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la República francesa más objeto que vencer á Inglaterra, insistiría sin cesar en que el Rey obligase á Portugal á separarse de aquella Potencia. Con efecto, fueron tan repetidas las quejas y tan vivas las instancias de los franceses, que el Rey, después de haber recurrido en vano á todos los subterfugios y temperamentos imaginables para evitar el rompimiento, hubo de acceder por fin á él más adelante, aunque muy mal de su grado, y solamente por temor de los republicanos.

Conviene observar que, supuesto el desacierto cometido por nuestro Gabinete de la alianza entre Es– paña y la República francesa, era gran ventura para nosotros que Portugal continuase unido con Inglaterra, porque así había motivo para que un ejército español, atravesando el territorio lusitano, hubiese sometido algunas de sus provincias, y aun Lisboa y el reino todo; compensación preciosa por otras pérdidas que España pudiese experimentar en la guerra, si ya no era que conviniese mejor al Monarca español hacerse dueño de todo Portugal, como se lo proponía la Francia. Otro Gobierno menos preocupado ó más advertido que el de Madrid en esta ocasión, habría sacado provecho de tan favorable momento, porque la agresión era justa y los resultados hubieran sido ventajosos verosímilmente. ¿Qué más se podía desear para el bien de la España? El afecto de Carlos IV á sus hijos, prevaleciendo sobre los intereses nacionales, malogró este momento, que era tan oportuno.

De este error nacieron otros. Cuando el Gabinete de Madrid, requerido ó más bien amenazado por la República, consintió por fin á veces en hacer guerra á Portugal, nunca tomó la noble y patriótica resolución de mover sólo sus tropas contra este reino. Cual si no

fuese posible al Rey dar cima á la empresa por sí mismo sin la cooperación de los franceses, en lugar de rehusar ésta cuando se la proponían, estipulaba siempre la entrada de un cuerpo auxiliar de 20 ó 30.000 hombres franceses en sus Estados para el ex— presado objeto. Por manera que por una parte Car— los IV se privaba sin razón de la ventaja nunca bastantemente apreciada de ser dueño de sus voluntades, acciones y movimientos, y de coger solo también el fruto de sus esfuerzos, y por otra parte abría las puertas de su reino á un ejército extraño, que entonces era un foco verdadero de ideas republicanas, ó por mejor decir subversivas. ¿Qué necesidad tenía España de traerle á su territorio? Se maquinaba ya un alzamiento revolucionario en España por los que se llamaban entonces la propaganda francesa, y la imprevisión del Gobierno del Rey iba hasta favorecer el mismo pensamiento por la entrada de las tropas francesas. Los trastornos ocurridos en varios Estados de Italia presentaban á los perturbadores las mismas probabilidades de revueltas en España. «Los italianos, decían estos tramoyistas, eran también tenidos por buenos creyentes; y con todo, para abrazar las reformas francesas con entusiasmo, no les había detenido la superstición (voz familiar á los jacobinos de París para designar la fe ortodoxa). ¿Por qué no sucedería así también en España? En el reinado de Carlos IV, añadían, ha decaído visiblemente en la Monarquía española aquel antiguo amor al Rey que hizo proverbial la lealtad castellana. La privanza del amante de la Reina ha indispuesto con el Gobierno á las clases poderosas; los principios de igualdad democrática agradan al pueblo. ¿No será quizá difícil que se alce para defenderlos? ¿Qué no debería, pues, temerse si se

presentase en el interior del país un ejército republicano que apoyase á los descontentos, y sin dejar ver mira ambiciosa de la República ni deseo de dominarle, diese auxilios á los naturales para que ellos mismos hiciesen su revolución y estableciesen el Gobierno que fuese más de su agrado?» Tales eran las intenciones de los propagandistas franceses, y entre ellos de algunos de los que componían el Gobierno directorial. Solamente en Madrid eran ignorados al parecer tan perversos designios ó se desatendían, puesto que siempre que se trató de acometer á Portugal, en vez de encargarse el Rey solo de esta guerra y de coger también solo el fruto de ella, prestó su consentimiento á la venida de un ejército francés á España, venida peligrosa realmente para la quietud del reino y para la seguridad del Soberano y de su familia. En este asunto hubo á la vez falta de prudencia y de energía por parte del Gobierno de Carlos IV. A medida que la relación histórica vaya adelantando, se hallarán otras pruebas convincentes de ello. Referiremos ahora las negociaciones entre la Reina de Portugal y la Repú— blica francesa.

El Rey Carlos IV, deseoso de conciliar el bienestar de sus hijos con las pretensiones de la República francesa, encargó á su Embajador en París que procurase llegar al ajuste de un Tratado entre Francia y Portugal. La Corte de Lisboa envió al caballero Araujo de Acevedo á París para que tratase con el Directorio. La Francia puso por condiciones que Portugal cediese el territorio que poseía en la orilla septentrional del río de las Amazonas; que la navegación de este río fuese libre, y, por fin, que S. M. Fidelísima pagase á la República 12 millones de libras tornesas. Aunque Portugal rehusaba tanto la cesión propuesta como la

navegación libre del río de las Amazonas, la negociación se hubiera continuado todavía con el caballero Araujo, si el Directorio no se hubiese ofendido del proceder del Gobierno portugués y de la protección que había dado abiertamente á la escuadra del Almirante Jervis después del combate desgraciado del cabo de San Vicente. Pero el Gobierno francés, no pudiendo aguantar por más tiempo las hostilidades de la Corte de Lisboa, declaró á su Negociador en 27 de Abril de 1797 que no habiendo accedido su Gabinete á las condiciones propuestas, y viendo su conducta más parcial cada día por Inglaterra, quedaba cerrada la negociación. El Ministro Delacroix señaló al caballero Araujo el término de veinticuatro horas para que saliese de París. Resuelto el Directorio á castigar al Gobierno portugués por su tenaz adhesión á la política de los ingleses, veía bien que el Rey Carlos IV no se determinaría nunca á acometer él solo al reino de Portugal: por tanto, pensó enviar 50.000 hombres de guerra que pusiesen por obra su designio. El Rey de España, que velaba con la solicitud más tierna por los intereses de sus hijos y por disipar también la tormenta que se iba formando contra ellos, aprovechándose de los preliminares de paz firmados en Leoben entre la República francesa y el Emperador, propuso que, para arreglar la paz definitiva, concurriesen a las conferencias los Plenipotenciarios portugueses y que se abriese otra vez así la negociación. El Direc— torio se negó á ello, si bien el Congreso de Berna no llegó á reunirse, como queda dicho. El Rey se vió, pues, en necesidad de entrar en guerra, para lo cual convino con el Directorio en que la campaña contra Portugal se abriese en el mes de Agosto, debiendo hallarse ya en España un ejército auxiliar francés para

ese tiempo. La única dificultad que hubo para la ejecución de este convenio fué que los franceses quisieron cargar al Rey con el mantenimiento y paga de dichas tropas auxiliares, que debían ser de cuenta de la Potencia requerida, según el artículo del Tratado de alianza. Por lo demás, los Gobiernos estaban de acuerdo. «Estaremos prontos, decía el Príncipe de la Paz el 17 de Mayo de 1797, para empezar á fines de Agosto contra Portugal en los términos pactados, si las ocurrencias no hiciesen variar el sistema político en Europa en el entretanto, no pudiendo adelantarse tampoco en este intervalo, porque los rigores de la estación no dejarían soldado sano en aquella provincia; bien que los Generales emprenderán al punto sus tareas para organizar el ejército según el último plan y disponerle á la fatiga, sin cuya preparación no podría obrar sino con grave riesgo de su subsistencia (1).» El Directorio hacía cuanto estaba de su parte para que el Rey de España entrase francamente en la guerra, y le ponía delante de los ojos ventajas tales, que en verdad no se alcanza por qué Carlos IV malogró tan feliz momento. El Embajador Pérignon, avisando al Príncipe de la Paz que la República había resuelto enviar 30.000 soldados como auxiliares contra Portugal, sacados del valeroso é ilustre ejército de Italia, le decía: «Se me pregunta también por V. E. si en caso de conquistar una parte de Portugal ó todo él, pedirá la Francia alguna compensación. Príncipe: el fin, el único fin de la República francesa ha sido humillará la Inglaterra y ponerla en imposibilidad de hacer daño. Conquistado que sea Portugal, S. M. Ca

a) carta al Marqués del Campo.

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