado perder la ocasión de procurarse á sí y á su hijo un establecimiento ventajoso?

»Los sucesos de que hemos sido testigos son tan nuevos, que en vano buscaríamos consejos en la antigua política aplicables á ellos, y sólo alejándose del peligro y aislándose con oportunidad puede evitarse aquél. Así lo hizo España por medio de una paz ventajosa y oportuna; así debieron hacerlo en la misma época los Príncipes de Italia, apartando el torrente que ya les ha destrozado bastantemente, y que les amenaza con una total destrucción.

»Aún es tiempo para el Sermo. Sr. Infante: el Directorio está en las mejores disposiciones hacia S.A. para facilitarle el establecimiento de que se trata; y si las consideraciones que hemos tenido el honor de exponer áV. E., fruto del celo más puro, deciden á S.A. á honrarnos con sus órdenes, entablaremos desde luego una negociación con el Directorio, que la hará admitir á la Corte de Turín, con tanta mayor facilidad cuanto debe mirar este trueque como ventajoso.»

El Duque de Parma persiste en su resolución de no separarse de sus súbditos.

Para afianzar mejor el efecto de estas amonestaciones, escribió el Marqués del Campo una carta muy afectuosa al P. Quiñones, su pariente, General de la

Orden de Santo Domingo, residente en Roma, instruyéndole de los motivos en que se fundaban los ruegos hechos al señor Infante, y pidiéndole que hiciese las convenientes advertencias y prevenciones á un reli— gioso dominico á quien el Infante-Duque veía con mucho afecto y confianza, á fin de que explayase el ánimo de aquel Príncipe y le trajese al punto que el Rey deseaba. Pero ni las consideraciones expuestas por los Plenipotenciarios, ni las gestiones indirectas, encaminadas á que el Infante mudase de resolución, bastaron á doblegar su ánimo. De propio puño escribió el Duque de Parma al Marqués del Campo, dando gra— cias á los Embajadores por el interés que tomaban en su suerte; pero declarando su intención de no sepa— rarse de sus amados vasallos, «intención, decía, que me ha sido dictada por la religión y por el honor, de la cual no podría yo apartarme sin faltar á estas dos cosas.» Añadía «que si para aumentar sus Estados era menester renunciará los que tenia, no quería nada. A la fuerza no hay resistencia. Si se recurre, pues, á la fuerza para desposeerme de mis Estados, estoy resuelto á dejar la autoridad y fijarme en donde Dios me dé á entender. El mundo me tendrá entonces por un desgraciado; mas lo seré tan sólo en la apariencia, quedando en mi corazón el consuelo inefable de tener después de mi muerte la recompensa que un Dios justo no puede menos de conceder á quien lo ha aban— donado todo por cumplir con sus obligaciones. Tal es mi resolución invariable, la cual no nace de fines ocultos ni del hábito de vivir en el país de mi nacimiento, puesto que estoy pronto á abandonarlo todo, cierto de la aprobación de Dios y de los hombres, mucho más de lo que lo estuviera si trabajase por adquirir y adquiriese, con efecto, el imperio del mundo.» El Conde

Ventura respondió á la carta de los Plenipotenciarios, diciendo que sentía vivamente la resolución del Duque, pero que no podía mudarla.

El Directorio muda de opinión acerca del proyecto.

Por más nobles que fuesen los sentimientos del Infante, la Corte de Madrid no vió con gusto tan obstimada resistencia, si bien no influyó ésta en manera alguna en sus deliberaciones ulteriores, pues aunque el Infante-Duque hubiera cedido á los consejos de la Corte de Madrid, habría sido imposible mejorar su suerte. La República hizo saber al Príncipe de la Paz con fecha del 18 de Julio, por el ciudadano Pérignon, su Embajador en Madrid, que las circunstancias eran ya totalmente diversas; que en otro tiempo hubiera sido fácil al Directorio obtener para el Duque de Parma la posesión de la isla de Cerdeña; pero que la respuesta del Gobierno del Rey (la en que se negó á ceder la Luisiana y la Florida) había variado la política del Directorio ejecutivo; que los países vecinos de los Estados de Parma que hubieran podido servir para los Convenios propuestos, habían proclamado su indepencia, y que todo lo que el Directorio podía hacer en favor de S. A. R. con respecto á la navegación del Po y á otros objetos, sobre los cuales la República ofrecía emplear su mediación con todo el celo posible. Prometía también que así las nuevas Repúblicas como los Generales franceses obrarían en tal manera que los Estados del Infante-Duque de Parma viviesen en plena confianza y seguridad.

El Directorio consiente en volver á abrir la negociación, ó, por mejor decir, en que continúe.

No por esto cerraba el Directorio la puerta á la negociación. Fija siempre su vista en la Luisiana y la Florida, proponía la conclusión de un Tratado en que el Rey prometiese la cesión de estas posesiones ultramarinas á la República, á condición que ésta procu– rase al Duque de Parma una existencia política en Italia tal que pudiese servir de compensación por los dominios que el Rey cedía. El Embajador francés instaba, sobre todo, porque el Tratado se concluyese sin pérdida de tiempo, dando por razón que la parte de los Estados de Italia que pudiese ser cedida á S. A. R. Se hallaba en una crisis peligrosa, cuyas resultas impedirían quizá toda negociación si no se hacía prontamente el convenio, y que S. A. R. quedaría reducido á sus propios dominios.

Por la respuesta del Príncipe de la Paz á la nota del Bimbajador francés, se echa de ver que estaba poco satisfecho de la amistad de la República. Quéjase, entre otras cosas, de la reserva con que procedía el Directorio con España, así en punto á las negociaciones con el Emperador, como en cuanto á los proyectos que tenían sobre Italia y otras cosas. «Nada ha ignorado la Francia de la España, dice, y nada ha sabido la España de la Francia. Hasta ahora no ha recibido aquélla ventaja alguna de su alianza, y la Francia no ha proyectado especulación á que España no haya concurrido.

»He dicho lo que siento, concluía, y cuanto me pa

Tomo xxxiii. 3

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