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parte no perjudica á la Francia, y antes bien le ase

gura de su constancia para lo sucesivo.»

El Directorio prometió cooperar al logro de las intenciones del Rey; pero valiéndose del interés que Carlos IV manifestaba en favor del Infante-Duque de Parma, y alegando también que el Papa estaba gravemente enfermo y convenía hacerse respetar en Italia para la elección del nuevo Pontífice si Pío VI fallecía, oponiéndose eficazmente á la influencia de las Cortes de Viena y Nápoles, pidió que España enviase á Parma 6.000 soldados, es á saber, 5.000 hombres de infante— ría y 1.200 de caballería. Con dichas tropas quedarían guarnecidos los Estados del Infante-Duque de Parma. Solamente, en caso que las circunstancias lo exigiesen, el General Bonaparte entreveraría los soldados españoles con los republicanos. Pedía también el Directorio cuatro navíos de línea para vigilar el puerto de Nápoles, fuerza que tenía por bastante, habiéndose retirado la escuadra inglesa de aquellas aguas. La España manifestó que consentía en enviar 6.000 hombres para la defensa de los Estados de Parma; pero observó, en cuanto á unirlos al ejército de la República, que, no hallándose en guerra con el Emperador ni con el Rey de Nápoles, no tenía por conveniente provocar por este medio un rompimiento con estas Po— tencias. Por lo que respecta á los cuatro navíos, hizo presente que no era cuerdo destacar tan pequeña fuerza, comprometiéndose y debilitando por su separación la escuadra de S. M., que debía emprender operaciones de suma importancia.

Pensamiento de dar la isla de Cerdeña al Duque de Parma; España dejó entender que cedería la Luisiana y la Florida á la Francia.

Para obviar éste y otros inconvenientes, volvió el Rey á pensar en el proyecto presentado anteriormente por la Francia de trasladar á S. A. R. á la isla de Cerdeña, cuya posición le alejaba de sus continuos compromisos en Italia. Una de las instrucciones dadas por el Príncipe de la Paz al Marqués del Campo y al Conde de Cabarrús, Embajadores nombrados por el Rey para asistir á las conferencias del Congreso de Berna, tenía por objeto lograr que el Infante-Duque de Parma fuese establecido en la isla de Cerdeña. El Rey había dado esperanza á la Francia de que le cedería la Luisiana y la Florida, siempre que el Duque de Parma fuese tratado con la consideración debida y que sus Estados se engrandeciesen. «Como las cosas de Italia, añadía, quedarán tan escabrosas y difíciles de reducir al orden, preferirían SS. MM. que en compensación de las pérdidas y cambio de los Estados del Infante-Duque de Parma, se le diesen las islas de Cerdeña y de Córcega; y si también se entregaba á S. M. la plaza de Gibraltar, haría el sacrificio de las provincias Luisiana y Florida.» Había grandes obstáculos para realizar esta idea. No era, por cierto, el menor de ellos la firme resolución que mostraba el Duque de Parma de no separarse por ningún motivo de sus vasallos y de vivir como simple particular si por combinación de política se le quería obligar á abandonar la soberanía de sus Estados. Para no perder,

pues, tiempo, se encargó á los dichos Embajadores, Marqués del Campo y Conde de Cabarrús, que hiciesen entender el proyecto á S. A. R.

El Duque de Parma se niega á separarse de sus vasallos.— El Marqués del Campo y el Conde de Cabarrús tuvieron orden de persuadir al Infante á ceder y adoptar el plan propuesto.

En virtud de esta orden, el Marqués del Campo y el Conde de Cabarrús pasaron inmediatamente al Conde Ventura, Secretario de Estado del señor Infante-Duque de Parma, un escrito que contenía las observaciones siguientes:

«Nada hay hasta el día más indeciso, decían, que la suerte de la Italia, y todo nos hace creer que la paz de la Francia con el Emperador depende esencialmente del resultado de las conferencias que se han abierto en Lila con la Inglaterra. Suponiendo, pues, que otras conferencias no produzcan una paz inmediata entre estas dos Potencias, nada es más verosímil que el que la Corte de Viena, unida con la de SaintJames y de San Petersburgo, intentará nuevos esfuerzos, y en tal caso no se puede pensar sin dolor en los medios que dictará al General francés la necesidad de no dejarle á las espaldas nada de cuanto pueda estorbar su retirada á Roma, en caso de derrota. Roma, Nápoles, la Toscana y el Piamonte mismo serán invadidos por los ejércitos franceses, al mismo tiempo que el fermento revolucionario obre en su apoyo; la destrucción de todos estos Gobiernos se realizará, y entonces por más respeto que tenga el General francés á los derechos de S. A. R., cualesquiera que sean

las órdenes del Directorio, no es fácil concebir cómo, en medio de una convulsión general, los Estados de Parma habrán de ser los únicos que la eviten y conserven su forma antigua. »Si llega á concluirse la paz, como es más lisonjero esperarlo, el peligro, aunque menos inminente, parece no menos cierto; y, por de contado, el Directorio acogerá con dificultad toda pretensión que se dirija á dar á S.A. R. los aumentos que desea y que habrían de tomarse de las nuevas Repúblicas de Italia. S. A. R. ha tenido ha prueba de esto en la proposición que se le ha hecho de cambiar sus Estados por un establecimiento en la Romaña; esto es, que lejos de cercenar las nuevas Repúblicas para aumentar el patrimonio de S. A. R., el General Bonaparte procure redondearlas. »Ningún aumento hay, pues, que esperar del Tratado de paz; pero ¿consolidará ésta á lo menos la propiedad y seguridad de S. A. R.? No lo creemos, pues miramos como incompatibles con los Príncipes vecinos, más endebles que ellas, á las nuevas Repúblicas de Italia. Sus emisarios han ido ya á predicar la insurrección en los feudos imperiales. El trastorno del Gobierno de Génova ha sido efecto de sus maniobras; éstas agitan el Piamonte, y sus clubs incendiarios deben propagar necesariamente en la circunferencia su doctrina de desorganización. Nos persuadimos que S. A. R., amado de sus pueblos, que hace felices, podrá defenderse más tiempo de los progresos funestos de la democracia; pero por más sacrificios que haga, no podrá suprimir ni todas las contribuciones, ni los derechos de señorío, ni los diezmos; no puede tampoco evitar que haya descontentos y desgraciados, y basta un corto número de éstos bien atrevidos y desesperados para seducir al populacho,

presentándole exenciones y franquicias siempre atractivas para él. La propiedad seguida de las comodidades, está en todas partes repartida entre un pequeño número de personas; la mayor parte de la población sufre y nada posee: basta, pues, esto para adivinar cuál será la suerte de una guerra entre estos dos partidos tan desiguales, y para prever que el pueblo, que sólo debía aspirar á mejorar de suerte por un trabajo honrado y legítimo, preferirá, luego que se intente excitarlo, los medios que más lisonjeen su impaciencia, por más tumultuosos que sean.

»Rodeado, pues, de peligros continuos, S.A. R. tendrá siempre que estar en alarma, tomar precauciones y mantenerse armado contra sus vasallos; y prescindiendo de lo aflictiva que debe ser para su corazón generoso semejante situación y sistema, los gastos de un cuerpo militar permanente no podrán nunca convenir al estado de su Erario, fuera de que aumentaría el riesgo si establecía nuevos impuestos y nuevas vejaciones para su alojamiento, subsistencia, etc.; y aunque el Rey nuestro amo esté muy inclinado á volar en favor de S. A. R., le es muy fácil convencerse de los embarazos, lentitudes, y, por consiguiente, de la insuficiencia de este socorro, que sólo podría pasar por el territorio de las Repúblicas mismas que suponemos ser instigadoras de los movimientos que nuestras tropas iban á reprimir.

»La alianza de estas Repúblicas con la de Francia suscitaría una dificultad más, pues constituyéndose á ésta por árbitro de sus diferencias, debe sernos permitido temer que sus decisiones se resentirían siempre de los principios que profesa ella misma.

»Esto es, señor Conde, lo que hemos visto y vemos con respecto á la situación de S. A. R.; y lejos de

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