El hombre de hierro: (novelin)

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Tipografia americana, 1907 - 338 páginas
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Pasajes populares

Página 229 - Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Página 39 - De pronto, al descender de una hondonada, "¡Caracas!, allí está", dice el auriga: Y súbito el espíritu despierta ante la dicha cierta de ver la tierra amiga. Caracas allí está; sus techos rojos, su blanca torre, sus azules lomas y sus bandas de tímidas palomas hacen nublar de lágrimas mis ojos. ¡Caracas allí está! Vedla tendida a las faldas del Avila empinado, odalisca rendida a los pies del sultán enamorado.
Página 285 - Joaquín, empinándose en los estribos, los arengó : ' — Bien, compañeros, partamos a la guerra. Nuestra causa lo exige, nuestra Patria lo necesita. Abandonemos nuestros hogares, hagamos el sacrificio de nuestras vidas para derrocar la tiranía e imponer la legalidad y la justicia. Las armas las tiene el enemigo. A quitárselas. ¡ Viva la Revolución...
Página 283 - ... de plata y ancha hoja, llenas de majestad y ponderosas, capaces de competir con Durandal. En punto a curiosidad en armas de guerreo no . había que parar mientes : allí se hermanaban tercerolas de cañón doble, para cargar con cartuchos, y carabinas de un cañón, de las que se disponen con guáimaros, pólvora y taco.
Página 281 - Qué lástima ! ¡ Condenada revolución ! Y nadie había soplado una jota de guerra. Joaquín les dejó, al partir, la proclama del jefe insurrecto, publicada en Caracas y circulando ya, de fijo, en todo el país; una proclama impresa, repartida con antelación al alzamiento, ampulosa, como buen documento subversivo, en donde se juraba derrotar la tiranía, salvar la patria y difundir, a bayoneta limpia, la felicidad. Allí se invitaba a los venezolanos, con toda la altisonancia de nuestro altisonante...
Página 279 - ¿Pero nosotros por qué hemos de partir? — preguntó Crispín, extrañándose de la actitud y premura de su hermano — . ¿ Por qué hemos de partir, cuando aquí todo está en calma, y lo estará aún por mucho tiempo? — ¡ Crispín, por Dios ! Tú no sabes lo que dices. Oye — continuó, bajando la voz, casi en secreto — , acabo de recibir comunicación y órdenes terminantes del Comité revolucionario de Caracas. Mañana, al amanecer, me alzo yo aquí. — ¿Tú? ¿En Cantaura? Pero ¿estás...
Página 283 - Lo que sí portaban todos eran cobija y machete, abrigo y arma indispensables e inseparables del campesino de Venezuela. '<•,,*<« Joaquín Luz se presentó, por fin, a caballo, seguido de ocho o diez jinetes más: el estado mayor, jinetes que ostentaban espadas y winchesteres de estreno. Era indisputablemente un bello espécimen de hombre Joaquín Luz: de apostura varonil, robustas espaldas, erguida cabeza y desenvoltura de ademanes. Su charla jovial, su risa franca y hasta su negra barba, cuidadosamente...
Página 279 - Tú no sabes lo que dices. Oye — continuó, bajando la voz, casi en secreto: — acabo de recibir comunicación y órdenes terminantes del Comité revolucionario de Caracas. Mañana, al amanecer, me alzo yo aquí. — ¿Tú? ¿En Cantaura? Pero, ¿estás loco? ¿Y tu mujer, y tus hijos? Y como Crispín estaba viendo los granos de café, rojos, maduros, cimbreando las matas, y la cosecha en vísperas, no se explicaba el absurdo abandono de la finca, y con su buen sentido en alarma increpó a su...
Página 284 - ... granjeaban voluntades entre los campesinos. A la simple vista se comprendía que aquel hombre, muy superior a aquella horda, tenía que ser el comandante. Vestía blusa de casimir azul marino, cuellierguida y abotonada a semejanza de un dolmán. La blusa, de pliegues verticales, se ajustaba con cinturón de la misma tela. El pantalón era del mismo color y paño, y ceñía por fuera de éste, hasta las rodillas, polainas de charol usadas, con hebillas metálicas. Montaba un caballo brioso, crinudo,...
Página 285 - Juana la cocinera, de la criadita Petronila, de Juan, de todos, y súbito, abriendo su caballo hacia el patio, después de la última despedida, le dirigió la palabra a su gente, campechano, como buen camarada. — Muchachos — les dijo — , supongo que todos irán contentos. Que ninguno vaya contra su voluntad. El que no quiera acompañarme, que lo avise: es tiempo todavía. Los más próximos al improvisado cabecilla respondieron: — Sí queremos.

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