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estaban vacantes, y se padecía en ellas una infame ignorancia. Una figura geométrica se miraba en este tiempo como las brujerías y las tentaciones de San Antón, y en cada círculo se les antojaba una caldera, donde hervían á borbollones los pactos y los comer— cios con el demonio. Pedí á la Universidad la susti– tución de la cátedra de Matemáticas, que estuvo sin maestro treinta años y sin enseñanza más de ciento y cincuenta.»

Verdad es que tan insano aborrecimiento de las ciencias había disminuído en los reinados de Carlos III y de Carlos IV. Se ha de confesar también que no obstante el plan de estudios de las Universidades, y á pesar del mal aire que se respiraba en ellas, había algunos es— píritus privilegiados, los cuales, sobreponiéndose á los errados métodos, llegaban por su propio esfuerzo á la región de la verdad. En todas las Universidades, en la de Salamanca señaladamente, había varones sabios y laboriosos en cuya conversación erudita se podían adquirir verdaderas luces. Pero no obstante estas excepciones, permanecían siempre góticos estos edificios, según la expresión del poeta Meléndez. Jovellanos nada ansiaba, pues, tanto como emprender su reforma, conociendo que no es posible mejorar el estado de los pueblos si los doctores y maestros á quienes está confiada su enseñanza, en vez de darle nociones provechosas, perpetúan ellos mismos los errores de donde dimanan sus padecimientos. Animado de este deseo, propuso al Rey que se procediese á reformar el plan de estudios de la Universidad de Salamanca, que era la primera del reino, para que, siguiendo las demás su ejemplo, pudiesen conformarse después á las reformas que se hiciesen en ella.

Las ideas del Ministro se hallan expuestas con pre

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cisión en el informe que presentó á Carlos IV sobre la necesidad de reformar los estudios. «Ya no es un problema, dice, es una verdad generalmente reconocida que la instrucción es la medida común de la prosperidad de las naciones, y que así son ellas de poderosas ó débiles, felices ó desgraciadas, según son ilustradas ó ignorantes.» Dice después que los españoles se ocuparon en obras de imaginación y en materias teológicas, pero que hicieron poco caso de otras ciencias útiles; y añade: «Nuestras Universidades fueron desde el principio unos Cuerpos eclesiásticos con autoridad pontificia. Tuvieron la preferencia en las asignaturas de sus cátedras la Teología y el Derecho. La Fi— losofía se cultivó solamente como preliminar para entrar á estas ciencias, y aun la Medicina y la Jurisprudencia hubieran sido descuidadas si el amor del hombre á la vida y á los bienes pudiese olvidar el aprecio de sus defensores.

»No hablaré aquí de los vicios de la misma enseñanza, que de una parte eran derivados del estado gene— ral de la literatura en Europa, y de otra iban inherentes á la naturaleza misma de estos Cuerpos. En la renovación de los estudios el mundo literario fué peri– patético, y el método escolástico, su hijo mal nacido, fijó en todo él la enseñanza. Más ó menos tarde fueron las naciones sacudiendo el yugo; y si la nuestra le siente todavía, no es porque no esté ya dispuesta á entrar en el buen sendero. Pero sí hablaré de aquel funesto error que ha sido origen de tantos males; del menosprecio ó del olvido con que en este plan de enseñanza fueron tratadas las ciencias útiles. Los dos más grandes ramos de la Filosofía especulativa y práctica, las ciencias exactas y naturales, fueron de todo punto descuidadas y olvidadas en él. Si en alguna

Universidad se estableció la enseñanza de las Matemáticas, la predilección de otros estudios y el predominio del escolasticismo las hizo luego caer en el desprecio; y si fué cultivada la Física, lo fué sólo especulativamente y para perpetuar unos principios que la experiencia debía calificar de vanos y ridículos. En suma, la Matemática de nuestras Universidades sólo sirvió para hacer almanaques, y su Física para reducir á nada la materia prima (1).»

D. Antonio Tavira, Obispo de Osma, es nombrado por el Rey para pasar á la Silla episcopal de Salamanca, en donde debería plantearse.

Resuelto, pues, el Ministro á sacar á la enseñanza de su mal estado, debió pensar en los medios de conseguirlo. Claros estaban los vicios, y, por consiguiente, manifiesta era también la reforma que debía hacerse; mas ¿quién no sabe lo difíciles que son de desarraigar los abusos, por absurdos y monstruosos que sean, cuando hay intereses fundados sobre ellos desde largo tiempo, y lo muy viva que es también la guerra que se declara á los que intentan reformarlos? Jovellanos previó que el espíritu de partido, con su ingénita mala fe, procuraría confundir la reforma literaria con la novedad filosófica, y que propenso de suyo á interpretar siniestramente aun las intenciones más puras, dejaría oir clamores y desconfianzas, anunciando peligros, ya para la creencia religiosa, ya para la autoridad civil. Por tanto, cuidó de encomendar la reforma á la sabiduría y virtudes de un Prelado co

(1) Ceán Bermúdez, Memorias para la vida de Jovellanos, pág. 225.

nocido en la Corte y en el reino todo por muy digno de respeto y veneración, y propuso al Rey que Don Antonio Tavira, Obispo de Osma, fuese trasladado á la Silla episcopal de Salamanca, para que establecido allí pudiese atender al cumplimiento de encargo tan importante. La elección no podía ser más acertada. Piedad, saber, sensatez, buen nombre; en suma, cuantas prendas eran de desear, adornaban á este varón eminente. .

No había quizá en España sujeto de mayor capacidad y aptitud que este sabio Prelado para el desempeño de tan importante encargo. Jovellanos, por el solo hecho de elegir á un varón tan recomendable por su saber y virtud para poner en obra sus proyectos, daba la prenda más segura de la rectitud de su inteneión. El lector podrá apreciar debidamente el mérito del Ilmo. Tavira por la noticia que vamos á presentarle de su carrera de estudios y de sus prendas y virtudes. Conviene también que la juventud española tenga delante de su vista el saludable ejemplo de la vida de este verdadero sabio de nuestros días, ya que, por desgracia, le propongan á veces por modelos de ciencia y virtud á los que distan mucho de serlo y los cuales, por tanto, pueden engañarla ó corromperla.

Biografía de este sabio.

Tavira nació en Iznatorafe, en el reino de Jaén, el 30 de Septiembre de 1737. Su padre, D. Vicente Tavira, descendiente de una de las familias más distinguidas de aquel país, era hacendado en él, y después de haber concluído su carrera de estudios en la Universidad de Granada, vivía ocupado en el cultivo de

sus tierras en Albaladejo, en los confines de la Man-
cha, muy cerca del pueblo de su naturaleza. Quiso la
buena suerte del joven Tavira que su padre se aficio-
nase particularmente á la lectura de los autores clá—
sicos griegos y latinos, porque así desde sus más tier-
nos años inspiró á su hijo el gusto de las humanidades.
Con las Geórgicas de Virgilio en la mano, ingertaban
el padre y el hijo los árboles de sus huertas y ponían
en práctica los preceptos de este código de agricultu-
ra. Entreteníale también el padre con la historia de
los españoles que más habían sobresalido en el cono-
cimiento de las lenguas sabias: desde entonces se fijó
en su memoria el nombre del profundo Arias Monta-
no, lo cual contribuyó mucho para que después adop-
tase su mismo estado y profesión. Instruído ya en el
conocimiento de la lengua latina y versado también
en la griega, entró en el Colegio-Seminario de San
Fulgencio de Murcia, en el cual se conserva todavía
memoria de su aplicación. Sosteniendo estaba allí
unas conclusiones públicas sobre el Sistena de la plu-
ralidad de mundos, de Fontenelle, en el día 1.o de
Noviembre de 1755, en el momento que sobrevino el
gran terremoto que se sintió en toda Europa y arruinó
á Lisboa; circunstancia que le dió margen para mu-
chas reflexiones, considerando el objeto de la tesis
que defendía. Después de recibir sus grados en la Uni-
versidad de Baeza, tomó el hábito de Santiago en la
Real Casa de Uclés y pasó desde allí al Colegio del
Rey, en Salamanca, en donde recibió los grados de
Licenciado y Doctor por aquella Universidad, en la
que logró una cátedra de Filosofía.
Desde entonces sus progresos en las lenguas orien-
falles fueron mucho más rápidos. No sólo sustituyó las
atedras de griego y hebreo, sino que se dedicó al es-

l

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