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Oficialmente, la Segunda Guerra Mundial terminó el 15 de agosto de 1945, cuando el emperador Hirohito se dirigió por radio a su nación en un mensaje grabado para anunciar su rendición, formalizada el 2 septiembre a bordo del acorazado estadounidense “Missouri” con la firma de la rendición incondicional del país nipón. Sin embargo, para algunos soldados japoneses, el conflicto se prolongó muchos años más, hasta bien entrada la década de los 70.
En noviembre de 1974, fue localizado en la isla indonesia de Morotai un extraño y harapiento sujeto de 55 años que se ocultaba en la jungla, con síntomas de malaria y que resultó ser el soldado japonés Teruo Nakamura. Durante casi treinta años, había permanecido escondido ajeno al final de la guerra, combatiendo a un enemigo ya inexistente llevado por una mezcla de desconocimiento y miedo a la deshonra.
Luchar hasta el final
Nakamura, como el resto de sus compatriotas, habían recibido la orden de luchar hasta al final. Por eso, cuando en enero de 1945 su unidad, los Voluntarios de Takasago, lanzó una fallida carga suicida contra las tropas estadounidenses y perdió el contacto radiofónico con Tokio, Nakamura y varios de sus compañeros consiguieron escapar y refugiarse en el interior de la selva.
Allí, montaron un refugio y sobrevivieron a base de patatas y plátanos que iban encontrando, hasta que en 1956 Nakamura decidió establecerse por su cuenta, ante las amenazas de muerte que dijo haber recibido de sus compañeros, que negaron tal cosa tras su regreso a Japón.
Su vuelta a casa fue dura. Enfermo -falleció de cáncer cinco años después-, descubrió que su mujer se había vuelto a casar al haber sido declarado muerto en marzo de 1945. Además, el Gobierno japonés se negó a computarle los años que había permanecido escondido como de servicio, por lo que le dio una irrisoria paga de 144 euros.
El hecho de que fuese taiwanés de nacimiento tampoco le ayudó demasiado. La opinión pública japonesa no acabó de considerarle uno de los suyos –y eso que, para hacerlo salir de su escondite, los soldados indonesios tuvieron que ondear la bandera del Sol Naciente y emitir el himno nacional japonés- y su condición de nacional de un territorio que China reclama como propio acabó por convertirle en un problema a ojos de la diplomacia nipona.
Hiro Onoda
Sólo unos meses antes que Nakamura, en marzo de 1974, fue localizado en la isla filipina de Lupang el teniente segundo Hiro Onoda. Tras la toma aliada de las islas en 1945, Onoda huyó a las montañas para seguir combatiendo junto a tres de sus camaradas: Yuichi Akatsu, Siochi Shimada y Kinshichi Kozuka. El primero de ellos, tras rendirse al Ejército filipino, informó de la existencia de sus camaradas. Dos de ellos murieron en años posteriores, pero no Onoda.
Un estudiante, Noroi Suzuki, lo encontró y le aseguró que la guerra había terminado. Onoda no le creyó y le dijo que sólo se rendiría si se lo ordenaba su oficial al mando. El Gobierno japonés localizó entonces al Major Taniguchi, convertido ya en librero, que voló hasta Lubang para informar a su subordinado del fin de la contienda y ordenarle su rendición.
Onoda, vestido con su uniforme y su espada, aceptó entonces. Todavía conservaba su viejo rifle Arisaka en estado operativo, así como 500 proyectiles de munición y varias granadas. Onoda relató sus vivencias en un libro titulado "Mi guerra de treinta años".
 

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