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tener ninguna de las salvaguardias creadas por la ley común para defensa de los inocentes. So pretexto de mantener la pureza de la fe, el Tribunal, conforme á su antigua organización, daba curso á las delaciones, hijas á veces del falso celo, y á veces nacidas también de envidia, de venganza y de otras viles pasiones. Para corregir ó desterrar tan abominables abusos, D. Manuel Abad y la Sierra, Arzobispo de Selimbria, ex-Obispo de Astorga é Inquisidor general, varón de ánimo recto, había querido obligar á la Inquisición á que juzgase por las reglas comunes de derecho; pero se traslució el intento, y exonerado de su cargo el Inquisidor general, fué puesto en reclusión en el Monasterio de benedictinos de Sopetrán, á catorce leguas de Madrid.

Estábamos entonces en guerra con los republicanos franceses, entre cuyos delirios sobresalía la incredulidad acompañada de intolerancia civil, extensiva á todas las creencias y apoyada en bárbaros rigores contra los que no hacían alarde de profesar abiertamente el ateísmo; persecuciones no menos injustas y atroces que las de la Inquisición misma. El horror que causaban aquellos hombres feroces favorecía en España al Santo Oficio, el cual, no sin razón, fundaba en ello esperanzas de volver á recobrar su imperio. Una sola persona había entonces en todo el reino que por su valimiento hubiera podido dañar á la Inquisición, es á saber, D. Manuel Godoy, Duque de la Alcudia y después Príncipe de la Paz; pero lejos de pensar por aquel tiempo en disminuir el influjo de los Inquisidores, por el contrario, veía en ellos otros tantos auxiliares de su privanza: por tanto, contemporizaba con la autoridad del Tribunal de la fe ó le protegía. Duró poco este buen acuerdo, porque sobrevino el Tratado de

paz con la República francesa, seguido de la alianza del Rey con ella, y al punto los sostenedores de la Inquisición se indispusieron con el favorito, ofendidos vivamente de que hubiese pasado tan de pronto á tener estrecha amistad con los revolucionarios de Francia. A los rendimientos y sinceros homenajes de que habían sido tan pródigos hasta allí con el poderoso Valido, sucedieron maquinaciones ocultas para perderle. El Tribunal de la fe dió principio á la formación de causa contra él. Silenciosamente y con las precauciones de costumbre, más necesarias que nunca tratándose de personaje de tan alto predicamento, los Inquisidores admitieron delaciones en que se le acusaba de su desarreglo de costumbres y de no haber cumplido después largo tiempo con el precepto de la Comunión Pascual. Muy cara hubiera podido costar al Santo Oficio su atrevida tentativa de agresión, pues el Valido tuvo por fin aviso de ella y dió pruebas de resentimiento contra sus autores. Si el Príncipe de la Paz hubiera podido vencer la natural timidez é irresolución que le dominaba en todos los asuntos graves, ó si las luces hubiesen fortalecido su enojo en esta Ocasión, la existencia del odioso Tribunal se hubiera hallado en grave peligro; pero el Ministro, incierto siempre y vacilante, se detuvo temeroso de la opinión pública, que le parecía respetar todavía la autoridad del Santo Oficio.

Ese era el estado en que se hallaba la Inquisición cuando Jovellanos entró en el Ministerio de Gracia y Justicia. En el corto tiempo en que le tuvo á su cargo no echó en olvido la reforma de aquel odioso Tribunal. Era sabedor de que D. Juan Antonio Llorente, Canónigo de la Catedral de Calahorra, había trabajado un plan completo de reforma judicial del Santo Ofi

cio por orden del Inquisidor general Abad y la Sierra, cuya obra intituló Discursos sobre el orden de procesar en los Tribunales de la Inquisición. Persuadido, pues, Jovellanos de que poniéndole en planta se conseguiría quilar á las sentencias del Santo Oficio lo que tenían de odiosas, es decir, la arbitrariedad y el misterio de los procesos, pensó seriamente en poner el plan en ejecución. Trabajando estaba en tan buena obra con el mayor ahinco, cuando ocurrió su separación del Ministerio. El plan quedó sin ser puesto en planta en este punto, del mismo modo que la reforma de los estudios de la Universidad de Salamanca. La Inquisición volvió, pues, á cobrar aliento, si bien su regocijo no fué duradero. A muy corto tiempo entró ya de Minis— tro interino del Despacho de Estado D. Mariano Luis de Urquijo, partidario declarado de las reformas francesas, y, por consiguiente, visible enemigo del Tribunal de la fe.

Así, pues, Jovellanos intentó la reforma de los es– tudios y de la Inquisición, sin haber podido conseguir ni la una ni la otra. Jovellanos había sido anteriormente más feliz que lo fué después en su proyecto de reforma literaria, pues logró el premio de sus conatos y planteó en su país nativo una enseñanza general para las ciencias, á la cual dió el nombre de Real Instituto asturiano. Alcanzó este favor del Rey, para el país de su nacimiento, en el año de 1793, y desde entonces se desveló por los adelantamientos de aquella obra que miraba como propia, y de la que cuidó, por tanto, con el interés y celo propios de un fundador. Dotáronse cátedras para diversas ciencias, y en ellas se señalaban las Matemáticas puras, la Geometría elemental y práctica, la Trigonometría plana y esférica, la Cosmografía, Navegación, Maniobra y Artillería de

mar, y todos los demás ramos que tienen dependencia de éstos, sin descuidar las Humanidades, el estudio de las Lenguas modernas, el Dibujo, etc. Cuando Jovellanos llegó al Ministerio, no perdió de vista la prosperidad de su caro Instituto y le atendió con particular predilección. Al cabo de algún tiempo se retiró á Asturias en desgracia de la Corte, y su más grata ocupación fué cuidar de aquel noble objeto de su cariño. El Instituto se resintió después del destierro y prisión que sufrió su protector por largos años.

Otros proyectos planteados por aquel tiempo.

Otros Ministros plantearon, también por aquel tiempo, algunos proyectos útiles, no comparables, cierta— mente por sus frutos, con las ventajas de la supresión ó reforma del Santo Oficio y de la Instrucción pública, si bien tenía por objeto los adelantamientos de las ciencias. Tal fué el establecimiento del Depósito hidrográfico, que Malaspina promovióá la vuelta de su viaje alrededor del mundo, de acuerdo con el Bailío Valdés, á la sazón Ministro de Marina. D. Juan de Lán— gara, que fué su sucesor en este Ministerio, le dió mayor extensión y mandó que uno de los compañeros de Malaspina, Bausá, publicase la carta del Seno Mejicano que había trazado. Es hoy este establecimiento depósito de cartas hidrográficas trabajadas con el mayor esmero y exactitud; tiene una biblioteca exquisita en que se hallan las obras más importantes acerca del ramo; se lleva en él correspondencia con otros esta– blecimientos extranjeros de esta clase, y por él un Observatorio con instrumentos propios, en el cual se hacen observaciones, ya meteorológicas ó ya astronó

micas.

Dióse también entonces mayor perfección al Observatorio astronómico de Cádiz, fundado en 1753 por el Rey D. Fernando VI, á propuesta del célebre Don Jorge Juan y á imitación de los que había en Greenwich, en París y en otras capitales de Europa. Se hallaba dispuesto y construído sobre el torreón del Castillo, nombrado de Guardias marinas, y era uno de los observatorios astromómicos más perfectos y bien acabados que se conocen, en que se colocaron instrumen— tos traídos al intento de Londres por orden del Rey, con los cuales se hicieron con fruto importantes observaciones. Los Profesores de la Academia y otros Oficiales aplicados, establecieron correspondencia con las de las ciencias de París y de Londres. El astrónomo Lalande recomendaba en 1771 este Observatorio por su solidez y comodidad, y citaba la observación del paso de Venus, hecha en él por Tofiño. A propuesta de D. José Mazarredo mandó el Rey, en 1797, que el Observatorio fuese trasladado desde Cádiz á la isla de León, con todos sus instrumentos y enseres, al edificio que años antes se había mandado construir en el sitio de la Torre Alta, y que continuase allí publicando el Almanaque náutico, obra periódica indispensable á los navegantes. Desde 1812, en que las Cortes le concedieron el privilegio exclusivo del Almanaque civil ó Calendario para todas las provincias de Espa— ña é Indias, y, sobre todo, desde 1820 se ha mejorado en su dotación, gobierno, trabajos é instrumentos, por manera que en el día está al nivel de los observatorios más célebres de Europa (1).

Por lo que se acaba de decir sobre las reformas que

(1) Pormenores comunicados por el sabio D. Martín Fernández de Navarrete.

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