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joven de veintidós años, llamado Cabantours, que poseía este idioma. Está por demás decir que la carta del Obispo sobresalió así por lo acendrado de su caridad cristiana como por el buen gusto y propiedad latina, de que es verdadero modelo. Dióse cuenta en la tribuna nacional de Francia de los sentimientos filantrópicos del Obispo de Canarias.

Alterada su salud con el penoso cumplimiento de las obligaciones pastorales y con el influjo de aquel clima, le trasladó S. M. al Obispado de Osma, adonde llegó en 1797. Gozoso se hallaba Tavira entre sus nue·vos diocesanos, á los cuales veía, no solamente dóciles á sus consejos, sino también justos apreciadores de sus eminentes cualidades. Admirábale la escasa población de la provincia, habiendo sido señalada en la antigüedad por los grandes Municipios formados en ella en tiempo de la dominación de los romanos; hecho histórico en que quizá no se ha fijado bastante la atención hasta aquí y del cual se pudieran sacar inducciones importantes. En un triángulo de poco más de 12 leguas hubo cuatro ciudades populosas, algunas de las cuales resistieron por largo tiempo á los esfuerzos de las legiones romanas, es á saber, Termes, Clunia, Oxama y Numancia, y en ese mismo espacio vive ahora un pueblo que ni está sobrado ni es numeroso. Merecerían, por cierto, indagarse las causas de este fenómeno por los historiadores y filósofos. Con singular contento veía también este Obispo el deseo de saber que reinaba en la capital de su nuevo Obispado.

Habiéndose dolido hasta allí del imperio que tenía el Peripato en nuestras escuelas, llamadas mayores, fué sorpresa sumamente grata para el Prelado ver que en la Universidad de Osma, una de las menores

de las de España, se enseñaban sanas doctrinas de Filosofía, Teología y Derecho Civil y Canónico, y que los Catedráticos de ella habían adoptado las mejores instituciones entre las que se conocían hasta entonces para profesar en sus respectivas Facultades. Provenía esta diversidad, que admiraba con razón al Obispo, de haber sido restaurada aquella Universidad pocos años antes por el valimiento del P. Osma (Fr. Joaquín de Eleta, capuchino de la Orden de San Pedro de Alcántara), que fué Confesor de Carlos III. A petición de este personaje, entonces poderoso, formó el sabio Conde de Campomanes el plan de estudios que debía regirla. Las cátedras fueron dotadas competentemente y provistas por riguroso concurso. La suerte quiso que recayesen en sujetos beneméritos. Por otra parte, no fueron en esta Universidad las enseñanzas patrimonio de los institutos religiosos, como lo fueron en otras; ni hubo en ella, por consiguiente, ninguno de los intereses y rivalidades de escuela, tan funestos para el verdadero saber, y que, en tiempos de ignorancia y de corrupción del buen gusto, versan casi siempre sobre cuestiones vanas é inútiles. Claro está que, siendo tal el estado de aquella Universidad, no sería menor la satisfacción de los miembros de ella á la llegada de un Prelado de tan conocida sabiduría, que la que el mismo Prelado tuviera de verse en medio de un Cuerpo literario tan dispuesto á sacar provecho de sus luces y consejos. Era también muy corto el número de conventos que existían en la diócesis, y, sobre todo, no había en ella ninguna de aquellas comunidades religiosas temidas por su riqueza ó valimiento, que se complacían en otras partes en desafiar al poder de los Obispos y en causarles disgustos por toda suerte de competencias. Tavira no quería cierTomo XXXII 40

tamente usar de su autoridad sino para hacer bien; pero tenía la dulce satisfacción de que los furores del espíritu de partido, que solían hallar pábulo dentro de los claustros, no habían de turbar las ocupaciones de su celo ilustrado, ni distraerían su atención de los objetos de su filantrópica beneficencia. Ocupado estaba en la ejecución de varios pensamientos útiles, tales como el fomento de la fábrica de hilazas, paños y bayetas de la Casa-Hospicio del Burgo de Osma, Soria y Aranda de Duero (para la fábrica del Burgo de Osma había obtenido de S. M. la adjudicación de 2.000 ducados anuales de los 6.000 que poseía la Real Capilla, destinada al culto del Venerable Palafox cuando llegase el tiempo de su canonización); una casa de educación en que los niños expósitos aprendiesen las artes mecánicas, y otros proyectos de igual naturaleza, cuando un correo le trajo la noticia de haber sido nombrado Obispo de Salamanca, con el fin de que reformase los estudios de aquella Universidad y de las demás del reino.

Antes de publicar la promoción de Tavira á dicha Silla episcopal, el Ministro Jovellanos escribió á su amigo confidencialmente avisándole del fin que se había propuesto al hacerla. A su parecer, era ya llegado el tiempo de dar principio á la reforma literaria de las Universidades. Para superar los obstáculos que pudiesen sobrevenir en la ejecución de tan importante obra, el Ministro prometía áTavira todo el auxilio del poder que á la sazón tenía. Creía maduros á los españoles para recibir ideas nuevas. Así lo había dicho al Rey en el informe citado arriba. «Si nuestra nación, decía, siente todavía el yugo de las malas doctrinas, no es porque no esté ya dispuesta á entrar en el buen sendero.» Mas no animaba igual confianza á Tavira,

pre

que era hombre de prudencia consumada, y así procuró disuadir á Jovellanos de su pensamiento. Estremecíale la guerra que las reformas no podían menos de suscitar, por parte de los interesados, en la conservación de los abusos. Además, el Prelado había vivido largo tiempo en la Corte; y sabiendo cuán resbaladizo era el terreno que se pisaba en ella, temía, con razón, que ni el saber de Jovellanos ni su patriotis— mo bastasen á ponerle á cubierto de los tiros que lan— zase contra él la envidia ó el odio de sus adversarios. El ánimo noble de Jovellanos, vivamente impelido por el deseo del bien, no dió oídos á las prudentes amonestaciones de su amigo, á quien tendría quizá por circunspecto en demasía ó por de carácter meticuloso. El decreto del Rey, expedido en los primeros días del mes de Julio, decía:

Decreto del Rey.

«Atendiendo S. M. á la urgente necesidad que hay de mejorar los estudios de Salamanca para que sirvan de norma á los demás del reino, y á las dotes de virtud, prudencia y doctrina que requiere este encargo y que concurren en el Ilmo. Sr. D. Antonio Tavira, Obispo de Osma, he venido en nombrarle para el Obispado de Salamanca, vacante por la promoción del Excelentísimo Sr. D. Felipe Fernández Vallejo al Arzobispado de Santiago, á fin de que, trasladado al expresado Obispado de Salamanca, pueda desempeñar más fácilmente las órdenes que se le comunicarán goerca de tan importante objeto.» ¡No, varió el decreto del Rey la persuasión del ObisTavira en punto á los peligros de tamaña empre

sa, y, antes por el contrario, con la certeza de su nombramiento le parecieron todavía mayores; pero deseoso de que nada quedase por hacer de su parte para el logro de tan loable fin, y queriendo corresponder también á la confianza con que le honraba el SOberano, admitió el encargo. ¡Generoso, aunque VanO, sacrificio! Pocos meses habían transcurrido después de su promoción, cuando Jovellanos fué separado del Ministerio de Gracia y Justicia, quedando, por consiguiente, sin poner en planta su tan deseada reforma. Este ilustrado Ministro tuvo suerte, singularmente aciaga por cierto. Los partidarios de los abusos envejecidos, no menos temerosos de su celo que de sus lu— ces, le miraron siempre como enemigo y lograron desbaratar todos sus pensamientos, oponiéndose á los esfuerzos que hacía para mejorar el estado del reino; y por otra parte, los reformadores políticos que vinieron después, imbuídos de errores no menos funestos ó quizá más perjudiciales, desoyeron también sus consejos sobre materias de gobierno en Sevilla y en Cádiz, lo cual ha traído muchos males al reino, porque eran aquellos consejos tan acertados, tan conformes á las instituciones, costumbres é ideas del pueblo español, que, puestos por obra, hubieran sido la salvación de la Monarquía. Preparado estuvo Jovellanos toda su vida á pelear contra los primeros; mas ni por el pensamiento le había pasado quizá que hubiese de venir tiempo en que tuviera que defender los principios monárquicos contra los segundos. Grande debió ser su dolor, saliendo de esta vida, al pensar que la suerte de su cara patria quedaba puesta en manos de legisladores inexpertos, preocupados con tan falsas ideas.

Por la separación de Jovellanos del Ministerio de Gracia y Justicia, se halló el Obispo de Salamanca li–

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