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caída de Jovellanos, veamos cómo las Memorias de D. Manuel Godoy quieren obscurecer la verdad: «Su primer hazaña (de Caballero) fué derribar á Jovellanos del Ministerio de Gracia y Justicia, en el cual le había yo puesto, el 24 de Agosto de 1798, es decir, cinco meses no cabales antes de mi retirada del Gobierno. Jovellanos fué reemplazado, perseguido, ¿por quién? por Caballero (1).» Por manera que leyendo estas palabras se dijera que el Príncipe de la Paz veía la caída de Jovellanos con sentimiento, teniéndola por insulto hecho á él personalmente, y que el pícaro Caballero (tal era el epíteto con que la Reina y toda la Corte denominaban á este hombre sin honra) fué sólo el que persiguió á aquel virtuoso Ministro, gloria y ornamento de la magistratura española en este reinado. No es esa la verdad. El Marqués Caballero mismo se lamenta de la persecución que padeció Jovellanos en su carta al Ministro.

Jovellanos no pudo menos de saber de dónde vino Ila persecución que sufrió, y la atribuyó, no á Caballero, á quien tenía tan sólo por vil instrumento, sino á la Reina y al Príncipe de la Paz, autores de las vejaciones contra las personas que aborrecían. Jovellanos, en su carta á D. Juan de Escóiquiz con fecha de 14 de Abril de 1808 en la Cartuja de Jesús Nazareno (la de Valdemuza en Mallorca), deja ver cuán irritado estaba contra Godoy, derribado ya entonces de su privanza, y cómo le tenía por verdadero autor de sus desgracias. «Salvándonos, dice (Jovellanos habla de él mismo y de Escóiquiz), la Santa Providencia de la furia, que vivirá en la memoria de los venideros para

(1) Memorias de D. Manuel Godoy, tomo II, pág. 242. Edición fran

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ejemplo de atrocidad en sus venganzas, parece que ha unido nuestra amistad con un nuevo vínculo.». No era, pues, del Ministro Caballero de quien Jovellanos se quejaba, puesto que Caballero desempeñaba todavía entonces el cargo de Secretario de Estado y del Despacho de Gracia y Justicia, sino de la furia de la cual acababa de salvarles la Santa Providencia. Y no se extrañe la palabra furia en boca de Jovellanos hablando del Príncipe de la Paz, su perseguidor, ó quizá de la Reina, porque fueron tales las vejaciones que este varón ilustre padeció durante los siete años de su prisión, que bien merecen el nombre de furia, ya el Valido, ya la Reina, que tuvieron tanta sed de venganza. Fueron muy crueles estos procedimientos. Era rencoroso el espíritu de la Reina y también el del Privado. Al estimable y honrado Conde de Floridablanca le pusieron en el castillo de Pamplona, suponiendo cargos y acusaciones sin fundamento contra la pureza de su administración, los cuales fueron obra de la enemistad que le tenían los amigos del joven Godoy. El Conde de Aranda, tan conocido y apreciado en Europa, después de haber sufrido destierros y prisiones por haberse atrevido á pensar de diferente modo que el joven Ministro, que regía el reino, en asuntos de tanta importancia como era la guerra contra la Convención francesa, fué á morir á sus Estados de Aragón lejos de la presencia de su Rey, de quien era tan fiel y distinguido vasallo. Innumerables fueron también las personas que sufrieron atropellamientos en todo el reino y destierros, ya por no mostrarse obsequiosas con el favorito, ó ya por cuentos y chismes que eran el alimento continuo de aquella Corte suspicaz y rencorosa.

Resumiendo los hechos ya referidos tocante á la se

paración del Príncipe de la Paz, resulta que el empeño del Directorio fué el que le precipitó de su puesto, y que otras tentativas para alejarle del lado del Rey habrían sido quizá vanas á no haber mediado tan poderoso agente.

Si Carlos IV ponía la dirección de los negocios políticos del reino en otras manos que en las de su Valido por temor de la Francia, era natural que accediese también á las demás solicitudes del Embajador Truguet. Así es que fueron expelidos del reino los emigrados franceses y se prohibieron las mercancías inglesas. El decreto contra los emigrados se llevó á efecto con prontitud y rigor nunca vistos. El Duque de Havré, encargado por el Conde de Provenza (Luis XVIII) de comunicar con el Gobierno español, y que tanto por este carácter como por ser Grande de España se creía exento del decreto general, fué uno de los primeros á quienes se dió orden de salir del territorio español. También se comunicó el mismo decreto á MM. de Saint-Simon, de Piennes y otras personas distinguidas de la antigua nobleza de Francia. Mostróse el Gobierno de Madrid tan temeroso de desagradar al Directorio en la más mínima cosa, que envió alguaciles á las casas en donde se creía que hubiese emigrados con orden de que saliesen de España. Iguales diligencias se hicieron para descubrir deser— tores y requisicionarios (1) franceses.

Renováronse las órdenes expedidas anteriormente para prohibir toda introducción y venta de mercancías inglesas en España, á fin de que fuesen observadas con el mayor rigor. Y no contento el Gobierno con

(1) Los que se habían huído de Francia por no servir en los ejércitos.

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estos testimonios de sumisión á la República, quiso también precaver que algunos predicadores, alucinados ó movidos por celo indirecto y equivocado, llegasen á proferir expresiones injuriosas y perjudiciales á la buena unión entre las dos Potencias, con motivo de los sucesos del día, y mandó que, conforme á las ordenes ya dadas, no se tocasen absolutamente en el púlpito materias políticas y que se castigase á los que incurriesen en este abuso.

Nombramiento de D. José Nicolás de Azara
á la Embajada de París.

En fin, para dar al Directorio otro testimonio de Ibuena armonía y de total complacencia, Carlos IV nombró Embajador en París á D. José Nicolás de Azara, que había sido Ministro de España en Roma largo tiempo, el cual, con motivo de los sucesos militares y políticos ocurridos en Italia, tuvo trato frecuente y medió en varias ocasiones con los Generales franceses, en virtud de la alianza del Rey su amo con la República. «Este nombramiento, dijo el Ministro español, es la mejor prueba que nuestro Gobierno puede dar del vivo deseo que le anima de cultivar la buena inteligencia con la República francesa.» Verdaderamente Azara era afecto á la Francia, y tenía la amistad de esta Potencia por más provechosa para España que la de los ingleses. Por esta razón, y porque estaba versado en los asuntos de Italia, señaladamente en los de Roma, le había ya propuesto el Príncipe de la Paz, antes de su salida del Ministerio, si querría aceptar la Embajada del Rey en París.

Discurso pronunciado por Azara á su presentación
al Directorio.

Azara fué bien acogido por el Directorio. Al presentar sus credenciales en pública audiencia, renovó de parte del Rey las seguridades del puntual cumplimiento del Tratado de alianza. «El carácter moral del Soberano á quien tengo la honra de representar aquí, añadió, afianza el exacto cumplimiento de sus empeños; su probidad os asegura una amistad franca, leal y sin sospecha. La nación que gobierna es nombrada por su delicado pundonor; es vuestra amiga, sin rivalidad cerca de un siglo hace. Las mudanzas acaecidas en vuestro Gobierno, en vez de debilitar dicha unión, no pueden servir sino á consolidarla cada día más, porque de ella depende nuestro interés y nuestra existencia común. He sido testigo de las heróicas hazañas de los franceses en Italia, y ahora vengo á admirar más de cerca la sabiduría que las dirigió. Me tengo por feliz de que haya recaído en mí esta elección, pues seré el instrumento que estreche aún más los vínculos de nuestras dos naciones; y si he merecido muchas veces que el caudillo victorioso haya aprobado la conducta que tuve con ciudadanos franceses en momentos muy críticos, espero que mi reputación no se desmentirá jamás en otra parte.»

D. Manuel Godoy, fundador de la alianza con la República, tacha en sus Memorias (1) el discurso de Azara de bajo y lisonjero en demasía, por más que fuese conforme en todo con el espíritu del Tratado, y copia,

(1) Tomo II, pág. 227. Edición francesa.

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