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Marqués del Campo, y más principalmente por ocul– tos manejos y promesas de dinero, se logró prolongar el término de la ratificación del Tratado. «Sé positivamente, decía el Marqués del Campo al Príncipe de la Paz en 5 de Diciembre, que cuando se comenzó á hablar á los Directores de este asunto, aparentaron hallarse muy ocupados en cosas más esenciales y le dejaron para otra ocasión, con la mira de tomarse tiempo para que se madurase la breva y ciertas labores secretas en que se emplean algunos agentes que se aparecen. Así va el mundo. Se hace indispensable valerse de tales medios para evitar otros mayores males; y por lo mismo, ahora aspiramos á contentar en particular á algunos individuos, reduciéndolo á un sacrificio moderado, á fin de que se ratifique el Tratado tal como está, porque si se hubiese de concluir otro y se nos pidiesen nuevos dones, ascenderían á muchos millones. «La consecuencia de todo es que quedamos en la persuasión y confianza de que se aceptará la ratificación pura y simple, y que para ello se trata de contentar á unos y á otros lo más barato que se pueda.» Por desgracia estos manejos trajeron un resultado funesto y estrepitoso. Parece que el caballero Araujo quiso ganar por dádivas á algunos de los que andaban cerca del Director Barrás y del Ministro Talleyrand, y que, por falta de la reserva necesaria en esta clase de negocios, llegó á saberse el soborno de una manera indubitable. El Directorio se mostró vivamente ofendido. So pretexto de que el Enviado portugués no tenía ya ningún carácter diplomático, dió orden de prenderle y de llevarle á la cárcel del Temple, en donde estuvo tres meses. La circunstancia de haber sido hecho el arresto hallándose Araujo enfermo y en

cama, puso en manos de los agentes de policía papeles importantes que revelaban los medios de que se había valido para el logro de sus fines (1). Se deliberó muy seriamente sobre formarle ó no causa criminal; pero al fin se abandonó toda idea de persecución judicial.

Era frecuente en aquel tiempo el soborno y la corrupción tratándose de negocios públicos. Un enjambre de manipulantes andaban en torno del Directorio y ofrecían sus buenos oficios por recompensas convemidas con anticipación. Al noble Quirini, Ministro de la República de Venecia en París, le había sucedido poco tiempo antes un contratiempo parecido al del caballero Araujo. Temeroso de los males que amenazaban á su República, y deseando hallar medios de evitarlos, movido de buen celo, dió oídos á las propueslas de algunos que, aparentando tener influjo en los negocios de Estado, le propusieron cuidar de los intereses de Venecia si consentía en hacer sacrificios oportunamente. No pudiendo hacer desembolsos efectivos, firmó varias letras de cambio á cargo de su Gobierno. Pero venidas dichas letras á poder de los agentes del Directorio y descubiertas estas estafas ocultas, fueron arrestadas varias personas, entre ellas el mismo Quirini. La mediación del General Bonaparte con el Directorio libertó al noble veneciano de los vejámenes que hubiera padecido sin tan poderoso protector. El caballero Araujo logró por fin salir también del Temple, para lo cual medió muy eficazmente el Marqués del Campo en unión con otros miembros del Cuerpo diplomático.

(1) Araujo confesó que había dado dinero para Barrás. (Carta del Conde de Cabarrús al Principe de la Paz: París 16 de Enero de 4798.)

Después de tan ruidoso incidente, la Corte de Lisboa no pudo ya obtener la ratificación del Tratado. Lo único que consiguió fué que el Directorio consintiese en ajustar un nuevo Tratado en Madrid.

Agradecida quedó la Corte de Lisboa á la tierna solicitud de Carlos IV por preservar á Portugal de la invasión francesa. No dudando de que sería grato á este Monarca ver recompensado el celo con que el Príncipe de la Paz llevaba á cabo sus paternales intentos, le nombró Conde de Evora-Monte. Quizá contribuiría también para esta distinción el parentesco que el favorito de Carlos IV acababa de contraer entonces con la Familia Real de España y Portugal por su casamiento con la hija mayor del Infante D. Luis, motivo suficiente para que el Príncipe Regente le concediese esta honra.

El Rey Carlos IV no se contentó con buenos oficios para el arreglo de los negocios de Portugal, sino que se manifestó dispuesto á hacer algunos desembolsos por el buen éxito de la negociación, y con efecto los hizo. El Conde de Cabarrús empezó á clamar desde París que el Directorio estaba decidido á enviar un fuerte ejército contra Portugal, atravesando nuestras provincias, á las cuales pondría en combustión con su apoyo y sus máximas. A su vuelta á Madrid repitió la misma especie, que, en efecto, cuadraba con otras noticias, y añadió que él había hallado, sin embargo, disposición en algunos miembros de ese Gobierno para evitar el fatal golpe que amenazaba á España, con una convulsión espantosa, tal vez antes que á Portugal. El tiempo urgía, porque se tuvieron avisos positivos de que iba á hacérsenos la intimación para el paso de las tropas. Así, pues, fué necesario aprovechar los momentos y ver si se podía parar el golpe, logrando

que se renovase el antiguo Tratado con algún aumento de dinero, y se dijo á Cabarrús que procurase cultivar la buena disposición de los que debían contribuir á su logro, dándole seguridad de que se les haría una decente expresión á su tiempo. Con este fin se pusieron en París dos millones de libras. El Directorio se negó constantemente á la ratificación del Tratado, y no llegó el caso de hacer uso de dádivas ni de sacrificios pecuniarios para este objeto. No anduvo la Corte de Madrid menos cuidadosa de proveer al bienestar del Infante-Duque de Parma, que de evitar los peligros que rodeaban á la Casa de Braganza.

solicitud del Rey Carlos Iv por el Duque de Parma.

La suerte del Duque de Parma era incierta. Hallá– Ibase en paz y buena inteligencia con el Directorio francés; pero sus Estados eran muy vecinos de la nue— va República cisalpina, creada por la Francia, y era de temer que el contagio de las máximas democráticas se comunicase á sus fieles vasallos. Es cierto que el Infante había procedido con tal prudencia durante las vicisitudes de la guerra de Ítalia, que Bonaparte le había escrito dándole el parabién de su conducta juiciosa y pacífica en medio de los levantamientos que la proximidad del ejército imperial ocasionó en otros Estados de Italia contra la dominación republicana.

Pero el empeño del Directorio era revolucionar á todos los Estados: su monomanía era tal acerca de esto, que ni el parentesco del Infante Duque de Parma con el Rey Carlos IV, ni la alianza de S. M. con la República, no podían ofrecer seguridad al Infante.

Bonaparte había declarado en vano al Directorio en diversas ocasiones que convenía mantener á los Estados del Infante en plena sumisión á la autoridad de este Príncipe. Los Directores, cuyo ardor por las innovaciones era verdadera fiebre, podían caer de un instante á otro en tal paroxismo que les hiciese olvidar las relaciones con su aliado. Este riesgo no era el solo. Se sucedían unos tras otros todos los días proyectos para la organización definitiva de los Estados de Italia. Nada podía tenerse por estable mientras que durase tal manía de mudanzas y trastornos. Apenas se supo en Madrid que los preliminares de paz entre el Emperador y la República francesa habían sido firmados en Leoben, cuando el Ministro de Estado hizo presente al Directorio, de orden del Rey, la necesidad de evitar en lo sucesivo las querellas, frecuentes hasta allí, entre los Estados del Infante Duque de Parma y los que confinaban con ellos, y pidió que se incorporasen al Infante dos pequeños sotos que eran la causa de continuas disputas, quedando así en su poder todo el Ducado de Plasencia, el uso de la pesca y navegación del Po. Así se vería también cubierto con el Ducado de Mantua. «Los pueblos de Gualtieri y Burcello, decía, con sus dependencias pertenecientes al Ducado de Módena, fijarían la propiedad de S. A. R. sobre el Ducado de Guastalla, de modo que con estos pequeños puntos, unidos al Condado de Novellara, el Principado de Caspi y Correggio y el Ducado de la Mirandola, pequeños Estados del Duque de Módena; el Lodesano y Cremona, que pertenecían á la Casa de Austria antes de la conquista de Italia por las armas francesas, quedarían destruídas las disputas y reunidos los Estados de S. A. R., cuya soberanía en esta

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